Psicología desde el Caribe, Vol. 30 No. 1: Ene-Abr 2013

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Revista del Programa de Psicología de la Universidad del Norte
ISSN Electronico 2011-7485
ISSN Impreso 0123-417X
Volumen 30, n.°1, Enero - Abril 2013
Fecha de recepción: 19 de Enero de 2012
Fecha de aceptación: 10 de Enero de 2013

Familias cambiantes, paternidad en crisis

Changing families, parenting in crisis

Norman Darío Moreno Carmona, M.E.*

Correspondencia: nordamo@hotmail.com


Resumen

Este artículo hace una revisión y presenta algunas reflexiones sobre el ejercicio de la paternidad y sus efectos en el desarrollo psicosocial de niños, niñas y adolescentes, a partir de investigaciones realizadas sobre el tema, asumiendo que los cambios en la realidad social contemporánea, que han diluido las tradicionales diferencias de género y roles al interior de la familia, ponen en debate la referencialidad de los adultos cuidadores y la importancia de la familia en el desarrollo de conductas pro o antisociales, así como en la salud mental de las nuevas generaciones.

Palabras clave: Referencialidad, paternidad, maternidad, género, familia, adultez


Abstract

This article reviews and presents some think over the parenting practices and their effects on the psychosocial development of children and adolescents, from research on the subject, assuming that changes in contemporary social reality, which have diluted the traditional gender and roles differences within the family, put in discussion the referentiality of adult caregivers and the importance of family in the development of pro or antisocial behavior, as well as mental health of new generations.

Keywords: Referentiality, fatherhood, motherhood, gender, family, adulthood


INTRODUCCIÓN

Este artículo plantea un debate teórico, a partir de investigaciones recientes desarrolladas en distintas latitudes, sobre el papel de la familia como primer núcleo socializador de las nuevas generaciones, y confronta los planteamientos de las teorías, a veces desde el ideal, con lo que se puede encontrar realmente en la cotidianidad. La inquietud que se plantea, a partir de allí, es la necesidad de historizar los conceptos de adulto, padre, madre, referente, autoridad, etc., debido a las condiciones actuales que, como se verá, evidencian una especie de desdibujamiento de dichas figuras y funciones, y los límites y supuestas claridades que comportaban antaño, resultan cada vez menos evidentes (Moreno, 2010).

El interés previo en esta problemática, que se evidencia en varias investigaciones y reflexiones desarrolladas (Moreno, Chilito & Trujillo, 2007 y Moreno, 2009; 2010; 2011) desemboca en este estado del arte, que toma como fuente trabajos realizados con diversas metodologías y en diferentes contextos de orden internacional, particularmente, España, Estados Unidos y América Latina, en lo concerniente al tema de las relaciones parentales y el papel de los adultos como referentes de las nuevas generaciones; de igual manera, los distintos vínculos y relaciones entre padres e hijos, autoridad, afectividad y normas.

Una de las primeras características que las teorías del desarrollo le adjudican a la adultez es la capacidad para asumir responsabilidades y, particularmente, la paternidad; sin embargo, es necesario precisar la necesidad de contar con referentes que le permitan al adolescente prepararse para ello. En otras palabras, solo se puede llegar a ser un adulto referente, en la medida en que también se haya contado con ellos en el propio proceso de maduración. Algunas investigaciones ilustran la manera como los científicos sociales y la psicología abordan esta premisa.

En un contexto de incertidumbre en el que se educan a los hijos, derivado de las transformaciones de las últimas décadas, parecería que falta un marco normativo consistente que se pueda transmitir; lo que se traduce en la falta de coherencia en los estilos parentales.

[...] Los modelos familiares son dinámicos, susceptibles de transformarse. Hoy se requieren estilos educativos alternativos que se adecúen a las nuevas formaciones familiares, a las nuevas formas de desempeñar los roles de padre y madre, a los nuevos valores y códigos culturales. El desafío es encontrar estilos parentales más participativos (Climent, 2006 pp.207-208)

Ya Cuervo (2010) presentó una amplia revisión bibliográfica e hizo unas reflexiones sobre la relación entre las pautas y los estilos de crianza y el desarrollo socioafectivo durante la infancia, a partir de los aportes de investigaciones realizadas sobre el tema, asumiendo que la salud mental de los padres, las pautas de crianza y el desarrollo socioafectivo de los niños y niñas están muy relacionados. Cuervo señala que cambian según la multidimensionalidad de variables evolutivas y contextuales, y resalta la importancia de la familia para facilitar el desarrollo de conductas prosociales y la autorregulación emocional y para la prevención de problemas de salud mental en la infancia, tales como depresión, agresividad, baja autoestima y ansiedad, entre otras.

Esta nueva indagación pretende complementar la realizada por Cuervo, y muestra, de una manera más amplia, el panorama actual de la familia y de las relaciones parentales. A diferencia de esta investigadora, no se pretende asumir, nuevamente, como lo hacen la mayoría de estudiosos de este fenómeno de manera reiterativa, una actitud correctiva o reivindicativa de la familia nuclear1. Lo que se quiere es evidenciar una realidad que está cambiando y que exige de los científicos sociales una mejor comprensión de las nuevas dinámicas relacionales y de la manera como los niños, niñas y adolescentes están afrontando hoy su proceso de desarrollo en medio de este panorama.

El texto hace un recorrido que va desde el reconocimiento de la importancia que la familia y las figuras parentales han tenido en la investigación psicológica y el reconocimiento de problemas en el desarrollo psicosocial de los individuos, pasando por el planteamiento de cómo el ejercicio de la paternidad ha estado atravesado por las representaciones sociales de género y, al mismo tiempo, dichas representaciones están sufriendo transformaciones en la actualidad. Luego, se explicita la manera cómo los investigadores han establecido relaciones entre las prácticas parentales y la presencia o no de problemas internos y externos en niños, niñas y adolescentes, para finalizar en la consideración de algunos aspectos psicosociales que inciden tanto en el ejercicio de la paternidad como en la aparición de dichas problemáticas en la progenie.

Importancia de las figuras parentales en el desarrollo

La educación de los niños y los jóvenes, cada vez más compleja, es una de las preocupaciones centrales de la sociedad y distintas teorías psicosociológicas han remarcado el papel de la familia en el proceso educativo. En este sentido, las prácticas educativas parentales constituyen las primeras y, quizás, las más significativas influencias para el niño (Climent, 2006, p.166).

Hace cerca de tres lustros, Moreno y Rojas (1998) retomaban algunas teorías psicológicas para señalar a la familia como una institución decisiva y determinante en el desarrollo del niño y la niña, por ser en ella donde se crean los primeros vínculos, que serán decisivos en la manera como se vincula posteriormente con sus pares y con el entorno social. Cuando el niño y el adolescente poseen buenos referentes familiares, gozará posteriormente de mayor independencia y libertad para tomar sus propias decisiones y realizar sus propios ideales y metas.

Dicho estudio cualitativo de carácter exploratorio, realizado con 10 jóvenes infractores de la ciudad de Cali (Colombia), dejaba ver, a través de la entrevista en profundidad y las pruebas proyectivas aplicadas, las falencias en las funciones parentales, en tanto referentes, entendiéndose esto desde el establecimiento de relaciones organizadoras (controles y límites), articuladas con la seguridad emocional (cuidado, atención, apoyo, reconocimiento) brindada por los progenitores, que daban cuenta de la desorganización psicosocial de estos adolescentes. Diversas investigaciones posteriores, como las que se abordarán a continuación, han permitido corroborar, de manera reiterada, estas apreciaciones y, en términos generales, la importancia de las figuras parentales en el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes.

Por ejemplo, Cordini (2006) exploró la relación que existe entre traumas o alto estrés con la respuesta positiva —resiliencia— a las adversidades que sufren algunos adolescentes en el proceso de formación de su identidad.

Entre sus conclusiones interesa mencionar que la familia, y en especial la madre, tiene un papel fundamental en la construcción de la resiliencia. Allí es donde los adolescentes encuentran a las personas con las que pueden contar, así como modelos a seguir.

Los adolescentes encuestados por Cordini concluyeron que la familia ideal debería ser más dialogal, más flexible y más afectuosa, mientras algunos adolescentes enfatizaron que algunas de las experiencias traumáticas o de estrés que vivencian están asociadas a la falta de diálogo entre los miembros de la familia, a la inflexibilidad del ambiente social y a la falta de afecto.

Por otro lado, Penagos, Rodríguez, Carrillo y Castro (2006) evaluaron la relación que existe entre el apego, el auto-concepto y algunas características de la relaciones románticas en adolescentes bogotanos. Se observó que la relación con la madre, el padre y los pares predice el nivel de autoconcepto y que las características de las relaciones románticas son explicadas en su mayoría por la relación de apego con la madre y los pares.

Además, plantean que la familia tiene un carácter prioritario en el desarrollo de las relaciones afectivas y es aquí donde el niño adquiere una serie de habilidades que le permitirán relacionarse de manera exitosa con su medio social. Como lo señala Aguirre (citado por Buitrago, Cabrera & Guevara, 2009), a través del apoyo afectivo, los progenitores expresan sus emociones, generan independencia y permiten el desarrollo psicosocial de los niños y niñas.

En esa misma línea, Pomerantz, Qin, Wang y Chen (2009) realizaron una comparación entre la cultura estadounidense, orientada hacia la independencia, y una cultura orientada hacia la interdependencia, como China, para identificar si los niños se definían a sí mismos en términos de sus relaciones con sus padres, tratando de evidenciar qué tanto la percepción de la calidad de estas relaciones eran importantes para su funcionamiento emocional posterior.

Al parecer, en los niños de ambas culturas —independiente e interdependiente- los conceptos de sí mismos están articulados a las relaciones con sus padres. Mientras en los Estados Unidos, los niños ven las relaciones con sus padres cada vez menos positiva en los primeros años de adolescencia y son menos propensos a incluir este tipo de relaciones en su autoconcepto, en China, donde las percepciones de los niños respecto a la calidad de las relaciones con sus padres no cambian, la inclusión de este tipo de relaciones en su autoconcepto no declina.

Por su parte, Henao, Ramírez y Ramírez (2007) definen las prácticas educativas familiares como facilitadoras del proceso del desarrollo en la niñez, evidenciando la importancia del adulto como mediador y guía para el niño en el proceso socialización, y dan cuenta de las características de comportamiento de los niños relacionadas con la forma de ejercer la autoridad los padres.

Las autoras afirman que la forma como los padres orientan y se relacionan con sus hijos marca una serie de tendencias que señalarán el camino del desarrollo del individuo, siendo las responsables en gran medida de la estructuración de su personalidad.

Las conclusiones de esta investigación, como la mayoría de las aquí revisadas, insisten en la necesidad de realizar un trabajo educativo dirigido a la población de padres, para prevenir los problemas de comportamiento en los hijos como consecuencia de unas inadecuadas estrategias educativas familiares. Y consideran que el estilo de crianza democrático es el que mejores efectos produce en el desarrollo psicosocial de los niños, niñas y adolescentes.

Más recientemente, la revisión bibliográfica realizada por Zacarés, Iborra y Serra (2009) les permitió afirmar que es durante la adolescencia que los iguales van reemplazando progresivamente a los padres como las personas de referencia y apoyo más importantes, pero sin desplazarlos nunca del todo de su posición privilegiada, siendo el apoyo relacional de los iguales, más que el de los padres, un factor decisivo. Esta particular afirmación, reitera la importancia de contextualizar y actualizar este supuesto, sobre todo en lo que respecta a "nunca del todo", que es donde se tienen las sospechas fundamentales respecto al lugar de los referentes adultos hoy.

Desde otra perspectiva, el estudio de Le Sage y De Ruyter (2008), ante la permanente preocupación sobre la responsabilidad de los padres que en algunos países están siendo castigados por los crímenes cometidos por sus hijos, argumentan que los padres pueden ser culpados, no porque tienen el deber de controlar a sus hijos, como a menudo se piensa, sino porque tienen el deber de orientar a sus hijos sobre la manera de convertirse en un agente moral competente.

Así mismo, establecen que la calidad de la relación entre padres e hijos y el manejo de la autoridad están relacionados con el desarrollo del comportamiento prosocial o antisocial. La falta de cariño, así como la disciplina inconsistente y dura tienen una correlación negativa con el comportamiento prosocial y positiva con el desarrollo de la conducta antisocial. Por el contrario, un ambiente seguro y cálido, una relación padre-hijo consistente con el uso de la razón y la autoridad están asociados con el desarrollo prosocial.

Llama especial atención en este recorrido, que existen estudios que muestran cómo los padres orientan a sus hijos para que tengan una buena vida (de valores, de superación y autocuidado), incluso, los hijos parecen coincidir en que reciben dichas instrucciones (Valdez Medina et al., 2011); sin embargo, como lo muestran la mayoría de las investigaciones revisadas, un buen número de ellos termina en el lado opuesto de dicho camino. Todo parece indicar que no basta con el "decir".

La investigación de Echarri y Pérez (2006) muestra cómo el vivir en un ambiente restrictivo acelera el tránsito de los jóvenes mexicanos hacia la adultez (dejar la casa paterna, salir del estudio, tener hijos, trabajar, casarse), mientras que la comunicación con los padres y una mejor situación económica retrasan su ocurrencia. Lo que podría garantizar futuros adultos y padres mejor preparados y más conscientes de sus responsabilidades como referentes.

Hoy en día coexisten dentro de la misma familia diversos estilos de crianza, que van desde los más restrictivos hasta los más permisivos y/o negligentes. Y parecería que las madres y padres de hoy no están satisfechos con sus maneras de proceder y los efectos que eso tiene en sus hijos. Así, Vanegas y Oviedo (2007) mencionan cómo los comportamientos y sentimientos de los padres y las madres aparecen ambiguos o contradictorios; por ejemplo, dicen amar a sus hijos e hijas, pero al mismo tiempo los maltratan, algunas veces se desea y planea asumir ese papel, pero otras llega de manera accidental. Aunque se señala la importancia de prepararse para asumir ese rol, generalmente se asume como una función natural. Es un papel que se acepta o se niega simplemente.

Lo que estas investigaciones muestran es que ni la maternidad ni la paternidad son condiciones de adultez y no garantizan que los padres asuman la responsabilidad que ello implica. Es así como se pueden evidenciar padres poco claros y ambivalentes, donde se desdibuja el rol, dando cabida a un estilo de vida de adulto ocasional, circunstancial y ambiguo, referente poco claro de autoridad y credibilidad frente a sus hijos e hijas.

Tanto la investigación desarrollada por Amaya y Gaviría (2007) como la de Moreno (2011) muestran una incoherencia de vida y una resistencia frente a la asimilación de la adultez: por una parte, los más jóvenes manifiestan cierto temor a enfrentar esta nueva forma de vida y la responsabilidad que implica, o simplemente prefieren seguir prolongando una vida infantil y dependiente; por otra, para los adultos, esta forma de vida puede convertirse en un peso, una carga o se quieren desentender de la responsabilidad y el rol que les exige una sociedad.

Como lo evidencian estas investigaciones, los jóvenes no quieren o no logran asumir una postura responsable y comprometida frente a esta etapa de la vida y los más adultos se tornan inconformes, confusos e incoherentes frente al estilo de vida propio de su edad.

Este grupo de investigaciones resalta la importancia de la familia y de las relaciones parentales en el proceso de desarrollo psicosocial; sin embargo, parecen plantearse desde un supuesto "deber ser" que aparentemente todos deberíamos tener claro y sobre el cual se evalúa un desempeño parental como adecuado, protector o como un factor de riesgo. Es necesario, entonces, profundizar un poco más en algunas condiciones que subyacen al ejercicio mismo de la crianza y analizar la realidad actual de las familias.

Representaciones de género y paternidad

No cabe duda que la manera en que cada quien ejerce la paternidad e incluso la forma en que significa el ser hombre-padre, mujer-madre responde a la historia personal y a los valores y tradiciones vividos en el propio contexto histórico cultural. Múltiples investigaciones han procurado evidenciar dichas representaciones en la manera como se viven las relaciones familiares en diferentes contextos.

Ya en el año 2003, Maldonado y Micolta encontraron estilos de autoridad parental que variaban desde posiciones autoritarias hasta democráticas, pasando por flexibles, permisivas y amigables, entre otras. Estas se tejen con las representaciones y prácticas del afecto, entendido hoy como tacto y ternura, lo que ha sido considerado en otros tiempos como una expresión femenina.

Diversos investigadores han analizado las representaciones sociales de la paternidad desde el estudio de género, en España y Latinoamerica (Torres Velásquez, 2004; Castillo & Centeno, 2005; Climent, 2006; Filgueiras, Galváo, Perucchi, Beiras & Tagliamento, 2006; Salguero, 2006 y 2008; Vanegas & Oviedo, 2007; Tobón, Rueda, Patiño & Pérez, 2007; Montiel, Salguero & Pérez, 2008; Buitrago et al., 2009), cobrando particular interés la función del padre.

Varios de estos estudios evidencian la dificultad que viven los jóvenes de hoy al enfrentarse al modelo de paternidad adquirido a partir de la generación anterior y la actual demanda de cambios esenciales en su identidad masculina y en sus prácticas paternas.

Torres Velásquez (2004) encontró que la mayoría de los padres españoles fueron definidos por sus hijos adultos de hoy como autoritarios, que no se implicaban para nada en la educación, ni en la crianza de los hijos y mucho menos en el trabajo doméstico. Desde la perspectiva de género, las relaciones dentro de las familias se veían como relaciones de poder asimétricas, en las que esposas e hijos eran las personas más propensas a ocupar las posiciones de subordinación.

Estos estudios identifican la diversidad y complejidad de los significados de "ser hombre", evidenciando una estrecha relación entre el proceso de construcción de la identidad masculina y el ejercicio de la paternidad. En la actualidad se puede pensar en una crisis de la identidad de género2, que parte de la necesidad de resignificación de los estereotipos de lo femenino y lo masculino.

Tal parece que, tanto en el contexto latinoamericano en general (desde México hasta Argentina, pasando por Nicaragua, Colombia y Brasil) como en España, a pesar de que siguen existiendo ciertos patrones patriarcales, es necesario considerar la posible transformación de un padre proveedor, autoritario, a otro más cercano y afectuoso, con mayor participación en el hogar, la crianza y la educación de los hijos.

En el estudio de Montiel et al. (2008) se muestran las maneras en que los hombres han ido construyendo una nueva relación con sus hijos y parejas. Estos padres aspiran a ser 'diferentes', si bien no han dejado de preocuparse por el sustento familiar. En su discurso manifiestan que el hecho de no pasar con sus hijos el tiempo que ellos quisieran les produce una sensación de insatisfacción personal.

El trabajo para algunos hombres implica incompatibilidad con el ser padres. Sin embargo, se esfuerzan por lograr alguna forma de balance entre la importancia que otorgan a su actividad laboral y la que le asignan a su familia.

También los jóvenes brasileños relatan que la paternidad está relacionada con la responsabilidad del mundo adulto. Tener un hijo implica proveer y cuidar no solamente al hijo, sino también a la familia. Para estos jóvenes, vivir bajo el riesgo permanente de morir a temprana edad es algo que los hace pensar en la responsabilidad de educar un hijo, pues, según ellos, no hay oportunidad de vivir en el mundo del narcotráfico y mantenerse como un buen padre (Filgueiras et al., 2006).

Este estudio, en particular, pretende superar la noción simplificadora de que la paternidad y sus consecuencias son siempre problemáticas y perjudiciales en lo que respecta a las poblaciones juveniles.

De este estudio llaman la atención dos cosas: el hecho de suponer que la paternidad puede ser alternativa a la vinculación de los jóvenes al mundo delincuencial. Sin embargo, no se analiza si realmente se está preparado para asumir dicha responsabilidad; es decir, se piensa más en el beneficio que el hecho de engendrar pueda tener en los padres jóvenes, que en los efectos de un "mal padre joven" en los niños que traen al mundo, a pesar de que ellos mismos reconozcan que quieren ser mejores padres de lo que fueron los suyos, pues el solo deseo no garantiza que puedan llegar a serlo.

Por otro lado, la idea de "construir otros discursos sobre la paternidad" alude a nuevas modalidades de ser adulto, padre y referente, desde la perspectiva de las generaciones jóvenes, enmarcadas en familias no-nucleares y con padres que distribuyen su tiempo en múltiples ocupaciones.

Igual parece acontecer con la función materna (Climent, 2006); si bien se reconocen cambios significativos en el rol de la mujer en la familia, aún se transmiten ciertos patrones de conducta propios del patriarcado que ha imperado en estos contextos. Así, por ejemplo, en las investigaciones se ha encontrado que la madre tiene un papel central en la socialización de las hijas, principalmente en el área de la sexualidad y de género, transmitiendo pautas y valores acerca de los comportamientos aceptados como apropiados para las mujeres.

También Tobón et al. (2007) concluyen que las representaciones sociales que han construido las adolescentes en relación con su rol femenino influyen significativamente en el tipo y calidad de relación que establecen con los hombres y con otras mujeres, actuando como entidades procesadoras de información con respecto a sus comportamientos.

En esto coinciden con Buitrago et al. (2009) cuando afirman que existe una percepción general de que las mujeres son dependientes de los hombres, quienes son proveedores, fuertes y decididos, es decir, hay una sub-valoración de la mujer y una sobre-valoración del hombre. Desde esta perspectiva y en función de la identificación de los roles de género se continúa percibiendo a los hombres como sujetos de la calle, de lo público y a las mujeres más de la casa, de lo privado Asociado a lo anterior, se suele pensar que las niñas merecen una relación de atención y cuidado por parte de los otros, mientras que a los niños se les atribuyen "características más agresivas, fuerza física, manejo de un lenguaje más soez y la promoción de la independencia estimulada a través del uso de control en una práctica socialmente aceptada, que ha trascendido en la historia" (Buitrago et al., 2009, p.62).

Esta investigación puso en evidencia cómo estas representaciones influyen significativamente en los correctivos empleados con los hijos, prohibiciones que se les imponían a los niños y a las niñas que limitaban determinadas actividades a ellos o a ellas, primando el interés de no ejercer acciones de otro sexo.

Tal parece que las relaciones al interior de las familias evidencia la permanencia de un modelo patriarcal, en el que se perpetúan los roles de género, particularmente, en la realización de oficios y funciones dentro y fuera del hogar.

Puede pensarse que, a pesar de que hoy en día los roles sociales relacionados con el género parecen ser menos rígidos y se permita una expresión más abierta en relación con los mismos, la presión del medio sigue primando y obliga a desempeñar los roles establecidos como permitidos para cada género. Salirse de estos patrones implica una censura social y un cuestionamiento en relación con la propia identidad.

Si bien algunas investigaciones muestran que existen modificaciones en las prácticas y funciones que se le asignan hoy al padre (Montesinos, 2004; Montiel et al., 2008; Nudler & Romaniuk, 2005; Torres, Ortega, Garrido & Reyes, 2008), parece que ello no obedece a una modificación significativa de las representaciones asociadas con la paternidad, sino más bien a la adición de oficios básicamente asociados a tareas domésticas, pero no se han encontrado cambios significativos en la estructura de las representaciones sociales de paternidad.

La conservación de una cultura tradicionalista hace pensar que el contexto iberoamericano no se ha dejado influenciar significativamente por las propuestas de cambio y explica, en parte, algunas prácticas de maltrato, aún consideradas como pautas de crianza válidas y eficaces; en el mismo sentido, el ejercicio de la sexualidad aún conserva roles con corte muy tradicionalista.

Esto parece ser reforzado por los medios de comunicación, tal como lo evidencian Santos et al. (2005), quienes entrevistaron 32 niños de 8 a 12 años, tratando de identificar rasgos de sus concepciones de la relación adulto-niño y de las dinámicas familiares, seleccionando dos capítulos de producciones audiovisuales dirigidas al público infantil: un capítulo de la serie "El laboratorio de Dexter" y otro de la serie "Los Simpson".

Los niños caracterizan a la familia Simpson como desordenada; con esto reflejan su concepción de cómo deberían ser las cosas, esto demuestra que la mitad de los niños propone como solución que la madre retorne y cumpla su rol, incluyendo un cambio en el rol del padre, o en que los niños y su padre asuman su responsabilidad en ausencia de la madre.

Y en el caso de la historia de "El laboratorio de Dexter", si bien hay un reconocimiento de las "buenas intenciones" de los padres que "se preocupan y atienden a sus hijos", este rasgo no llega a garantizar el funcionamiento familiar armónico, que es caracterizado por la disociación y el desconocimiento de las acciones y deseos de los hijos, la ausencia de comunicación y la falta de interacción entre los padres y su hijo.

Acá se ven reflejados los estilos de vida de los padres, describiendo a la madre como ordenadora y a cargo de la responsabilidad de los hijos y al padre como transgresor y sin responsabilidades adultas.

Los anteriores estudios evidencian una cierta permanencia de estilos parentales que podrían denominarse tradicionales y que, al parecer, aún no logran transformaciones significativas, tanto en el ejercicio de la paternidad y maternidad, como en la manera como se construye la masculinidad-feminidad de las nuevas generaciones desde las pautas de crianza. A continuación se presentan investigaciones que muestran ciertos cambios sociales que podrían estar repercutiendo en la representación de los roles y las funciones parentales.

Cambios en los roles y funciones parentales

Diversos investigadores en diferentes continentes han dado cuenta de cómo los cambios sociales han influido en las funciones paternas y maternas, y la repercusión que esto trae consigo en los nuevos roles de los padres.

Las investigaciones destacan el papel de la madre, marcado por condiciones biológicas, mientras que el padre se convierte en un constructor cultural. El modelo antiguo del padre proveedor ha cambiado, y a partir de 1970 surgen grandes cambios que afectan la estructura de la dinámica familiar, como señala Pleck y Pleck (1997, citado por Yarnoz, 2006).

A partir de la década de los noventa, el creciente número de divorcios, padres ausentes, madres cabeza de hogar, el desempleo, el control de la natalidad, la masiva incorporación de las mujeres al trabajo y otros factores negativos han afectado grandemente la dinámica familiar y han alterado en forma considerable la apariencia de una estructura social básica para la protección y el bienestar de niños, niñas y adolescentes.

Muchas investigaciones han señalado los cambios que está sufriendo el ejercicio de la paternidad (Maldonado & Micolta, 2003; Montesinos, 2004; Torres, 2004; Pontelo & Wagner, 2008) y la maternidad (Buitrago et al., 2009). Las expresiones de afecto, otrora atribuídas exclusivamente a las madres, están incluyendo también a los padres, quienes ya están manifestando a sus hijos cariño, juegos, afecto, mientras las mujeres han buscado ganar espacios para su desarrollo fuera del hogar, como una manera de superación personal, en aras de posibilitar un mejor futuro para ellas y sus hijos; situación difícil de entender aun hoy para algunos hombres que desean perpetuar el modelo patriarcal con el que fueron formados.

Pontelo y Wagner (2008) proponen que una definición de padre en la contemporaneidad tiende a volverse cada vez más elástica y difusa, ya que coexisten elementos que refuerzan el mantenimiento de una estructura tradicional en las relaciones y otros que apuntan a una demanda de mayor inclusión y participación del hombre en la vida privada.

En un contexto más amplio, un factor extrínseco que también ha jugado un papel importante en el cambio del ejercicio de la paternidad es el factor económico. Hace algunas décadas, el trabajo del padre era suficiente para el sostenimiento de la familia. Los grandes cambios sociales y económicos hicieron surgir la necesidad del aumento de los ingresos en la familia, llevando a la mujer a salir de la casa para buscar trabajo. En muchos casos, las consecuencias de este proceso han sido percibidas como desencadenadoras de estrés y descontento personal, puesto que muchas mujeres pasaron a acumular funciones a medida que la inserción masculina en las tareas domésticas no crecía en la misma proporción, en un mundo del trabajo que privilegia a los hombres.

Por otro lado, los hombres enfrentan un prejuicio más intenso en relación con su masculinidad que las mujeres respecto a su feminidad. Probablemente un hombre sufre mayor discriminación al buscar ejercer papeles originalmente femeninos, que las mujeres que ejercen funciones originalmente de corte masculino. Mientras la mujer puede ser vista como intentando ocupar un mundo al cual no tenía acceso antes, los hombres estarían dejando de ser hombres.

Entonces, los padres actuales aprendieron un modo de ser padre que en las últimas décadas ha sido cuestionado social y culturalmente, y se enfrentan así a una paternidad que demanda nuevas habilidades en la dinámica familiar.

No se puede negar que, con respecto a las generaciones anteriores, ha habido un cambio en los varones en la realización de las labores domésticas y en el ejercicio de su paternidad; sin embargo, su participación todavía dista mucho del número de actividades y del tiempo que las mujeres invierten en estas labores.

Ya señalaba Laqueur, en su ensayo de 1992, la carencia de una historia de la paternidad y de un movimiento comparable al feminismo moderno que estimulara el estudio de los varones. Si bien la historia ha sido escrita casi exclusivamente como la historia de los hombres, el hombre como padre ha sido subsumido bajo la historia de un patriarcado penetrante. Igualmente señala cómo el dominio del patriarcado ha declinado, pero los historiadores no han estudiado las consecuencias culturales que tiene para los padres esta recesión. Esto sin mencionar el álgido debate sobre el "alquiler de vientres", del cual se ocupa.

Nudler y Romaniuk (2005) y Climent (2006) afirman que aunque persisten en cierta medida los modelos tradicionales, hay numerosas expresiones de una nueva parentalidad, hacia una distribución más simétrica de las tareas de crianza y una creciente democratización de los vínculos familiares.

La parentalidad, definida como "un complejo sistema relacional de prácticas y de modos subjetivos a través del cual hombres y mujeres crían a sus hijos" (Nudler & Romaniuk, 2005, p. 270), está en un claro proceso de transformación, con algunas resistencias de muchas mujeres a ceder espacio al hombre en la crianza y, concomitantemente, la dificultad de muchos hombres de crearse un espacio claro para el ejercicio de una nueva paternidad.

El hombre contemporáneo tiene dificultades para asumir un compromiso con su contraparte, las mujeres, para avanzar en la construcción de una nueva identidad masculina que ponga fin a la desigualdad (Montesinos, 2004).

Relaciones parentales y problemas de conducta en los hijos

Un sistema familiar estable y afectivo proporciona a sus miembros lazos de seguridad y afecto indispensables para un buen funcionamiento psicológico (Climent, 2006, p.176)

En la amplia revisión bibliográfica que hace Cuervo (2010) se da cuenta de múltiples investigaciones que muestran la influencia de las relaciones parentales en la aparición de problemas de conducta en los niños y adolescentes, tanto a nivel psicoafectivo como social. Se pretende complementar dicha información con algunos otros estudios recientes.

Diversas investigaciones, la mayoría en España y Latinoamérica, han tratado de establecer la relación de ambientes familiares conflictivos o violentos en la aparición de problemas emocionales y de conducta en niños, niñas y adolescentes (Cova, Maganto & Melipillán, 2005; Rodrigo, García, Maiquez & Triana, 2005; Valadez-Figueroa et al., 2005; Musitu et al. (citado por Climent, 2006); Calvo-Gil & Obando Calderón, 2008; Mosmann & Wagner, 2008; Alvarez et al., 2009; Rodrigo, Máiquez, Padrón & García, 2009; Mestre, Tur, Samper & Latorre, 2010; Gámez-Guadix & Almendros, 2011; Jiménez, 2011), produciendo en ellos sentimientos negativos e inseguridad, baja autoestima que se evidencia en depresión, conductas arriesgadas, e incluso ideación e intentos suicidas.

Estas investigaciones constituyen algunas más en cuyos resultados se evidencia la importancia de los adultos cuidadores, en tanto referentes, y la influencia tanto de ciertas formas de presencia como de su ausencia en la estabilidad emocional y los procesos de adaptación social de los niños, niñas y adolescentes.

Es evidente que, en términos amplios, podrían los padres maltratantes constituirse en una forma particular de referencialidad, así como el impacto que generan los sentimientos de abandono cuando alguno de los padres falta. La relación entre la exposición a la violencia intraparental durante la infancia y el grado de malestar psicológico de los hijos en la edad adulta está mediada por un deterioro de las prácticas de crianza de los padres.

En el estudio realizado por Mestre et al. (2010) se muestran fuertes conexiones entre la agresividad física y verbal y la inestabilidad emocional. Además, la crianza está asociada a la inestabilidad emocional y a las conductas agresivas de los hijos/as. En este sentido, los factores que tienen mayor peso son la permisividad y la hostilidad de la madre, en el extremo negativo, y el amor y la autonomía que la madre es capaz de ofrecer, en el positivo.

Estos autores confirman con Moreno y Rojas (1998) que los niños, niñas y adolescentes necesitan el establecimiento de normas y límites por parte de los padres, saber lo que es correcto o incorrecto, lo que es lícito o ilícito. La permisividad y dejar hacer sin criterios llega a ser un factor tan negativo como el trato hostil, el abandono y el control por el control. Estos factores comportan una falta de confianza en la persona que va mermando su desarrollo emocional equilibrado.

Al parecer, el papel de los padres en la crianza se encuentra en condiciones inferiores al rol que asumen las madres, a pesar de los cambios sociales y de la redistribución de roles en el seno familiar, cada vez más compartidos por ambos progenitores. Esto se hace más evidente aún en el estudio que realizan Rodrigo et al. (2009) sobre el conflicto en las relaciones parentales. Por otro lado, parece que en comparación con los niños, las niñas presentan mayor vulnerabilidad a experimentar síntomas emocionales al enfrentar un ambiente familiar más negativo (Cova et al., 2005).

Es posible pensar también cómo los hijos resultan afectados directamente por el manejo de los conflictos conyugales, el grado de afecto entre los padres y la manera como estos lidian con las dificultades del contexto.

Bajo la consideración que las relaciones entre padres y las interacciones con los hijos resultan de especial relevancia para el desarrollo y adaptación de estos, Ramírez (2007) realizó un estudio en el que relaciona variables de riesgo (conflictos matrimoniales y prácticas de crianza) y problemas de conducta en los hijos, señalando el efecto conjunto de conflictos maritales y prácticas de crianza sobre los problemas de conducta.

Se pudo establecer que Ios hijos que tienden a presentar más problemas de conducta son aquellos que pertenecen a un hogar cuyos progenitores presentan mayor frecuencia de conflictos de pareja y por ejercer gran control autoritario sobre ellos.

Las prácticas de crianza disminuyen o aumentan el efecto de los conflictos en los problemas de conducta de los hijos. Dichas prácticas pueden convertirse en un factor de protección o de riesgo. Al mismo tiempo, a menores expresiones de afecto, mayores posibilidades de que se incrementen los problemas de conducta. Así, cuando los padres están sumidos en conflictos maritales y utilizan prácticas de crianza abusivas y negativas, Ia familia difícilmente será un entorno positivo de desarrollo para el niño.

Por su parte, Mosmann y Wagner (2008) afirman que la capacidad de adaptarse a las demandas del ciclo vital familiar y del contexto, aliadas a una alta conexión emocional entre los cónyuges, produce mayor satisfacción conyugal, una disminución del conflicto y alta responsividad3 con los hijos; no parece ser posible que las parejas consigan separar sus aspectos conyugales de sus prácticas parentales.

Muchos padres se preocupan por sus habilidades parentales como si ellas estuvieran separadas de sus habilidades personales. El sentido común tiende a difundir la idea que las frustraciones conyugales pueden ser recompensadas en la relación con los hijos. Sin embargo, existe conexión entre una pobre capacidad de resolver problemas conyugales y prácticas parentales inadecuadas.

La revisión bibliográfica realizada por Musitu et al. (citado por Climent, 2006), refiere varios hallazgos que comprueba que la falta de cariño de los padres y la percepción de conflictos entre ellos se relacionan con una autoestima más baja. En cuanto a las familias con un solo padre no se observó que fueran más negativas en relación con la autoestima. Sin embargo, el ajuste y el bienestar es mucho menos positivo en los niños de familias biparentales pero internamente divididas y en las que los padres forman una coalición contra los hijos.

En el rastreo de Jiménez (2011) sobre adolescentes consumidores de psicoactivos, se constata también lo que Moreno y Rojas (1998) evidenciaban en los jóvenes infractores: que perciben a sus familias como contextos marcados por pautas negativas de interacción, donde la comunicación es pobre, los conflictos frecuentes, la cohesión y la flexibilidad bajas y el castigo o el abandono excesivos. Otros estudios dan cuenta de cómo la calidad de la relación con los padres (conflictiva, poco afectiva y con una comunicación cargada de críticas) puede influir en los procesos de selección de iguales consumidores.

Jiménez indica que parece necesario considerar el clima familiar como un antecedente relevante de la autovaloración de los adolescentes y que, al mismo tiempo, esta media significativamente la influencia de la calidad del clima familiar en el consumo de sustancias psicoactivas.

Incluso en investigaciones de corte más biológico, como la realizada hace una década por Repetti, Taylor y Seeman (2002), se estableció que ciertas características de riesgo de la familia crean vulnerabilidades y/o interactúan con las vulnerabilidades de base genética en la descendencia, que producen interrupciones en el funcionamiento psicosocial, alteraciones en la respuesta a estrés de los sistemas biológicos reguladores y comportamientos de salud deficientes, especialmente el abuso de sustancias. Este perfil bioconductual integrado conduce a la acumulación consiguiente de riesgos para los trastornos de salud mental, las principales enfermedades crónicas y mortalidad prematura. Llegando a la conclusión de que los entornos infantiles de la familia representan los enlaces vitales para la comprensión de la salud mental y física durante toda la vida.

Sobre todo el abuso físico y la negligencia representan una amenaza inmediata para la vida y la seguridad de los niños. Pero, el hecho de que los niños en pleno desarrollo de los sistemas fisiológicos y neuroendocrinos deban adaptarse en repetidas ocasiones a las circunstancias amenazantes y estresantes creadas por estos entornos familiares, aumenta la probabilidad de desregulaciones biológicas que pueden contribuir al envejecimiento prematuro fisiológico del organismo que aumenta la vulnerabilidad a las enfermedades crónicas y mortalidad prematura en la edad adulta (McEwen & Estelar, 1993; Seeman et al, 1997, citados por Repetti et al., 2002).

En las familias que poseen características de riesgo, la exacerbación de un riesgo genético puede dar lugar a un desarrollo más rápido y debilitante de un problema. En las familias que carecen de estas características perniciosas, la expresión genética puede no ocurrir o puede ser retrasado.

Existe otro grupo de investigaciones que muestran la relación entre estilos de crianza y prácticas parentales con diversas problemáticas psicosociales en los hijos (Leman, 2005; Mestre, Tur, Samper, Nácher & Cortés, 2007; Betancur & Andrade, 2008; Garcés & Palacio, 2010; Gracia, Fuentes & García, 2010). Sanabria y Uribe (2007) estudiaron datos de la Policía Nacional, en la cual se encontraban reportados los jóvenes que presentaron conductas delictivas en el año 2003 en Santiago de Cali (Colombia) y señalan la importancia de variables biológicas y evolutivas, como la edad y el sexo, en la manifestación de este comportamiento. Esto se puede contrastar con los resultados de la investigación de Mestre et al. (2007) que muestran cómo, por otro lado, los estilos de crianza, las variables de personalidad y la autorregulación emocional explican el comportamiento prosocial en la adolescencia; que existen diferencias de género en la percepción de los diferentes estilos educativos y corroboran las diferencias en comportamiento prosocial en función de la variable género, tal como los estudios empíricos sobre el tema vienen constatando, siendo las chicas adolescentes las que alcanzan las puntuaciones más altas respecto a los varones de su misma edad.

Particularmente llama la atención que los actos delictivos se incrementan en los varones y en la medida en que aumenta la edad del adolescente (16-17 años), lo que permite hipotetizar acerca de la mayor necesidad del referente o una suerte de "puesta a prueba" del mismo, en la medida en que el adolescente va ganando autonomía.

En relación a la importancia de la comunicación, la investigación de Garcés y Palacio (2010) en algunos barrios marginales de Montería (Colombia), muestra mejores niveles de comunicación y de relaciones en familias nucleares que en las monoparentales y extensas. Sin embargo, es necesario contrastar esta información con las cifras que muestran que estas mismas familias son las que menos gozan de un buen ambiente de diálogo y confianza. Independientemente del tipo de familia se logra descubrir que es la figura materna la que evidencia una mejor comunicación afectiva y reguladora con los hijos.

De la misma manera, Betancur y Andrade (2008) encontraron que el control conductual de la mamá fue una variable predictora importante junto con la dimensión de control psicológico tanto materno como paterno y la dimensión de autonomía materna, de los problemas en adolescentes mexicanos; lo que indica que los jóvenes que presentaron un mayor número de problemas fueron aquellos que perciben que su mamá tiene un pobre conocimiento sobre sus actividades, además de que esta ejerce poco respeto sobre las decisiones del adolescente, y perciben que ambos padres emplean la inducción de culpa, la devaluación y las críticas excesivas como un método de control de su conducta.

También en el estudio de Gracia et al. (2010) se encontró que los adolescentes de padres indulgentes y autoritarios presentaron menores problemas de conducta que los hijos de padres autoritarios y negligentes.

El estudio de Leman (2005) evidencia la influencia de los padres, su estilo de crianza y el manejo de la autoridad en la manera como los niños enfrentan los dilemas morales. Indudablemente, esto es un posible indicador de la adecuada integración social del niño en el futuro y las habilidades para juzgar y tomar decisiones en los dilemas cotidianos a los que se enfrentará.

Finalmente, Large (1989) (citado por Climent, 2006) señala que, ante la abdicación parental, que se da cuando uno de los padres abandona prematuramente su función, ya sea por fallecimiento, abandono, alcoholismo crónico, etc., es posible que los hijos sufran de soledad. Es la pérdida de la situación de protección la que genera la experiencia penosa de soledad y el sentimiento de haber sido abandonados el que lleva a la búsqueda más o menos compulsiva de otros como proveedores de la relación de afecto necesitada.

El tema de los problemas de conducta es tal vez el más polémico y el que ha movido a esta revisión bibliográfica, en tanto, al parecer, desde las múltiples investigaciones revisadas, es posible establecer relaciones claras entre la dinámica familiar, las prácticas parentales y la aparición de diferentes tipos de problemáticas en los niños, niñas y adolescentes. Sin embargo, es preciso considerar, por un lado, que cualquier problemática psicosocial es multicausal y, por otro lado, plantear la necesidad de indagar si las familias de los niños, niñas y adolescentes que no tienen problemas graves aparentes, si presentan diferencias significativas en cuanto a roles, crianza, afecto, etc.

Algunas condiciones sociales que inciden en el ejercicio de la paternidad

Como se ha visto hasta ahora, son múltiples los factores que inciden en el ejercicio de la paternidad y, particularmente, en la manera como las relaciones padres-hijos contribuyen al desarrollo psicosocial de las nuevas generaciones. Es por eso que se hace necesario considerar algunos elementos extrínsecos a la familia o que por estar inmersa en determinado contexto, inciden en la dinámica familiar y en el proceso de desarrollo de los hijos. Temas como la educación, la situación económica, la violencia social y las migraciones, son condiciones que terminan decidiendo en más de un sentido las relaciones en muchas familias contemporáneas.

Por ejemplo, Lorence y Menéndez (2010) evaluaron el contexto familiar y laboral, y examinaron el nivel de estrés asociado a la paternidad. Se analizó el papel desempeñado por la percepción de competencia, tanto del padre como de la madre, que disponían de un puesto laboral y cuidaban al menos a un menor en edad escolar. La dedicación laboral, el número de hijos y la percepción de dificultad en el cuidado del menor lograron explicar el estrés parental. Así mismo, una evaluación positiva y optimista del papel que desempeñan en la educación y el cuidado de sus hijos, tendió a atenuar la aparición de estrés parental.

Al parecer, las personas con mayor nivel de estrés parental tienden a ser aquellas que dedican menos horas a su trabajo, tienen más hijos, perciben a su hijo como problemático y están menos satisfechas en su rol como padres. Paradójicamente, la satisfacción parental tendió a ser más alta en quienes tenían mayor dedicación laboral y se relacionó negativamente con el comportamiento problemático del menor. Cabe comentar que los padres y madres que perciben a sus hijos como difíciles tienden a ser aquellos que tienen jornadas laborales con un horario más rígido.

Por otro lado, Cardozo y Alderete (2009) se propusieron detectar las variables individuales y sociales que contribuyen al fortalecimiento del proceso de resiliencia en adolescentes. El propósito era investigar aquellos factores que protegen a los adolescentes de la adversidad, determinar cuáles de ellos son los mejores predictores de la resiliencia.

Los resultados del estudio permitieron confirmar que los jóvenes expuestos a circunstancias adversas del entorno, producto de condiciones socioeconómicas precarias, presentan una mala adaptación social así como presencia de síntomas de salud mental. A pesar de ello, un 19% de los jóvenes, que se encuentran igualmente expuestos a condiciones adversas, presentan competencias sociales y una adaptación positiva. Además, pudo observarse que los recursos internos (como el autoconcepto, autorregulación de habilidades cognitivas- emocionales) con los que cuenta un individuo y el soporte social (monitoreo parental y escolar) son buenos predictores de la resiliencia.

Otro punto que merece destacarse es que la pobreza puede ser uno de los indicadores de la adversidad para estos adolescentes, pero no es el único factor, ya que se pudo identificar como eventos negativos de vida los problemas personales, sucesos estresantes de salud y sucesos estresantes familiares.

Con respecto a la incidencia de la educación, la investigación de Maldonado y Micolta (2003) muestra que la escolaridad de la madre está relacionada con el número de hijos; la madre analfabeta tiene mayor número de hijos que aquellas jóvenes con alguna escolaridad; así mismo están doblemente desprotegidas y las condiciones para ellas y sus hijos son más precarias. También Cerletti (2009) aborda tensiones y sentidos construidos en torno a la educación de los niños por parte de los adultos que en nuestra sociedad están más directamente implicados en ella (principalmente padres y docentes), aproximándose a la referencialidad de los adultos implicados en la educación de los niños y las niñas desde el lugar que ellos le dan a la escolarización, tanto de los mismos niños como desde su propia experiencia educativa, y la manera como dichos sentidos (que se vuelven referenciales) inciden en el proceso de socialización de las nuevas generaciones.

En lo que se refiere a la influencia del contexto inmediato, el estudio de Cordini (2006) señala que adolescentes varones de estratos menos favorecidos indican que un modelo que admiran es el del "traficante del barrio". En esa figura concentran la admiración porque tiene poder y dinero. De la misma manera, algunas figuras deportivas destacadas, o líderes espirituales, son modelos que les gustaría imitar. De igual forma, Gracia, Fuentes y García (2010) afirman que los mayores niveles de riesgo en el barrio se asocian significativamente a un mayor número de problemas conductuales. En general, sugieren que los entornos residenciales de riesgo influyen negativamente en el ajuste psicosocial de los adolescentes más allá de la influencia de los estilos parentales.

Otro aspecto importante en el mundo de hoy es la repercusión del uso de la tecnología en las relaciones familiares. Verza y Wagner (2010) analizaron familias con hijos jóvenes, con el fin de comprender cómo padres e hijos manejan en sus relaciones el teléfono móvil.

La facilidad de los jóvenes para manejar la tecnología puede ser utilizada como una manera de conquistar su propio espacio en el seno de la familia, así como un recurso que ayuda en su proceso de socialización y de inserción en la sociedad. Ese fenómeno generó una sofisticación en las relaciones padres-hijos y todavía no hay respuestas para explicar esos cambios.

El móvil terminó ocupando un espacio con dimensiones que van más allá de su función de establecer una comunicación interpersonal. La relación entre teléfono móvil y familias con hijos jóvenes es multifacética, sus finalidades son diferentes, igual que el impacto del uso del teléfono móvil en cada familia. Sin embargo, ya es posible percibir que el teléfono móvil interconecta las necesidades de padres e hijos y se conecta con las diversas realidades de las personas.

Otro tema de alta relevancia e impacto para la familia es el de la movilidad de las familias por distintas circunstancias. Macías, Paternina y Vargas (2004) analizaron las dificultades en las relaciones de familias desplazadas por la violencia en un sector de la Costa Atlántica colombiana y encontraron cómo las dificultades que han tenido que enfrentar dichas familias han sido motivo de unión, acercamiento, así como de conflictos. Así mismo, las dificultades económicas que conlleva el abandono de tierras y propiedades influyen como factor generador de conflictos.

Por su parte, Pedone (2006) presenta algunos elementos para el debate sobre las migraciones latinoamericanas en los actuales contextos transnacionales, particularmente, en torno a los cambios familiares y educativos producidos en la emigración ecuatoriana hacia Estados Unidos y Europa, en especial a España. Benhke, Taylor y Parra-Cardona (2008) realizaron un estudio para definir la paternidad desde la perspectiva de los padres mexicanos inmigrantes en los Estados Unidos; mientras que Navarra y Lollis (2009) examinaron igualmente las relaciones entre adolescentes y adultos jóvenes con sus padres inmigrantes jamaiquinos que viven actualmente en Canadá.

Las familias ecuatorianas migrantes han transformado sus estructuras, redefinido roles y han construido estrategias para la gestión de la vida cotidiana en contextos transnacionales. Estos cambios no solo han afectado a las familias, sino que es un fenómeno social, político, económico y cultural que afecta a tanto a los lugares de origen como de destino, particularmente a los centros educativos que tienen en sus aulas a hijos/as de familias migrantes.

Los inmigrantes mexicanos tienen opiniones diversas sobre cómo la inmigración influyó en su experiencia de paternidad, así como la rede finición de los roles de género dentro de sus familias. A pesar de los desafíos de la paternidad de cara a la inmigración, los padres siguen siendo muy comprometidos con sus niños y sus familias, desafiando los estereotipos tradicionales que representan a los padres mexicanos como no participantes y no disponibles emocionalmente.

En el caso de los jaimaquinos en Canadá, los padres se centraron en la transmisión de valores culturales y creencias, y los adolescentes navegan y negocian posibles cambios en estos valores debido a sus experiencias de aculturación. La mayoría estaban muy orgullosos de su herencia étnica, valores tradicionales y creencias de Jamaica, como la matrifocalidad. Sin embargo, estos valores eran a menudo cuestionados y modificados por los informantes.

Estos estudios muestran que no es posible atribuir exclusivamente a la familia, como una unidad en sí misma y aislada, la presencia de problemas en las nuevas generaciones. Existen múltiples factores sociales que están incidiendo permanentemente en el ejercicio de la paternidad y en la dinámica de las familias contemporáneas.

CONCLUSIONES

En este recorrido por la manera como se ha venido investigando el tema del lugar del adulto como referentes de las nuevas generaciones, generalmente asociado al ejercicio de la paternidad-maternidad, resulta aún poco clara alguna tendencia, pues se observan investigaciones en los que se evidencia un aparente cambio en los roles y funciones, a partir de los nuevos modelos contemporáneos de familia, género y relaciones; mientras, en otros estudios, a pesar de realizarse en esta época, sigue evidenciándose modelos de relación, género y de paternidad que creíamos habían sido ya superados.

Los hallazgos de esta revisión bibliográfica permiten constatar una realidad que exige ser estudiada con más detenimiento respecto a los ideales tradicionales de familia, adultez y educación, pues nos encontramos ante otra realidad, hecha de padres ausentes, adultos inestables, tanto afectiva como laboralmente, y niños, niñas y adolescentes, que intentan hacerse a una vida, desde la soledad de sus hogares o con otros referentes alternos que la sociedad aún no ha empezado a considerar.

Esto se evidencia en algunos de los estudios que ya vienen planteando la relevancia que cada vez más van teniendo otros espacios de socialización, nuevos modelos de interacción y comunicación y referentes alternativos que les permiten a los niños, niñas y adolescentes organizarse psicosocialmente.

En una realidad de familias cada vez más diversas en su composición, de relaciones cada vez más distantes, de intermediadores entre los padres e hijos dentro del proceso de crianza (abuelos, niñeras, instituciones) resulta apresurado establecer modelos de familia o de crianza más adecuados que otros, sin caer en el riesgo de la estigmatización o patologización de ciertas nuevas formas de ser familia o de intentos de reivindicación de una familia que ya no es posible, dadas las circunstancias que plantea el modelo social contemporáneo.

Tal vez de lo que se trata no es tanto si la función paterna/materna ha cambiado o no —aunque esta seguirá siendo muy importante—, sino de la presencia "real" y efectiva de estos referentes. Muchos adultos de hoy consideran que el modelo de referentes que tuvieron de niños: padres autoritarios, un tanto "distantes" afectivamente, no influyó negativamente en su desarrollo por su dureza y frialdad, sino, por el contrario, tuvo una gran influencia en lo que han llegado a ser, por su "claridad" y el saber que su vida giraba en torno a la familia y los hijos, como lo más importante para ellos. Contrario a los padres ausentes, "líquidos", ambiguos y con otras prioridades en sus vidas, propios de la contemporaneidad.

Por otro lado, las nuevas formas de interacción que plantean las nuevas tecnologías de la comunicación y la información permiten plantear la posibilidad de nuevos ambientes, que tal vez les faciliten desarrollar a los hijos otras estrategias para enfrentar su proceso de socialización.

El reto que deja esta aproximación es continuar indagando por el efecto que está teniendo en los procesos de socialización y desarrollo de niños y jóvenes, las nuevas modalidades de lo adulto, en tanto referentes e, incluso, comenzar a indagar si los cambios mencionados en la investigación dan cuenta de una nueva realidad familiar, de nuevos roles y nuevas modalidades de referencialidad.


* Fundación Universitaria Luis Amigó, Mederlín (Colombia)

1 Conclusiones como las de Calvo-Gil y Obando-Calderón (2008): "promover en los padres el adecuado crecimiento y desarrollo de los niños en los ámbitos biológico, psicológico, social y espiritual"; Jiménez (2011): "intervenir el contexto familiar a fin de aumentar su eficacia"; Montesinos (2004): "que la colaboración en el espacio familiar, el cariño y el respeto a la pareja y a los hijos constituyan valores que ellos aprendan a partir de la comunicación oral, pero también por el ejemplo"; y Cuervo (2010): "realizar prevención en salud mental de los padres y cuidadores (...), brindar una orientación y apoyo mediante programas de pautas de crianza (...), generar factores protectores en la familia promoviendo estilos de crianza asertivos, competentes y positivos (...), la sensibilización a los padres y cuidadores sobre su rol y su responsabilidad".

2 Al menos en los términos planteados por la tradición machista-patriarcal.

3 El término responsividad es una traducción del inglés de la dimensión responsiveness, y se refiere a aquellas actitudes comprensivas que los padres tienen con sus hijos y que buscan, a través del apoyo emocional y de la comunicación, favorecer el desarrollo de la autonomía y de la autoestima de los hijos" (Maccoby y Martin, 1983, citados por Mosmann y Wagner, 2008, p.87)


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Psicología desde el Caribe
Revista del Programa de Psicología de la Universidad del Norte
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Universidad del Norte
Barranquilla (Colombia)
2013
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