Recibido: 12 de diciembre de 2023
Aprobado: 27 de junio de 2024
DOI: https://dx.doi.org/10.14482/eidos.45.251.360
Tres consecuencias de la condición traducible e intraducible del inconsciente freudiano
Three Consequences of the Translatable and Untranslatable Condition of the Freudian Unconscious
Gianfranco Cattaneo
Universidad Andrés Bello (UNAB) (Chile) gcattaneo@unab.cl ORCID ID: 0000-0002-4266-0731
Resumen
El inconsciente freudiano se caracteriza por ser traducible e intraducible. De esta tesis, que proviene principalmente de La interpretación de los sueños, proponemos tres consecuencias para la teoría y la práctica del psicoanálisis. En este trabajo desarrollaremos cada una de esas consecuencias y mostraremos cómo se relacionan entre sí a partir del siguiente orden: la (in)traducibilidad del inconsciente permite la emergencia de la transferencia; el significante, como elemento literal, es lo que se traduce; el sujeto del inconsciente, en su fundamento, cumple una función de traducción.
Palabras clave: inconsciente, traducción, interpretación, transferencia, sujeto.
Abstract
The Freudian unconscious is characterized as both translatable and untranslatable. From this thesis, which comes mainly from The Interpretation of Dreams, we propose three consequences for the theory and practice of psychoanalysis. First, in this paper we will develop each of these consequences and show how they relate to each other in the following order: the (un)translatability of the unconscious allows the emergence of the transference; the second is the signifier, as a literal element, is what is translated; and finally, the subject of the unconscious, at its foundation, fulfills a function of translation.
Keywords: unconscious, translation, interpretation, transference, subject.
El inconsciente freudiano es traducible e intraducible
Al comienzo del segundo capítulo de La interpretación de los sueños, inmediatamente después de una revisión minuciosa de la bibliografía científica sobre los problemas del sueño, Freud (2008a) declara que su verdadera tarea es demostrar que los sueños "son susceptibles de una interpretación" [daΒ Träume einerDeutungfähigsind], dejando ver con su empeño la tradición en la que deseaba ubicarse en la concepción de los sueños (p. 118). Habiendo optado por la interpretación, por la Deutung inscrita en el título mismo de su tratado, vemos cómo la interpretación queda regulada por la traducción. Interpretación y traducción parecen incluso ser términos intercambiables, tal como escribe Freud en un texto, solo un par de años después, titulado El método psicoanalítico de Freud. En este texto, dedicado a presentar las modificaciones que ha sufrido el método psicoterapéutico de Freud desde el abandono de la cura catártica y la sugestión hipnótica, se presenta el psicoanálisis como "una técnica de interpretación o traducción" [Deutungs- oder Übersetzungstechnik] y La interpretación de los sueños como una obra introductoria a los detalles de esa técnica (Freud, 2008b, p. 240). Esto, que a primera vista parece una equiparación desprolija llevada hasta la confusión, debido principalmente al empleo impreciso y poco sistemático que hace Freud del término Übersetzung, demuestra, por el contrario, ser una consideración particularmente precisa de su parte. Lo que se expresa en que, a raíz del emparejamiento entre interpretación y traducción, por la regulación que la primera encuentra en la segunda, Freud terminará por traicionar, como no podría ser de otra manera, a la tradición en la que ha querido inscribir la técnica del método psicoanalítico.
La interpretación del sueño no solo significa indicar su sentido, develarlo de manera acertada, escribe Freud. Involucra además efectuar una localización y una sustitución que permita que el sentido del sueño se inserte como un eslabón de pleno derecho en el encadenamiento de las demás acciones anímicas. El sueño está provisto de sentido, pero de un sentido que puede insertarse en la trama del acontecer psíquico. A esta precisión se debe el distancia-miento de Freud. Ya que a pesar de que la Deutung conciba que el sueño posee un significado susceptible de ser descifrado, tal como reza la tradición del mundo de los profanos [Laienwelt] en la que Freud ubica su método, si el entramado de los tópicos obtenidos posteriormente al desciframiento es dejado al arbitrio de quien lo interpreta, que es precisamente como procede la tradición de los profanos, la interpretación efectúa una traducción "puramente mecánica" de su sentido. No hay pensamientos inconscientes porque no hay ocurrencias de quien sueña de las que extraerlos (Freud, 2008c, p. 102). En reemplazo de las ocurrencias se afirma una "clave fija" [feststehenden Schlüssel] como la llama Freud, con la que se sostiene y estabiliza el traspaso del sentido desde un signo aislado de la lengua onírica a un significado conocido en la lengua común. Una llave a la que ninguna de las cerraduras del sentido onírico se opone. Mientras que, para el psicoanálisis, si la cifra que ha de ser interpretada carece de texto en la lengua de quien sueña no ha habido todavía operación psíquica inconsciente, por lo que no hay material psíquico que extraer de las asociaciones del soñante ni tampoco sentido a develar (Freud, 2008a, pp. 118-120). Cuando se trata del inconsciente, la llave única no abre. Que el sueño tenga un sentido que resulta ser un cumplimiento de deseo es algo que el análisis debe probar de nuevo en cada caso (Freud, 2008a, p. 164).
El inconsciente freudiano se caracteriza por ser traducible y es su traducción, puesta por el texto del sueño escrito por las ocurrencias, la que puede ser interpretada. En la técnica del psicoanálisis, como escribe Freud a propósito del caso Dora:
Vale como regla que una conexión interna, pero todavía oculta, se da a conocer por la contigüidad, por la vecindad temporal de las ocurrencias, exactamente como en la escritura una a y una b puestas una al lado de la otra significa que ha querido formarse con ellas la sílaba ab. (Freud, 2008c, p. 35)
Pero el inconsciente no se caracteriza por ser traducible a partir de lo que más comúnmente definiría a la traducción, vale decir, no solo la promoción del sentido, sino la preeminencia de un sentido único (Allouch, 1993, p. 68). Porque son los rasgos más ínfimos del sueño, los matices de la expresión lingüística en que se presenta y que parecen prescindibles respecto del sentido, los que resultan indispensables para la interpretación, y "hasta cuando se nos ofreció un texto disparatado o incompleto" �escribe Freud� "como si hubiera fracasado el empeño de traducir el sueño a la versión correcta, también esta falla de la expresión fue respetada por nosotros" (Freud, 2008a, pp. 508-509). El fracaso de la traducción, producto de la censura onírica, puede pasar al texto del sueño, pero ese pasaje tarda y la tarea de la interpretación se inhibe mientras esta tenga en la mira un original perdido, distorsionado por improvisaciones arbitrarias en el intento de reproducirlo. A esto debe sumarse además que un sueño es intraducible a otras lenguas, como advierte Freud (2008) en una nota de La interpretación de los sueños, haciendo extensiva esta advertencia incluso para su propio libro (p. 121). Es cosa de ver cómo en todos los análisis presentados por Freud los términos en los que se sostiene la interpretación para aportar la solución del sueño han tenido que ser conservados en alemán. Se ha optado por no traducir para demostrar cómo opera la interpretación. Pero esto no quiere decir que el inconsciente deje de ser traducible. El inconsciente, tal como va a proponer Lacan, resulta ser traducible aun allí donde no puede ser traducido. Es en la falla de la traducción del sentido único donde una formación del inconsciente resulta ser descifrable. Si el sueño, así como el síntoma, está representado en el inconsciente, "es solo por prestarse a la función de lo que se traduce" (Lacan, 2006, p. 24), ya que el método freudiano es estricto en no permitir que la traducción se desprenda de lo literal.
Podríamos resumir el problema presentado hasta aquí recurriendo a lo señalado por Antoine Berman a propósito de la tarea del traductor de Walter Benjamín. La traducción, escribe al respecto Berman (2006), "se cumple �sin abolirse� en el espacio de la intraducibilidad" (p. 53). Sin embargo, si consideramos las razones que llevan a Berman a afirmar, a partir de Benjamin, ese paradojal cumplimiento de la traducción, cometeríamos un error si nos pusiéramos a buscar equivalencias entre la lengua de Benjamin y la de Freud basándonos en todo lo que nos permitiría suponer ese cumplimiento con que inicia la frase de Berman, ya que aboliríamos con ello lo que se trata de hacer existir, que es el espacio de la intraducibilidad. Lo que vamos a proponer entonces tal vez no sea más que una consideración preliminar a todo transporte posible de la lengua freudiana hacia otra orilla.
En lo que sigue desarrollaremos lo que consideramos son tres consecuencias para el psicoanálisis de esta condición, a la vez traducible e intraducible, del inconsciente freudiano. Las presentaremos en el siguiente orden, mostrando cómo cada una de estas se desprende de las demás: la (in)traducibilidad del inconsciente permite la emergencia de la transferencia; el significante como elemento literal es lo que se traduce; el sujeto del inconsciente, en su fundamento, cumple una función de traducción.
Primera consecuencia: la (in)traducibilidad del inconsciente permite la emergencia de la transferencia
La necesidad de analizar la transferencia como la realidad actual en la cura analítica no puede dejar de involucrar la (in)traducibilidad del inconsciente. La transferencia, tal como va a definirla Freud, es una creación de la neurosis surgida en el transcurso del tratamiento analítico por lo que en la práctica no hay medio alguno para evitarla. La transferencia debe ser combatida como se hace con todos los demás productos de la enfermedad, ya que es utilizada por esta como un impedimento que vuelve inaccesible el material a la cura. Pero, además, la transferencia es ineludible para el análisis porque puede convertirse en su mayor auxiliador cuando se logra deducir y resolver conduciéndola a sus fuentes inconscientes. Vale decir, cuando se logra pesquisar como un fragmento esencial de los recuerdos y fantasías olvidados por el paciente que, en lugar de ser reproducidos en la cura, son actuados en la relación actual con el analista. Es por esta razón que el trabajo con la transferencia, como advierte Freud en el epílogo del historial clínico del caso Dora, es "con mucho la parte más difícil" en una cura analítica, mientras que "la interpretación de los sueños, la destilación de los pensamientos inconscientes a partir de las ocurrencias del enfermo, y otras artes parecidas de traducción, se aprenden con facilidad; el enfermo siempre brinda el texto para ello" (Freud, 2008c, p. 102). Si Freud se vio "obligado" a hablar de la transferencia en el historial de un análisis, escandido y organizado por dos sueños de la paciente, que cuando comenzó su redacción, Freud consideraba como una continuación de su libro acerca de los sueños (Freud, 2008c, p. 10), es porque solo ese factor permitió explicar la ruptura prematura en la que desembocó el tratamiento. A lo que se refieren la dificultad y la facilidad es entonces al actuar de Freud. Freud fue tomado por sorpresa, no logró "dominar a tiempo" la transferencia.
A causa de la facilidad con que Dora ponía a mi disposición una parte del material patógeno, olvidé tomar la precaución de estar atento a los primeros signos de la transferencia que se preparaba con otra parte de ese mismo material, que yo todavía ignoraba. (Freud, 2008c, p. 103)
No hay medio alguno para evitar la transferencia en la práctica de la misma manera en que esta debe ser pesquisada por el analista por su propia cuenta mientras lleva a cabo la exploración del inconsciente. Es por esta razón que Freud reconoce que no hay puntos de apoyo asegurados que permitan traducir de una sola vez la transferencia a la persona analizada. Analizar la transferencia, combatirla y dominarla ahí donde está destinada a convertirse en un escollo para la cura implican tomar en consideración que no existe un lugar asegurado desde el cual sostener su interpretación, desde donde esperar sin prisa, como si se contara con "tiempo sobrado", las producciones del inconsciente. Esta es la lección que será recogida luego por Freud (2008e) en El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis, donde afirma que los sueños pueden exteriorizar a veces una resistencia que lleva a que la cura quede rezagada respecto de su tarea de analizar la superficie psíquica presentada cada vez por el analizado (p. 88). La interpretación del sueño, como anuncia Freud al comienzo del historial de Dora, sigue siendo una condición para comprender los procesos psíquicos de la histeria. Sin embargo, esta interpretación dentro del análisis debe deponer su aspiración a la completitud debido a que está entramada con la transferencia; vale decir, con esa otra parte del material que Dora no dejaba de entregar a Freud y que se dejaba vislumbrar en sus sueños. Las mociones de amor olvidadas por la paciente, que la transferencia vuelve presentes como la realidad actual de la cura, no mantienen una relación simple ni directa con la rememoración, razón por la cual la transferencia deberá ser aniquilada una y otra vez (Freud, 2008c, p. 10; Freud, 2008d, p. 105).
Podemos entender entonces que Freud (2008e), en la "digresión" sobre la transferencia en el epílogo a Dora, hable primero de transferencias, en plural, definiéndolas "como un tipo particular de formaciones de pensamiento, las más de las veces inconscientes" (p. 101). Esta definición remite una vez más a La interpretación de los sueños, donde Freud describe unos "pensamientos de transferencia", situados en el preconsciente, que son los portadores del deseo inconsciente. Como la representación inconsciente como tal es incapaz de ingresar en el preconsciente, solo puede producir efectos en ese sistema psíquico si entra en conexión con una representación que ya pertenezca al preconsciente, transfiriéndole su intensidad y encubriéndose con esta. Mediante condensación y desplazamiento, la representación inconsciente se hace representar por una representación preconsciente (Freud, 2008a, pp. 554; 587; 593-594). De esta manera, las transferencias, que son reediciones y recreaciones de las mociones y fantasías que se despiertan y se hacen conscientes durante el transcurso de un análisis, pueden singularizarse, ya que lo característico de todo el género es "la sustitución de una persona anterior por la persona del médico" (Freud, 2008c, p. 101). Toda una serie de vivencias psíquicas anteriores no son recordadas como pasadas, sino revividas como un vínculo con el analista. Del plural al singular, de las transferencias a la transferencia, un solo mecanismo se encuentra en operación, con la diferencia de que en el plural lo que está en juego es una representación preconsciente cualquiera, como los restos diurnos del sueño, mientras que en singular las representaciones preconscientes que han sido puestas en movimiento pertenecen todas a la "persona del médico".
Si este último término requiere de comillas, como señala Guy Le Gaufey, es porque el referente que se quiere designar con él no es para nada evidente. En la ambigüedad fundamental de esa "persona" se concentran las dificultades relativas a la transferencia (Le Gaufey, 2006, pp. 66-67). Como en la transferencia, como escribe Freud, se trata de todo lo que puede entrar en la relación con el médico a partir de toda una serie de vivencias psíquicas anteriores, hay algo que parece ampliarse sin una medida precisa, sin un límite determinado sobre el cual circunscribir lo que esa "persona" podría llegar a representar. Que Freud agregue que las transferencias responden las más de las veces a una suerte de cliché, simples reimpresiones o reediciones de los modelos sustituidos, no precisa en nada la amplitud de lo que puede ser puesto en relación en esa "persona del médico", porque sigue siendo una "serie" de sustituciones las que se unifican al apuntalarse en una o varias de las características reales del médico o de las circunstancias que lo rodean (Freud, 2008c, p. 101; 2008d, pp. 97-98). La "persona", primero que todo, es un objeto de la fantasía.
Cuando en lugar de la enfermedad propia del paciente aparece la de la transferencia, lo que ha ocurrido es un desplazamiento mediante el cual las transferencias se unifican en torno a un único objeto, la "persona del médico", que funciona como una piedra de toque a las manifestaciones del inconsciente. Este objeto se ubica en el centro de esta nueva enfermedad que es la "neurosis de transferencia", y deviene el lugar enunciativo de la interpretación, con la que se pretende disolver dicho objeto. La "persona del médico" es una respuesta a la condición "cualquiera" de las transferencias (Le Gaufey, 2006, p. 68). Pero no por revelarle la transferencia a su paciente el analista quedaría en condiciones de acceder directamente a las representaciones reprimidas que en esa "persona" han tomado lugar. Mientras que en historial de Dora Freud suponía que haber resuelto la transferencia le habría dado acceso "a un nuevo material mnémico, probablemente referido a hechos", en sus trabajos sobre técnica Freud ya no duda y confirma que no es posible extraer una inferencia directa o deducir una significatividad patógena de los elementos escogidos para la resistencia transferencial (Freud, 2008c, p. 104; Freud, 2008d, p. 101). Advertir la transferencia en el curso del tratamiento no revela ningún emplazamiento cierto de la libido en el curso de la enfermedad, sino solo sus desplazamientos. La repetición en la transferencia no prueba que pasó lo mismo anteriormente. Una transferencia paterna sobre la "persona" del médico, por ejemplo, no prueba de que el enfermo haya sufrido semejante lazo libidinal inconsciente con su padre (Freud, 2008f, p. 415). Tal como en la interpretación de los sueños, cuando al pasar del contenido manifiesto al contenido latente se ha efectuado un franqueamiento, pero cuyo beneficio para la solución del sueño se perdería si se considerara que el contenido latente, conseguido en ese pasaje, es lo único que debe interesarle a la cura. La tarea del psicoanálisis en lo que respecta al sueño es investigar las relaciones entre ambos contenidos y reconstruir los procesos que convirtieron a los pensamientos latentes en el contenido manifiesto del sueño (Freud, 2008a, p. 285). Solo las distintas operaciones que aseguraron las transferencias de uno a otro están activas "y son ellas las que ponen al alcance de la interpretación los elementos literales sobre los que actuó la censura y que se encuentran también en la formación de los síntomas" (Le Gaufey, 2006, p. 68).
La "persona del médico" no podría ser utilizada por el psicoanalista "como tal" para reducir las brumas de la proyección subjetiva confrontándolas con la realidad objetiva. Si la transferencia es la realidad actual de la cura, y si esta realidad sigue estando determinada por el carácter (in)traducible del inconsciente, es porque, para ser efectiva, la transferencia debe funcionar cerrando el acceso a un supuesto lugar tercero de objetividad desde el cual se reduciría a la unidad la dicotomía entre lo subjetivo de lo objetivo. La "persona del médico" es una formación del inconsciente, tal como lo demuestra en el caso Dora el hecho de que la transferencia se presente como sueños de transferencia (Freud, 2008c, p. 104). Al disolverse el referente de la "persona" se posibilita la operación del rebus de transferencia: separar la palabra del objeto al que remitiría, para retener únicamente aquello que el significante inscribe en su nombre (Allouch, 1993, pp. 74; p. 153). El analista paga con su persona para que este desvío respecto del código se produzca, es decir, el significante como lo que, del inconsciente, se traduce.
Segunda consecuencia: el significante, como elemento literal, es lo que se traduce
Técnicamente �en el sentido que hemos visto de la técnica psicoanalítica forjada por Freud a partir de la interpretación de los sueños� llamamos significante a lo que se traduce. El significante es un elemento que presenta dos dimensiones. Se encuentra ligado sincrónicamente a una batería de otros elementos con los que se puede sustituir y está disponible además para su uso diacrónico, constituyendo una cadena significante (Lacan, 2006, p. 24).
Cabe recordar que con los términos diacronía y sincronía, Saussure buscaba explicitar las dificultades particulares que en la lingüística provocaba la intervención del factor tiempo, en la medida en que el tiempo no es una categoría extralingüística, sino una propiedad del significante. El significante no dispone más que de la línea del tiempo, decía Saussure (1986) en el Curso [...], "se desenvuelve en el tiempo únicamente y toma las características que toma el tiempo" (p. 95) formando una cadena. En la diacronía los elementos significantes se alinean uno tras otro en la cadena, por lo que cada elemento adquiere valor al oponerse al anterior y al que le sigue en el discurso. A pesar de esto, existen, además, coordinaciones que suceden fuera del discurso, en lo que Saussure reconoce como el "tesoro interior" que constituye cada lengua. Estas coordinaciones producen una serie mnémica virtual en la que una palabra evoca todo lo que sea susceptible de estar asociado en ese tesoro (de Saussure, 1986, pp. 148-150). Así, mientras que la cadena significante evoca la idea de una sucesión y un número determinado de términos, las familias asociativas no se presentan ni en número definido ni en un orden determinado. Por esta razón sincronía no es lo mismo que simultaneidad. Las cosas de las que se ocupa la lingüística se encuentran ubicadas entonces sobre dos ejes que se cruzan y se oponen sin cancelarse: el de la diacronía y el de la sincronía, el del estado de la lengua y el de una fase de su evolución. La dualidad radical del objeto se impone. La lengua, al no ser una nomenclatura, sino un sistema de valores en dependencia recíproca, requiere ser estudiada sobre ambos ejes. Pero esto no puede hacerse de manera simultánea. La oposición entre los dos puntos de vista acerca de la lengua "es absoluta y no tolera componendas" (de Saussure, 1986, p. 108). No existe un punto fijo externo o "pancrónico", independiente de los hechos concretos que ocurren en la lengua (de Saussure, 1986, p. 120). Es por esta razón que Saussure propone distinguir entre una lingüística sincrónica y una diacrónica: la primera se ocupa de términos coexistentes que forman sistema y la segunda estudia términos sucesivos y que se reemplazan unos a otros sin formar sistema (de Saussure, 1986, p. 124). La lingüística como campo de investigación se escinde producto de la duplicidad temporal de su objeto con el fin de hacer sentir la oposición de los dos órdenes y las consecuencias que aquella comporta.
Un hecho diacrónico, señala Saussure, "es un suceso que tiene su razón de ser en sí mismo; las consecuencias sincrónicas particulares que se pueden derivar le son completamente ajenas" (de Saussure, 1986, p. 110). Los cambios en el sistema de la lengua ocurren por fuera de toda intención. Los hechos diacrónicos, por lo tanto, no tienden a cambiar el sistema. No pretenden cambiar su ordenación ni tampoco podrían hacerlo, ya que el sistema, en sí mismo, es inmutable. El sistema no se puede modificar directamente. No es posible producir un cambio general en él. El sistema solo puede sufrir alteración en uno u otro de sus elementos. El hecho diacrónico, por tanto, solo puede interesarse en un elemento a la vez. Actúa de manera puntual, sin saber de antemano cómo el elemento interesado en su acción quedará atado al conjunto y repercutirá en este. Si el hecho diacrónico produce consecuencias sincrónicas a pesar de no saber cómo ni cuáles, es porque este no tiene su fin en sí mismo. Debido a que todos los elementos de la lengua existen por su dependencia recíproca, el hecho diacrónico hace nacer otro sistema al modificar uno de sus elementos cuando lo reemplaza por otro, a pesar de que el estado que resulta del cambio diacrónico, del desplazamiento que produce en el sistema respecto de su equilibrio precedente, no estaba destinado a señalar las significaciones de las que ahora se impregna. Se aprovecha de un estado fortuito para hacerlo portador de una distinción que, al poner en relación dos términos simultáneos en el sistema, produce una significación. Los hechos diacrónicos, por lo tanto, pueden condicionar las modificaciones en el sistema e incluso introducir modificaciones, pese a no mantener una relación intencional con este (de Saussure, 1986, pp. 110-111). La diacronía supone una dinámica, dice Saussure. Es algo ejecutado que produce un efecto. Pero los sucesos diacrónicos tienen un carácter accidental, ya que en la lengua nada se premedita. Los elementos que componen su estado se desplazan de manera fortuita, por lo que su orden es siempre precario. Ninguna fuerza garantiza el mantenimiento de un orden existente en la lengua más que la sujeción de los hablantes al uso colectivo (de Saussure, 1986, pp. 116-117).
Solo el significante, como escribe Lacan en Observación sobre el informe de Daniel Lagache, puede sostener una coexistencia de elementos en desorden en la sincronía, en los que, sin embargo, subsiste, en su desarrollo en la diacronía, un orden indestructible.
De la misma manera, el rigor del que es capaz el significante en la dimensión asociativa, en el eje de la diacronía, se funda en la conmutatividad de la primera dimensión, lo que demuestra que los elementos asociados entre sí lo están solo por ser intercambiables en la sincronía. La estructura del significante está organizada sobre dos ejes heterogéneos relacionados entre sí mediante la falta de relación directa. Cada uno de esos ejes se presenta siempre como la contradicción del otro. Una cadena significante por constituir encuentra su "condición de consistencia" en los signos contradictorios de los que está afectada, y la dimensión en que se pesquisa dicha coherencia de la cadena significante "es únicamente la traducción" de esa falta de relación de la que la cadena es capaz (Lacan, 2008a, p. 627).
Ahora bien, no se trata de la traducción de algo. Tampoco de la traducción de alguien. La traducción de la que la cadena significante es capaz se refiere a la manera en que esta está afectada por el determinismo sin agente de la estructura del significante, cuyos elementos se repiten en el discurso consciente del sujeto. El inconsciente es una cadena significante que en la Otra escena �la anderer Schauplatz como la llamaba Freud, a la que sube la "persona" del analista en la transferencia, ya que es el lugar de la palabra del sujeto � "se repite e insiste para interferir en los cortes que le ofrece el discurso efectivo y la cogitación que él informa" (Lacan, 2008c, p. 760).
Si el síntoma, como decíamos al comienzo, está representado en el inconsciente por prestarse a la función de lo que se traduce es porque lo que se traduce �vale decir el significante� no quiere decir nada. El significante opera fuera de sentido, pues, en su forma más radical, su "estructura esencialmente localizada" es letra (Lacan, 2008d, p. 469). Estrictamente hablando, el sentido surge entonces de un juego de letras en la medida en que se propone modificar los empleos ya aceptados, ya sea desplazando por su reiteración las significaciones anteriores a las que estaba ligado �lo que constituye la poesía de todo realismo�, ya sea creando una significación nueva en la sustitución de un significante por otro en la cadena, mediante lo cual la realidad se llena de poesía. Estos "efectos de retórica", metonímicos y metafóricos se hilvanan en la trama del discurso concreto por estar marcados por la huella del significante (Lacan, 2006, pp. 26-27).
El recurso hecho por Lacan a la lingüística para especificar al sujeto freudiano se justifica en la promoción que esta hace del significante como el determinante del significado. Toda articulación del fenómeno analítico, como escribirá en La significación del falo, hace necesaria "la promoción de la noción de significante, en tanto que opuesta a la de significado en el análisis lingüístico moderno" (Lacan, 2008e, p. 656). Esto exige que todo en el análisis quede reducido a la función del corte en el discurso y el más fuerte, como aclara Lacan, es el que forma una barra entre significante y significado. El significante no representa al significado, sino que lo efectúa. Al quedar anudado de esta manera a la significación, el corte en la cadena significante no solo sorprende al sujeto en sus traspiés, mostrando que su discurso en la sesión solo vale porque se interrumpe y no por lo que tiene para decir con él. El sujeto tomado así por sorpresa se encuentra bajo la tutela del preconsciente. Además, el corte de la cadena significante, con sus efectos de apr�s-coup sobre el sentido, es el único que permite verificar la estructura del sujeto como discontinuidad en lo real (Lacan, 2008c, p. 762). La distinción entre significante y significado cobrará tal relevancia para Lacan que incluso, en La instancia de la letra [...], llega a proponer que la tópica del inconsciente es la misma que define al algoritmo del signo lingüístico (Lacan, 2008d, p. 481).
Sin embargo, a partir del descubrimiento freudiano, la barra "resistente a la significación" que separa los dos pisos del signo lingüístico tiene que leerse �"el algoritmo, como escribe Lacan (2008d) en La instancia de la letra, se lee así: significante sobre significado, el 'sobre' responde a la barra que separa sus dos pisos" (p. 464)� para poder ser transpuesta. La lectura de la barre, como el anagrama del arbre del signo saussureano (p. 464), hiende al sujeto en tanto este puede leer su huella significante. Pero la dureza de la barradura no cae solamente sobre el sujeto. La barra también cae sobre el Otro como lugar de la articulación de la palabra del sujeto, pues el Otro se encuentra marcado por las necesidades impuestas por la estructura del lenguaje. El matema del sujeto barrado transcribe la discontinuidad y la heterogeneidad entre el significante y el significado y el corte mediante el cual se lo localiza, y el del Otro barrado como el punto en que la cadena significante permanece suspendida de la falta de un significante. El sujeto del inconsciente cumple, así, una función de traducción, pero de algo que es intraducible en el Otro. Para dar cuenta de esto retornaremos el emparejamiento freudiano entre traducción e interpretación a partir de la relación entre el sujeto y el Otro.
Tercera consecuencia: el sujeto del inconsciente, en su fundamento, cumple una función de traducción
Como se observa en la manera en que hemos concluido el punto anterior, resulta inevitable que la segunda y la tercera consecuencia se superpongan. No podría ser de otra manera si se piensa que sujeto y significante llegarán a definirse recíprocamente en Lacan: el significante es lo que representa a un sujeto y el sujeto es lo representado por un significante para otro significante. Ahora bien, para que esta reciprocidad entre los términos de la definición no nos lleve equivocadamente a preguntarnos, inspirados en el estructuralismo, qué necesidad habría tenido Lacan de conservar el término sujeto a pesar de haber constatado su desaparición y a pesar de que es un término que no se encuentra por ninguna parte en Freud (Lacan, 2007, p. 100), es decir, ¿para qué el sujeto si Lacan es freudiano y estructuralista? Hay que despejar la función del Otro como el lugar al que el sujeto se dirige en la búsqueda de su fundamento. El sujeto no se confunde con la subjetividad ni con el individuo psicológico porque es del Otro que sufre el sujeto; es el del Otro del que tiene el síntoma como el cuerpo extraño que lo habita (Allouch, 2017, p. 70). Proponemos entonces que el sujeto del inconsciente, en su fundamento, cumple una función de traducción porque esta función la cumple en el lugar del Otro en la medida en que el inconsciente "es el discurso del Otro" (Lacan, 2008a, p. 622). El significante que representaría al sujeto, en tanto sujeto, es buscado por este en el Otro, por lo que el sujeto busca lo que es en tanto representado por el significante. Tomando como punto de partida esa opacidad del ser que acompaña el advenimiento del sujeto en el significante, es precisamente allí donde la interpretación entra en juego: en la medida en que, como propone Lacan, la interpretación hace surgir en el Otro su elemento faltante:
La interpretación, para descifrar la diacronía de las repeticiones inconscientes, debe introducir en la sincronía de los significantes que allí se componen algo que bruscamente haga posible su traducción �precisamente lo que permite la función del Otro en la ocultación del código, ya que es a propósito de él como aparece su elemento faltante. (Lacan, 2008b, p. 566)
El Otro no es un código. El Otro es el lugar del tesoro significante �o para decirlo con Saussure, el lugar del "tesoro interior", de nuestra memoria como hablantes de una lengua�. Si el Otro no se confunde con el código, es porque en el Otro no se conserva una correspondencia unívoca de un signo con algo. El Otro como tesoro significante "no se constituye sino en una reunión sincrónica y numerable donde ninguno se sostiene sino por el principio de su oposición a cada uno de los otros" (Lacan, 2008c, p. 767). Para descifrar la diacronía de las repeticiones inconscientes, que enumeran la vida una y otra vez mortificándola en lo mismo, la interpretación debe introducir, en la sincronía de los significantes que se componen, algo que vuelva posible su traducción como significante articulado bajo el principio de oposición. De ese modo, introduce la función del Otro en el lugar donde se suponía que estaba el código. Por esta razón, la traducción operada por la interpretación, entre sincronía y diacronía, no puede suceder sino de una manera brusca. Por una parte, porque la interpretación sucede sin una preparación previa. No opera por ensayo y error, en la medida en que en el Otro no existe una correspondencia unívoca de un signo con algo. A esto se suma que, si la interpretación hace posible una traducción, no es porque esta prepare el transporte del sentido. Si traduce en función del Otro es para tener significante. Se trata de descifrar la repetición. Por lo tanto, la interpretación no repone, mediante la función del Otro, un agente para la estructura significante. Tiene que funcionar a partir de la falta de ese agente, ya que es solo en función de él que la correspondencia unívoca entre signo y referente se ha conservado en el Otro como una exigencia, determinando el carácter de inercia de la repetición.
A esto se debe que Lacan considere el paradigma de la repetición como un juego infantil del fort-da. Presentado por Freud en su búsqueda de un modelo para el automatismo de repetición, el juego infantil aparece para como una transgresión de las exigencias de estabilidad del principio del placer. Freud se detiene "en la encrucijada de un juego de ocultación y de una escansión alternativa de dos fonemas, cuya conjugación en el niño le llama la atención" (Lacan, 2008b, p. 568). En el juego descrito por Freud aparece al mismo tiempo "el valor del objeto en cuanto insignificante", esto es, como si no tuviera valor vital para el niño, ya que el carretel que el niño hace aparecer y desaparecer no tiene un referente al que estaría ligado y es por eso que puede representar la ausencia de la madre. Por otro lado, "el carácter accesorio de la perfección fonética junto a la distinción fonemática", en tanto sea posible distinguir de manera opositiva los fonemas no importa cómo estos sean pronunciados. A partir de esto, Freud traduce la jaculatoria del niño, o-a, con que escande la aparición y la desaparición del carretel, por fort-da, convirtiendo la encrucijada que le presenta el juego en el "punto de inseminación de un orden simbólico que preexiste al sujeto infantil y según el cual le va a ser preciso estructurarse" (Lacan, 2008b, p. 568). La repetición no puede concebirse más que a partir de la exigencia de la cadena significante que captura al viviente que habla, y si el hombre llega a pensar el orden simbólico que lo preexiste, es solo porque está apresado en su ser. Esta forma de captura es lo que nos permitirá responder a la pregunta por el elemento faltante.
¿Cómo aparece el elemento faltante? ¿Qué quiere decir que un significante falte? Una vez establecida una batería significante, nada falta. No hay lengua, por primitiva que sea, como afirma Lacan en la sesión del 19 de abril del 61, que no pueda expresar todo. Aunque Lacan solo se refiera a Jakobson para decir esto, es la cuestión sobre la que Claude Lévi-Strauss insistía al comienzo de su libro Elpensamiento salvaje (2009). Durante largo tiempo nos hemos complacido, señala ahí Lévi-Strauss, citando lenguas en las que faltan los términos para expresar conceptos con el único fin de demostrar la supuesta "ineptitud" de los primitivos para el pensamiento abstracto, como si la riqueza en palabras abstractas solo fuera patrimonio de las lenguas civilizadas europeas. El carácter tendencioso de este argumento no solo se demuestra en el hecho de que en toda lengua, sea esta "primitiva" o "civilizada", "el discurso y la sintaxis proporcionan los recursos indispensables para suplir las lagunas del vocabulario" (p. 11). Si una lengua carece de determinada figura, como dice Lacan, no la expresará, pero de todas maneras podrá significarla, afirmando, mediante el futuro condicional, que "debería" o "podría" existir una palabra para decir o hacerlo (Lacan, 2003, p. 273).
Lo tendencioso del argumento se demuestra, además, en que la falta de designaciones específicas y la abundancia de términos abstractos ha sido usada para denunciar la misma "indigencia intelectual" del salvaje. Como si el primitivo se rigiera solo en función de sus necesidades orgánicas o económicas inmediatas, nombrando lo que necesita e ignorando todo lo demás, cuando este es el funcionamiento normal de toda lengua de oficio, en la que se separa todo lo que no pertenece a la esfera de interés intelectual. Lo que se rechaza, en definitiva, es que para el salvaje el universo sea tanto un objeto de pensamiento como de necesidad, que sea una "exigencia de orden" la que se encuentra en la base del pensamiento llamado primitivo porque es lo que está a la base de todo pensamiento (p. 25).
Conviene decir que, para que algo signifique, es preciso que sea traducible en el lugar del Otro. Por esta razón no hay significante que falte, porque aun faltando, puede producirse la significación. Lo que no está en el Otro puede significarse de todas maneras debido a la exigencia primitiva de orden que se encuentra a la base del pensamiento. Adicionalmente, para que aparezca la falta de significante, el orden exigido, expresado mediante un haber futuro, debe recular hasta su raíz, formulándose como pregunta. Esta es labor del sujeto, es decir, que la falta de significante solo empieza a aparecer "en aquella dimensión que es subjetiva y que se llama la pregunta" (Lacan, 2003, p. 273). No se trata ya del juego con el que el niño se confronta con la ausencia y la presencia del Otro, sino de la aparición en el niño de la pregunta como tal. Momento particularmente molesto debido al carácter sin respuesta de sus por qué. Tan pronto el niño logra desenvolverse con el significante, se introduce en esta dimensión y plantea reiteradamente su pregunta al Otro, provocando de su parte respuestas necesariamente impotentes. Ninguna respuesta puede colmar su carácter insaciable por lo que está en juego en el momento de la pregunta:
Es la distancia que toma el sujeto respecto del uso del significante mismo, y su incapacidad para captar qué significa que haya palabras, que se hable y que designe algo tan cercano mediante algo tan enigmático que se llama una palabra o fonema. (Lacan, 2003, p. 273)
La incapacidad que experimenta el niño, formulada como pregunta, ataca al significante en el momento en que su acción ha impregnado todo de una manera indeleble. Un significante siempre puede ocultar a otro en una serie constituida como infinita. Solo cuando el sujeto se plantee como el agente lingüístico de dicha serie, se agrega el significante que falta.
Así las cosas, la relación del sujeto con el significante solo se esclarece a partir de la búsqueda del garante de la cadena significante, el que otorga, por una parte, el derecho a operar con signos y, por otra, la garantía de que la transferencia de sentido se detendrá en alguna parte (Lacan, 2003, p. 278). Como el sujeto no escapa a la necesidad de tener que nombrar la cadena como tal una vez constituida, requiere que aparezca un significante que pueda representarlo, en tanto sujeto, frente a todos los otros significantes. Lacan llamó a este significante faltante "falo simbólico" y lo cifró como 0. El sujeto que profiere sus demandas se encuentra efectivamente representado. Lo que dice, como agente del discurso, hace signo de este. De hecho, solo hace signo de su presencia sin comprometer nada de una representación que diría algo acerca de su singularidad. Por haber hablado y por haber recibido su palabra una respuesta, cualquiera que haya sido esta, el "alguien" para quien el significante representa también se ha vuelto un significante, con la salvedad de que es el significante que falta. El sujeto se escribe barrado porque lleva sobre sí la barra del significante que falta. Por haber puesto en juego la cadena significante:
El sujeto se señala como lugar vacío del que todo proviene". El yo [je] como forma gramatical vacía acoge la falta que se instaura en la batería significante cuando se vuelve cadena, "esa falta de significante esencial de la metonimia significante que se llama: sujeto. (Le Gaufey, 2010, pp. 43-45)
Como yo [je], el sujeto se vuelve una presencia en el Otro de un elemento ausente en él, haciendo que todo quede remitido al acto de la palabra.
Referencias
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