Revista Investigación y Desarrollo

ISSN Impreso 0121-3261
ISSN Electrónico 2011-7574
vol. 23 n.° 1, enero-junio de 2015
Fecha de recepción: 21 de marzo de 2014
Fecha de aceptación: 22 de enero de 2015
DOI: http://dx.doi.org/10.14482/indes.23.1.6234


ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN / RESEARCH ARTICLE

Entre ríos, llanuras y selva. Aspectos culturales de las poblaciones nativas de la provincia de Santa Marta en la segunda mitad del xviii

Among rivers, plains and jungle. Cultural aspects of the native people of the Santa Marta Province in the second half of the XVIII

Antonino Vidal Ortega*

Universidad del Norte

David Luquetta Cediel**

Universidad Autónoma del Caribe

*Doctor en Historia. Docente-investigador de la Universidad del Norte (Colombia). avidal@uninorte.edu.co

**Antropólogo. Doctor en Ciencias Sociales. Docente-investigador del programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe (Colombia). david.luqueta@uautonoma.edu.co

Resumen

El establecimiento de fronteras por parte de los españoles, desde su llegada, reconfiguró totalmente el panorama social de la provincia de Santa Marta. Este proceso fue más perceptible en la segunda mitad del XVIII, momento en el que se comienzan a implementar las Reformas Borbónicas. En respuesta a este fenómeno, las comunidades nativas y no nativas de este territorio se vieron en la necesidad de transformarse culturalmente para asimilarse o resistir el proyecto reformista.

Palabras clave: Panorama social, transformación cultural, sistema colonial, reformas borbónicas, mestizaje.


Abstract

The establishment of borders by the Spaniards since their arrival, completely reshaped the social panorama of the province of Santa Marta. This process was more noticeable in the second half of the eighteenth century, when the Spanish Crown began to implement the Bourbon Reforms. In response to this phenomenon, native and non-native communities in this territory were necessary to transform culturally in order to assimilate or resist the reformist project.

Keywords: Social panorama, cultural transformation, colonial system, Bourbons Reforms, miscegenation.


Introducción

Desde antes de la llegada de los españoles, y durante la Colonia, lo que hoy es parte del Caribe colombiano se denominó Gobernación de Santa Marta, un territorio habitado por comunidades que se asentaron por la vasta oferta de recursos que el medio les brindaba. Después del siglo XVI, con los primeros contactos, los grupos no nativos también supieron aprovechar estas condiciones. Esta configuración social fue, y sigue siendo, dinámica, debido a que siempre está entrelazada con constantes procesos migratorios.

Desde la Conquista se vieron alteradas las redes sociales que se habían tejido en torno al territorio, así mismo, se inició un proceso cultural de autorregulación en aras de reestablecer la convivencia social. Durante el siglo XVIII, las comunidades nativas se vieron obligadas a apropiarse de elementos culturales occidentales que les serían útiles para soportar las entradas de los colonizadores, y a abjurar de sus creencias religiosas para negociar y permanecer en el territorio (Gruzinski, 2000); a ellos se les denominó indios pacíficos (Gruzinski, 2000; Gutiérrez, 2010), se unieron a los españoles y participaron activamente en las campañas contra otras parcialidades.

A diferencia de la denominación de pacíficos, están los pueblos opuestos a la imposición del sistema colonial; a estos se les denominó no conquistados o salvajes (Seether, 2005). Fueron grupos que optaron por insertarse en la selva, en territorios marginales del imperio, en los que se impuso un nuevo orden. Al oponerse al sistema colonial, estos territorios fueron objeto de entradas sistemáticas de los representantes del sistema colonial, quienes buscaban abrir caminos, conectar los territorios selváticos con las ciudades y, de paso, someter a las comunidades que obstaculizaban estos proyectos colonizadores.

Nuestro interés se centra en las parcialidades que se opusieron, pueblos seminómadas que no dejaron registros gráficos, por lo que recurrimos a testimonios documentales de los españoles. A través de estas fuentes nos acercamos a cómo fue la cultura material de los Chimila. Nuestro aporte a la historiografía del Caribe es profundizar en la explicación de los procesos de poblamiento de la región, teniendo en cuenta el rol de los nativos, quienes fueron silenciados por la historia nacional (Trouillot, 1995).

En concreto, los pueblos ubicados en el norte de Colombia, justo en el centro del actual departamento del Magdalena, resistieron hasta los últimos días de la Monarquía. El remanente de esta casi extinta comunidad hoy no se reconoce como Chimila, sino Ette ennaka, por una discusión mitológica y cosmogónica propia.

Acerca de las fuentes utilizadas

Para elaborar el artículo consultamos varias colecciones documentales y fuentes primarias de archivo. Testimonios que los españoles, desde su óptica occidental, dejaron como única evidencia para reconstruir la cultura material y los modos de vida de pueblos nativos. Centramos nuestro esfuerzo también en dos testimonios de la época. En primer lugar, el libro La perla de América, Provincia de Santa Marta, de Antonio Julián, jesuita que llegó al Nuevo Mundo en 1749 con la tarea de fundar una misión evangelizadora en territorio guajiro. Recorrió el interior de la gobernación antes de su traslado Bogotá; durante el tiempo que recorrió estas tierras describió a Santa Marta, su geografía, su naturaleza y las costumbres de sus habitantes. Además una crítica, no el proceso, sino la forma en que el maestre de Campo Mier realizó las entradas para fundar pueblos y reducir nativos.

Otra obra de igual riqueza en información es la del alférez samario José Nicolás de la Rosa, protector de indios, titulada La floresta de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad y provincia de Santa Marta, escrita a mediados del siglo XVIII. En este trabajo se presenta una relación de la geografía de la gobernación con elaborados relatos etnográficos de sus habitantes y su naturaleza. De la Rosa, a pesar de su mirada occidental, muestra las formas de vida de las parcialidades de la gobernación.

Por último, en cuanto a documentos primarios, exploramos dos vetas. La primera, la colección documental de José M. de Mier que recopila las memorias de Mier y Guerra, enmarcada en la expansión de fronteras agrarias lo que permite conocer el proceso de pacificación encargado por la Corona para poblar la gobernación, y que fue llevado a cabo con un doble interés: intentar abrir y proteger las rutas de los indios para el libre tránsito de mercancías, pasajeros y ganado, e incentivar el poblamiento de la región, mediante la fundación de 22 pueblos y caseríos de libres.

La segunda veta de estudio es el fondo "Caciques e Indios" del Archivo General de la Nación —en adelante AGN— donde nos centramos en los diarios de guerra del territorio Chimila: uno que data de 1765 en el cual se relata la partida de Pedro Melchor de la Guerra y Vega, y otro dirigido por José Joaquín Zúñiga en 1768. Estos diarios brindan abundante información etnográfica acerca de las viviendas, cultivos, rituales religiosos y sus métodos de defensa frente a las autoridades coloniales1.

Acerca de los estudios realizados

En general, los Chimilas han sido objeto de un número considerable de investigaciones desde diversas áreas de las ciencias sociales. En primer lugar, se han hecho serios esfuerzos por establecer un marco histórico del proceso de desarrollo de este grupo humano desde el contacto con los españoles. Este fenómeno se inicia con la Conquista europea hasta el proceso de conformación del Estado-Nación a comienzos del XIX. Del mismo modo, hay estudios desde principios hasta mediados del siglo XX, que constituyen modestas representaciones etnográficas del grupo.

A continuación presentamos un balance de los avances llevados a cabo en torno a la historia y comprensión de esta cultura, con el propósito de reconstruir los procesos históricos de esa comunidad. Esta labor está sustentada en la dispersa y escasa documentación colonial que se conserva en los fondos del AGN en el período enmarcado entre los siglos XVI y XIX. También en el Archivo General de Indias en Sevilla, y sobre todo en los testimonios que dejaron algunos cronistas y viajeros que exploraron la región, entre otros, Fray Pedro Simón, José Fernando de Mier y Guerra, el padre Antonio Julián, Antonio Narváez de la Torre, Jorge Isaacs y José Nicolás De la Rosa. Gran parte de estos testimonios son muy descriptivos y poco abordan la compresión de su organización social, por el contrario se convierten en evidencia de la tenacidad del grupo y su territorialidad.

Al mismo tiempo un grupo de historiadores y arqueólogos se ha interrogado acerca de la organización social de los Chimila, entre otros Rey Sinning, Lalinde Sarmiento y Langebaek. Estos autores argumentan que su subsistencia se basó en los recursos que la naturaleza ofrecía. Otra característica que resaltan estas interpretaciones es el continuo enfrentamiento que sostuvieron los indígenas "bárbaros" con los españoles pacificadores, debido al interés que demostraban estos últimos por la expansión de la frontera agraria y minera hacia el territorio de los nativos. También se destacan las luchas contra los indígenas durante más de tres siglos, por medio de campañas para doblegarlos, guerras y la evangelización, sobre todo a finales del siglo XVIII. Cabe anotar que contrastando la información que ofrecen los trabajos con la de las fuentes, podemos afirmar que no hubo un enfrentamiento directo contra los Chimila; el propósito de los españoles más bien fue controlar el tránsito del comercio a lo largo del río Magdalena y por el interior de la gobernación.

El objetivo de este documento es identificar y comprender los aspectos materiales de la vida cultural de los Chimila. Muchas veces se obvia la importancia que tienen los procesos históricos enmarcados en un territorio y cómo se establece una relación directa entre este y la cultura. Por ello, este análisis se apoya en los planteamientos de Nicolás Ellison (2007) y Descolá (2003a), los cuales ahondaremos más adelante. Los estudios de Niño (2008) y Ballesteros (1997) realizan un análisis de costumbres y hábitos de este grupo pero no llegan a enfatizar en la relación de las representaciones culturales con el territorio, lo que resultaría en el enriquecimiento de la comprensión de esta comunidad.

Por su parte, Uribe (1977) y González Luna (1978) llevaron a cabo trabajos más etnohistóricos que ampliaron la comprensión de los procesos históricos de los Chimila. Relacionaron las distintas fases de integración del territorio al Estado colonial y luego nacional. Herrera (2002) amplió la perspectiva de este territorio desde el Estado con una obra densa en información geográfica e histórica, ahondando en la identificación de las dinámicas propias del poblamiento.

Ubicación geográfica

El territorio estuvo situado en márgenes de una gobernación periférica al norte del virreinato de Santa Fe, entre Santa Marta y Valledupar. Delimitado al norte por la Ciénaga Grande y la Sierra Nevada; y al sur por la depresión Momposina, tierra de ríos. Territorio de espesas selvas, en su mayoría despoblado y apartado de las ciudades del virreinato, ofrecía a las comunidades indígenas posibilidades de alejarse del contacto de la sociedad colonial. Desde mediados del siglo XVIII el virreinato lanzó campañas de pacificación y poblamiento para expandir los territorios, y el Maestre de Campo José Fernando de Mier fue encargado por la Corona para emprender esta labor. La necesidad de abrir y asegurar vías de comunicación entre las villas y ciudades de esta parte del virreinato fue el propósito principal de esta fuerte presión sobre los pobladores originarios.

A pesar de las campañas militares, los colonizadores no lograron asegurar límites estables que marcaran los espacios de dominación española por fuera de los principales núcleos urbanos y vías de comunicación (Daniels & Kennedy, 2002). Esto implicó una delimitación difusa, con avances y retrocesos continuos, acompañados de una expansión de la frontera agropecuaria, y la aparición de un sustrato de población mestiza.

La Corona buscaba controlar las rutas por las que circulaban las mercancías y el ganado desde Mompox y otras poblaciones ribereñas a través del río Magdalena, la arteria principal del virreinato (Ybot León, 1952). Las expediciones y el establecimiento de puestos defensivos por parte de José Fernando de Mier y Guerra tenían el interés de abastecer los puertos del Caribe, por las amenazas de las guerras del siglo XVIII (H. Tovar, J. Tovar & C. Tovar, 1994). El propósito principal de las entradas al territorio Chimila no se concentró en la posesión de la tierra, sino en la apertura y protección de caminos.

.. .el cargo que el propio virrey le hizo en el año mil setecientos cuarenta y cuatro, del establecimiento de nuevas poblaciones en la provincia de Santa Marta, con lo que se logró sujetar y contener en la mayor parte la bárbara belicosa nación chimila, traficándose por este medio los caminos con menos sobresaltos y facilitándose con mejor comodidad el tránsito de los ganados a los potreros2.

Esta nueva sociedad, que germinó desde el contacto, provocó múltiples enfrentamientos con los nativos, quienes buscaban mantener sus ideas ancestrales, más que protegerse de la explotación económica (Bischoff (1983), y de la misma manera, defender su forma de vida (Langebaek, 2010). El mestizaje se convirtió en una inevitable salida a las confrontaciones en la medida en que se intercambiaron elementos culturales nativos con la de la nueva generación de criollos y mestizos.

La necesidad de pacificar a los naturales, poblar de españoles y lograr el control de los territorios nativos fue un objetivo de los colonizadores y una prioridad de las Reformas Borbónicas. El propósito era garantizar el cumplimiento de los reales derechos a la propiedad, la explotación de los recursos humanos y naturales y el control sobre los individuos (Osante, 2010; Herrera, 2006).

Se agruparon cantidades de comunidades que cohabitaban en un mismo espacio. Para la Corona, todos se convirtieron en enemigos en la medida en que desaceleraban la economía y la expansión de las fronteras del imperio; probablemente ello tenga que ver la idea de que al ser un territorio ignoto y no explorado, los habitantes naturales se invisibilizaron pues no pudieron ser incluidos en el sistema de trabajo de las encomiendas.

La nación bárbara Chimila

La cotidianidad de los indígenas, en general, se trastocó de alguna forma por la adhesión de algunas familias de nativos al sistema colonial, sirviendo de intermediarios entre la Iglesia y los naturales y, paralelamente, modificando su cosmogonía, lo que redundó en la aceleración del proceso de transformación cultural. Asimismo, las diversas formas de la explotación ibérica, y el diezmo demográfico se hicieron sentir en la configuración de estas comunidades. (Gruzinski, 2004; Gruzinski & Ares, 1997).

Por su parte, las políticas evangelizadoras y de poblamiento contribuyeron a reconfigurar la espiritualidad de los grupos que habían sobrevivido a las campañas. Así, se modificaron y adaptaron a nivel social y cultural nuevas forma de vida para su supervivencia. Los fenómenos que se gestaron en gran parte del territorio y que, como afirma Hugues Sánchez (2007), se iniciaron a comienzos del siglo XVIII resultaron en una expansión agropecuaria de las fronteras. Esto impulsó el proceso de mestizaje y por ende la aparición de sitios de libres que entraron en directa oposición a los no dominados.

Para legitimar las entradas, la Corona llevó a cabo una campaña de evangelización para adoctrinar a los nativos en la fe católica. Cuando ejercían resistencia y no aceptaban las imposiciones, se les denostaba y eran tratados de bárbaros. Entre otras razones, De la Rosa (1975) afirma que este calificativo se lo merecen "por el horroroso y abominable vicio de comer carne humana" (p. 279). También Antonio Julián (1787) hacía referencia a una nación "bárbara, porque nunca conquistada, a lo menos por entero, ni evangelizada, queda sin cultura, viviendo entre las negras sombras del gentilismo..." (p. 85).

Se hace evidente que frente a la expansión del sistema colonial estos pueblos se aliaron para defenderse con el fin de enfrentar a los conquistadores; sin embargo, los cálculos demográficos arrojan los siguientes datos a partir de los testimonios. Antonio de Narváez y la Torre, en 1778, afirmaba que: "Los cálculos más verosímiles suponen que los chimilas que ocupan la provincia de Santa Marta solo serán al día de hoy más de 10 mil en todos, y los Guajiros y demás naciones dependientes que ocupan esta del hacha los hacen llegar a 30 mil". Otro testimonio afirma que era tan corto el número de los Chimila, que apenas llegaba a la cifra de doscientas familias toda la nación.

No son datos representativos porque son aislados. Lo seguro es que el número de individuos Chimila se redujo notoriamente luego de que se propuso a mediados del siglo XVIII el objetivo de conquistar las tierras de estos pueblos. (Luquetta & Vidal, 2014).

Sobre el territorio

Lo que se colige de las fuentes consultadas es que este pueblo no ocupaba un espacio determinado que pueda definirse de manera precisa. Se trataba de una vasta extensión de tierras en las cuales la movilidad fue constante y organizaron sus formas de subsistencia y ciertas infraestructuras de caminos y puentes, a pesar de que no se establecieron en núcleos permanentes.

El territorio tenía dos ecosistemas bien diferenciados. Por una parte, la depresión momposina, tierra abundante en agua. Y por otra, las llanuras centrales, tierra de valles bañados por el río Ariguaní. Una selva húmeda tropical de altas temperaturas. Este territorio corresponde a lo que actualmente son los departamentos del Cesar y Magdalena. Recorre por el oeste las riberas del río Magdalena hasta la ciudad de Mompox por el sur; y por el este, las de río Cesar hasta la Sierra Nevada de Santa Marta por el norte.

La territorialidad de estas comunidades no estaba limitada a la sobreexplotación, sino por procesos dinámicos entres las técnicas de socialización de la naturaleza y un sistema simbólico organizado. Por esta razón las entradas coloniales afectaron directamente su cultura, lo que condujo a que algunos miembro de esta comunidad se sublevaran contra el nuevo sistema y lucharan para mantener sus medios de subsistencia. La aparición de animales domésticos, la llegada de formas agrícolas occidentales y el uso de recursos del sistema colonial transformaron el territorio, violentando así su relación con la naturaleza (Descola, 2003; Ellison, 2007).

El proceso de transformación cultural y las dinámicas sociales generados por la colonización significaron también un cambio en lo político e ideológico. También implicó una ruptura total, desde el punto de vista ecológico, de la relación de los pobladores originarios con su ecosistema. En definitiva, el proceso de Conquista interrumpió su interacción con el medio y trastocó su organización social.

Sobre su forma de vida

Los Chimila ocupaban un extenso territorio sin asentamientos fijos; sabemos que la ubicación de sus viviendas era dispersa. Las fuentes se refieren a un sistema organizado de caminos, puentes y casas que utilizaban dependiendo de la época del año; l luvias y sequías marcaban el uso. Sin embargo, el territorio era calificado de impenetrable e intraficable, pero de exuberante vegetación. La red de caminos muy enrevesados para los españoles fue práctica y útil para los indígenas, pues se bifurcaban por una red más amplia a otros conjuntos de viviendas y rozas siempre cerca de fuentes de agua como refiere el líder de la expedición José Joaquín de Zúñiga en el diario de 1768:

(...) "estaba un puente formado de un palo atravesado por lo alto amarrado con fuertes bejucos en otros dos demás y otra margen, con su fácil subida y bajada compuestas con otros dos maderos y pasamano para sujetarse" (f. 974).. .."al cruzar otro cauce fluvial continúa al que servía de puente un árbol grueso". (f. 979)

Sin embargo, después de un tiempo, esta red de caminos sirvieron para que los encontraran los colonizadores.

Otro testimonio menciona un gran palmar que incluía 25 rancherías como algo extraordinario. Se afirma que parece ser que las chozas no eran propiedad exclusiva de nadie. Cuando estas eran abandonadas, los Chimila dejaban enseres y útiles en su interior, así se aseguraban que si otra familia llegaba, encontraría implementos básicos para habitarla. También se describe que solo dormían en ellas en época de lluvias. Zúñiga, en su diario, habla del Chimila Carlos que servía de guía, quien dijo que en el "verano aquella gente vivían en los montes sin casa" (f. 1004). En otra parte del mismo señala: "Hallamos que en un placer donde estaban habían dormido aquella noche familia entera, según los rastros de chinos, mujeres y camas" (f. 978).

En otros testimonios es reiterativa la presencia de rozas y cultivos en los asentamientos. Asimismo, un elemento que permitía a las expediciones ubicar los asentamientos Chimila era el fuego, pues estos lo mantenían encendido para la preparación de alimentos y para ahuyentar los insectos. Las plagas se reflejan constantemente en los diarios y crónicas; en tales documentos se hace referencia acerca de cómo los indígenas usaban la vija, con el objetivo de protegerse la piel. Otro uso que le daban al achiote era para pintarse el cuerpo en la guerra y ceremonias rituales.

Cabe hacer el siguiente cuestionamiento. ¿Para qué servirían estos ranchos fuera de la temporada de lluvias? Sin duda alguna, las chozas eran utilizadas como lugar de almacenamiento para sus pertenencias, alimentos, armas y herramientas. Por ejemplo, en la expedición de 1768 se describe un rancho recién abandonado donde "encontraron hasta la masa de maíz en la piedra" (f. 976).

Sobre la tenacidad de los nativos, los documentos muestran que al descubrir a los expedicionarios, preferían huir dejando sus pertenencias. En muchos casos, antes de irse eran cazados y si había mucha resistencia los mataban sin más. Durante los encuentros con los colonizadores se describen cargando elementos básicos de subsistencia, lo cual permite reafirmar su carácter de continua movilidad y de desapego a sus chozas o bienes. Las descripciones de las viviendas destacan unas más grandes que otras. En general, eran núcleos de tres ranchos, dos pequeñas y una grande; las primeras con objetos de uso cotidiano, y las grandes para reunir al grupo con fines espirituales, sociales o entretenimiento. En general, a mediados del siglo XVIII, las campañas organizadas por los colonizadores motivaron el incremento de la movilidad de los nativos. Es muy probable que muchos decidieran internarse en la selva, en zonas alejadas e impenetrables, incluso al precio de entregar, sin más, el territorio que habían habitado por décadas o siglos.

Los objetos descritos se pueden clasificar en los siguientes grupos: cocina, armas, caza y pesca, así como variadas herramientas de uso cotidiano, alimentos. En algunos casos también se hallaron elementos que al parecer representaban trofeos de guerra, entre otros, un freno de caballo, pedazos de un cañón, o incluso, ropa de algún español muerto en enfrentamiento. Los Chimila se valían del entorno para elaborar sus bienes de uso cotidiano. Entre los enseres aparecen ollas, múcuras, piedras de moler y totumas. Entre las armas, flechas, púas envenenadas, arcos y múcuras con veneno, y entre los objetos utilizados como herramientas se describen macanas, machetes, hachas y hachuelas. Por último, se mencionan los chinchorros, de los que parece por las descripciones, eran hábiles para su fabricación. También vasijas con paños de lienzo y bancos. Incluso, se mencionan bollos de almidón de achiote, "que es lo que llaman bija y con que se untan los varones cuando salen a sus hostilidades y las hembras en sus huelgas" (f. 983).[1]

Un aspecto que aparece profusamente señalado es el de la alimentación de estos pueblos. Los diarios de Julián, de la Rosa y Narváez describen sus cultivos y algunas de las que fueron sus costumbres alimenticias. Su subsistencia dependía del entorno; los testimonios detallan los productos cosechados. Casi en todos se describen extensos platanares, cultivos de caña dulce, yuca, ahuyama, maíz, batata, ñame, papayos, frijoles, guandúes, guanoves y ban-gañas en cantidades considerables y "en matas frondosas", junto a árboles frutales, de totumos, y albahaca cimarrona.

Era corriente encontrar en los ranchos las semillas de estos vegetales. Se menciona también la planta de la cabuya, de la cual elaboraban cuerdas e hilos para hacer mantas y chinchorros. La caza y la pesca fueron parte de su alimentación y se detalla en diversos testimonios el consumo de animales silvestres. En 1765, al allanar un rancho, los indígenas en su huida abandonaron varias iguanas ahumadas. En la misma relación se ordenaba que "a los chimila cazados se los alimentara con aves, pezes y carnes montezes de las que acostumbran comer" (f. 726).

No usan mucho de la sal en sus comidas, y éstas se reducen a la carne de animales silvestres, ahumada en cuartos, mazamorras del maíz cocido, molido y mezclado con la yuca, batata o ñame, para que hacen sus rocerías y sementeras. (f. 290)

También era común el consumo del tabaco y la chicha. De la Rosa dice al respecto: "Usan las bebidas que los demás indios" (290). Ello nos induce a pensar en la relación que establecieron los Chimila con otros pobladores mestizos, según manifiestan algunos autores. De la Rosa presenta varios ejemplos sobre la interacción de unas comunidades con otras que las hacía compartir elementos culturales, como la preparación de alimentos, costumbres de parto, prácticas rituales y hábitos de guerra. Así mismo este autor señala que "sus continuos licores son la chicha, el guarapo, vocana y vino de palma" (f. 281). Encontramos también alguna información sobre sus artesanías. De la Rosa refiere acerca de esto que

(...) estos pueblos de la costa hilan algodón, tejen hamacas y mantas, hacen sombreros de palma, abanicos y escobas. Otros labran loza basta como tinajas, jarros, ollas y cazuelas [.] Las indias de la provincia adentro sacan pita y henequén lo hilan, y labran mochilas, alforjas, costales y también hacen alpargatas. (f. 282)

En lo que respecta a su organización social, los testimonios recogen parte de sus actividades diarias. Es común encontrar referencias de su cotidianidad; por ejemplo, yendo de cacería, bañándose en los ríos, caminando o cocinando. Aparecen siempre desnudos y pintados de achiote para espantar mosquitos y jabalíes. Julián, al hacer referencia a los jabalíes que huyen de los Chimila, describió que ".sienten luego el hedor del achiote, y no entra en el monte donde hay Chimila o huyen al instante". De la Rosa dice al respecto:

En el mismo sentido andan en carnes, con solo un calabacillo, en las que introducidas las partes de la generación, las ocultan. El cuerpo todo untado de una resina que llamada Vija, para preservarse de la plaga de mosquitos, y con los adornos del turbante vestido de plumas, pelo largo y suelto sobre el rostro, se hacen feroces, ayudando la guazabara de voces.(f. 290)

Nunca iban demasiado cargados; por lo general, su equipaje eran el arco y las flechas y algún recipiente con chicha o alimentos. También portaban achiote, semillas y chinchorros, mochilas y mantas. Andaban en grupos reducidos de adultos y niños, cuando eran más numerosos había presencia de mujeres. En el diario de1765 se comenta que, cuando eran sorprendidos, los Chimila huían dejando todo atrás. Sin embargo, en el caso contrario, atacaban a los españoles con vigor e intensidad, mostrando destreza y agilidad en el uso del arco y la flecha.

Con corto número de indios que estaban sentados en el camino como descansando y fue tal la prisa de ello por huir que se dejaron cuantos trastos traían.. Pero iban tan veloces que ni aún los delanteros pudieron hacerles tiro y aunque los anduvimos siguiendo fue en balde pues nos cansamos y no los topamos. (f. 754)

Mediante estos testimonios apreciamos la relación entre adultos y niños, y la conformación de grupos familiares. Los niños mayores en edad iban con los hombres, los más pequeños iban acompañados de mujeres, "con un india que estaba en una aguada con dos chinos siendo esta como de aspecto como de 40 años y aquellos como de 8 más o menos" (f. 760). En un bello testimonio, De la Rosa narra cómo se daban los partos en estas comunidades, y cómo la mujer de manera individual procedía: "Ellas en sus partos usan el chinchorro y braseros; mas el baño es en arroyo frío, cortando la vida golpes con una piedra sobre otra." (f. 290).

Es muy difícil por lo limitado de la fuente entrar más en sus usos sociales, pero apreciamos cómo estas comunidades nativas tenían su organización social sólidamente organizada, con costumbres y tradiciones. No encontramos registro claro que demuestre una organización jerárquica compleja con autoridades superiores, tampoco prueba de la entrega de tributos o productos para su redistribución. Aunque si un testimonio en 1768, que muestra que un guía Chimila llevó la partida a la casa del cacique Catesina, que se describe como un punto de cultivos privilegiados, pero no mucho más.

... en el alto estaban las casas del cacique Catesina y fue así que saliendo a una roza muy agrande agachados a reconocerla estaba la mitad de ella doblada y en lo alto de un cerrajón había tres Chi-mila de espía. (f. 1006)

Más adelante, los llevó también a la casa del cacique Minga, descrito como una autoridad espiritual.

Las manifestaciones culturales ligadas a la espiritualidad es uno de los aspectos más difíciles de rastrear en los textos. Los representantes del sistema colonial no dotaron de espíritu a los Chimila y nunca reconocieron ni describieron su religiosidad más allá de prácticas idólatras y heréticas. Sin embargo, sus rituales y costumbres con la muerte muestran un pensamiento espiritual elaborado.

En las fuentes documentales se recogen pequeños testimonios sobre su religiosidad. En los diarios se describen casas y ranchos "además una casa grande, y en ella dos tambores, uno grande y otro chico, muchos asientos, algunos arcos y dos figuras de barro a modo de ídolos sin mas trastes que los referidos" (f. 754).

Otras descripciones de las casas de mayor tamaño coinciden y siempre se describen tambores y bancos. Los ídolos hacen referencia a un espacio dedicado a fines espirituales; y el espacio como lugar de reunión evidencia creencias y prácticas rituales, donde los ídolos, deducimos, representarían fuerzas y elementos de la naturaleza y que su adoración tuviese un vínculo con ella.

De la Rosa también refiere: ".. .tienen sus caneyes para juntarse a sus bailes y fiestas en adoración de algún muñeco en que engañados del demonio le reverencian, pidiéndoles vaticinios y otras supersticiones" (f. 290). En el relato de la expedición de 1765 encontramos lo siguiente acerca de rituales de enterramiento:

...halló dos casas dejadas de algún tiempo, y en la una un hoyo como de sepultura fresca el que mando cavar y a distancia de una cuarta poco más o menos se encontraron dos calaveras grandes y pequeña, ropas usos con hilo macanas y otros amaños de manejo del indio hembra (f. 724).

Para finalizar, un último comentario de religiosidad la da Antonio Julián, en el que relata el hallazgo del cadáver de una mujer que los Chimila asesinada en una Reducción.

Hallándome yo en la ciudad de Santa Marta, á una legua de distancia no más, fue encontrada una pobre mujer, india cristiana, de un pueblo vecino a la orilla del rio Manzanare, asesinada de los Chimila, con setenta flechas clavadas en el cuerpo; y después de flecheada y muerta, la dejaron los malvados una totuma de chicha al lado, y ciertas sonajas al uso barbaro antiguo, practicado en la sepultura de los indios. (87)

El testimonio revela la costumbre de dejar junto al muerto ofrendas u objetos ceremoniales que el jesuita explica más adelante que era la forma en que se llevaban a cabo, previo a la Conquista, los entierros en estos grupos.

A manera de consideración

La cultura de los pueblos Chimila se relacionaba directamente con su medio natural. La selva ofrecía alimento, protección y todo lo que necesitaban para vivir. En este entorno organizaron sus formas de vida, se apropiaron del territorio, construyeron sus asentamientos y estructuraron creencias.

Su modo de vida chocó frontalmente con el sistema occidental que impuso la Conquista y que por tres siglos intentó dominarlos. A partir de mediados del siglo XVIII, el proceso se intensificó; se llevaron a cabo expediciones punitivas que fueron desplazando a los indígenas al interior de la selva, al tiempo que esta cedía a la expansión agropecuaria. Los Chimila no aceptaron el proceso; lucharon contra la invasión de su territorio y, paulatinamente, depusieron su actitud, de tal forma que pasaron a convivir en la nueva sociedad mestiza.

La evangelización, las enfermedades, las campañas sistemáticas de exterminio propiciados por el Estado-Nación y la aparición de los terratenientes a lo largo del siglo XIX, doblegaron la resistencia cultural de estos pueblos acelerada por la transformación del territorio.


Notas

1Archivo General de la Nación, Caciques e Indios, Legajo 17, orden 18 y Legajo 17, orden 19. Años 1765 y 1768.
2AGN. Empleos públicos. f. 245r.


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Investigación & Desarrollo
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Universidad del Norte
Barranquilla (Colombia)
2015
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