https://dx.doi.org/10.14482/memor.57.354.746
El mundo que teníamos y el mundo que queríamos. Claves para pensar la experiencia de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) y su apuesta de horizontalidad y autonomía urbana
The world we had and the world we wanted. Keys for revisiting Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA), its horizontality, and its urban autonomous project
Mina Lorena Navarro Trujillo
Doctora en Sociología. Profesora-investigadora del Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP (México).
https://orcid.org/0000-0002-5466-9282Carlos Piñeyro Nelson
Doctor en Sociología. Investigador de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), adscrito a la Maestría en Antropología Sociocultural del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades "Alfonso Vélez Pliego", de la BUAP (México).
https://orcid.org/0000-0002-4294-9383
Resumen
Jóvenes en Resistencia Alternativa (jra) fue una organización política-estudiantil mixta de Ciudad de México que nació en 2003 y se disolvió en 2019. Teniendo al neozapatismo, a los centros sociales autónomos europeos y al autonomismo argentino como principales fuentes de inspiración, jra articuló y convocó a un número importante de estudiantes universitarios al activismo no electoral, tanto fuera como dentro de las universidades de las cuales provenían la mayoría de sus miembros. En particular, buscó ser un espacio de formación política, de solidaridad con otras luchas en México, y también de generación de diversos proyectos autogestivos, como una editorial, un seminario de educación popular, un proyecto de intervención barrial en el oriente de Ciudad de México, así como de actividades político-culturales. Este artículo, escrito por dos exintegrantes de esta organización, da cuenta brevemente de la historia de este colectivo, un tipo de experiencia que comúnmente no es reconocida dentro la izquierda mexicana, y un análisis sobre los alcances y límites en torno a la autonomía urbana y horizontalidad como dinámica en la toma de decisiones en la organización. La metodología empleada parte de una autoetnografía de los autores, así como de entrevistas realizadas a algunos integrantes de la organización, tanto para este trabajo como en investigaciones previas.
Palabras clave: autonomía urbana, activismo juvenil, Ciudad de México, zapatismo, horizontalidad.
Abstract
Jóvenes en Resistencia Alternativa (jra) was a student-political organization in Mexico City that existed between 2003 and 2019 and was not usually acknowledged by the Mexican Left. Having Neo-zapatism and Argentine autonomism as sources of inspiration, jra articulated a significant number of university students to non-electoral activism, both outside and within the universities from which most of its members studied. JRA developed political education for its members and others, stood in solidarity with other struggles in Mexico, and tried to generate various self-managed projects, such as a book press, a people's education seminar, a neighborhood-based project in the east of Mexico City, as well as political and cultural activities. This article, written by two members of this organization, will tell us the history of this collective and a critical account of its urban autonomous project and its horizontal and decision-making dynamics. The research is based on the autoethnography made by the authors as well as interviews of organization members, both for a previous investigation as wells a for this one.
Keywords: urban autonomy, youth activism, Mexico City, Zapatism, horizontally.
Recibido: 1 de noviembre de 2024
Aprobado:3 de julio de 2025
Introducción
Las décadas de 1990 y del 2000 estuvieron marcadas por tres movimientos que cuestionaron la lógica global dominante prevaleciente en ese momento, tanto del supuesto "fin de la historia" (el triunfo del capitalismo y del liberalismo a nivel mundial) y de su principal forma de organización política, la democracia representativa: 1) el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln), en el sureste de México; 2) el movimiento altermundista y; 3) el movimiento contra la guerra en distintas partes del planeta. Los tres esfuerzos políticos, desde sus diferencias -sobre todo en el caso del segundo-, irrumpieron en la escena global, bajo la premisa "Otro mundo es posible". Así, en los cinco continentes, tanto en ámbitos rurales como urbanos, personas de todas las edades, razas y etnicidades, así como una diversidad de organizaciones políticas de izquierda (sindicatos, partidos políticos, confederaciones campesinas, grupos indígenas, etc.), se incorporaron -de manera breve o prolongada- a estas luchas y movimientos sociales (Pleyers, 2018; Wie-viorka, 2009).
En México, la irrupción del ezln en enero de 1994 abrió un panorama político y práctico para los pueblos indígenas que probablemente no se había visto desde la Revolución mexicana (1910-1920). Organización político-militar de corte mayori-tariamente indígena, la cual generó una movilización nacional e internacional en torno a, por un lado, satisfacer sus demandas básicas: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz, y, por el otro, convocó a la "sociedad civil" tanto a apoyar su lucha como a construir sus propias formas organizativas autónomas, independientes y no electorales.1 Lo anterior no canceló la búsqueda por solucionar políticamente sus demandas con el Estado mexicano, en particular el derecho a la libre determinación de las comunidades y pueblos indígenas, situación que no ha ocurrido hasta el momento, lo cual llevó al grupo armado a suspender de forma indefinida sus negociaciones con los gobiernos federales de turno (Hernández Navarro y Vera, 2000; Muñoz, 2003).
Desde sus inicios fue notable la fuerza discursiva del neozapatismo2, que, como ya se mencionó, impulsó un horizonte de lucha no centrado en el Estado ni en el terreno electoral. Este planteamiento resonó e hizo sentido en amplios sectores de la sociedad civil, específicamente en aquellas franjas de la población que venían expresando algún malestar o cuestionamiento hacia el funcionamiento imperante del sistema de partidos en México y ante la cuestionable elección presidencial de 1988, en la que se declaró ganador a Carlos Salinas de Gortari, del oficialista Partido Revolucionario Institucional (pri), en medio de fuertes acusaciones de fraude electoral. Y es que el pri llevaba gobernando a nivel federal más de sesenta años de forma ininterrumpida, generando cada vez mayor descontento por el proceso de desgaste estructural y crisis de la hegemonía de dicho partido por motivos de diversa índole, en particular por las condiciones de pobreza y marginación de amplios sectores sociales3, así como por el casi nulo acceso de los partidos políticos de oposición a espacios de gobierno y a contender en situaciones de igualdad (Attili, 2006; González Casanova, 1967/2008) . Por lo tanto, un sector de por sí desencantado con la democracia liberal a la mexicana, reforzó su sentir después de 1988.
En ese contexto, para estos sectores la llegada del EZLN a la escena política nacional abrió la posibilidad de imaginar un cambio sociopolítico por fuera de las instituciones gubernamentales. Esta perspectiva influyó mayoritariamente en las y los jóvenes, sobre todo estudiantes, quienes decidieron apoyar directamente al EZLN e, incluso, aventurarse a experimentar y construir sus propias maneras colectivas de hacer y entender la autonomía en sus propias geografías.
En este texto nos enfocaremos en Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA), una de las muchas organizaciones que fue influida por las ideas del EZLN y de otras experiencias de autonomía urbana en América Latina y Europa. Nacida en Ciudad de México en 2003, esta agrupación buscó generar una forma de articulación colectiva horizontal, no jerárquica y no electoral. Desde sus inicios hasta su disolución en 2019, centenas de jóvenes, mayoritariamente universitarios de instituciones públicas de Ciudad de México, transitaron por este grupo, organizando una gran cantidad de acciones para promover otras formas de actuar y de pensar. Y si bien dicha agrupación tuvo un impacto positivo en muchas de las personas que formaron parte de JRA (Navarro, 2016), no deja de ser útil la generación de un balance crítico a la distancia, para nutrir las memorias políticas de aquellos años, fortalecer los ejercicios de organización y encuentro colectivo del presente y transmitir a otrxs4lo que algunxs hemos aprendido.
En lo que sigue, se hará un breve recuento de las principales acciones, campañas, actividades y proyectos desarrollados durante el tiempo de vida de esta organización. Y en particular, se reflexionará sobre sus dinámicas internas de organización, a partir de dos ejes de problematización: i) los alcances de la autonomía urbana en relación con la posibilidad de "territorializar la lucha" en Ciudad de México y ii) los claroscuros de la horizontalidad en la toma de decisiones, la gestión de las diferencias, las jerarquías dentro del grupo y el peso de los liderazgos.
En términos metodológicos, las acciones que organizamos y las fuentes de información a las que recurrimos fueron: la realización de 5 entrevistas estructuradas a 5 mujeres exintegrantes de esta organización, la recuperación de entrevistas grupales realizadas a algunxs integrantes en 2015, en el marco de la investigación del libro "Hacer común contra la fragmentación en la ciudad. Experiencias de autonomía urbana", así como el desarrollo de una autoetnografía de quienes escribimos este texto -dos exintegrantes de JRA-. Cabe mencionar que ambxs fuimos miembros fundadores del colectivo.5 La decisión de recurrir a las entrevistas como a nuestra propia experiencia dentro del colectivo nos permite tener una mayor profundidad en el proceso de análisis de JRA. Estamos conscientes de que habrán otrxs miembrxs que probablemente no estarán del todo de acuerdo con nuestro balance. Intentamos entrevistar a algunos miembrxs del grupo con los cuales probablemente no habría muchas coincidencias, pero ninguna acudió al llamado. Por lo tanto, recuperamos todas las fuentes posibles de información para tener una perspectiva lo más amplia posible.
Por otro lado, recurrimos a la autoetnografía por varios motivos. Como ya mencionamos, quienes escribimos este texto fuimos parte de JRA y cada unx venía de distintas experiencias organizativas que confluyeron en esta agrupación, tal es el caso de El Otro Colectivo y de UAMeros por la Paz. Eso, entre otras cosas, nos hizo partir de enfoques distintos sobre cómo organizar la dinámica interna de JRA, en particular la toma de decisiones, así como la manera en la cual transitamos nuestros respectivos pasos por allí. En ese sentido, nos parece útil incorporar y hacer uso de nuestras experiencias y trayectos por JRA porque, como plantean Scribano y De Sena (2009, p. 7), la autoetnografía "sitúa al investigador en el centro de la investigación [esto es,] como un autor integrado [que] relaciona su reflexión a lo desconocido, y al conocimiento creado por estas relaciones y las evidencias interpretadas". Así, la autoetnografía dota de una reflexión, en primera persona, a un proceso colectivo del cual formamos parte. Pero, como plantean Herrmann y Adams (2025, p. xi), la autoetnografía también es una fuente importante para recuperar información de primera mano, sin perder rigor académico, dado que, al igual que con la codificación de entrevistas o la observación participante, esta es pensada, sistematizada y formulada sin perder reflexividad alguna, como se hace con cualquier etnografía en cuestión.
Este texto está dividido de la siguiente manera: primero, se presenta un recuento de la experiencia de JRA, retomando sus antecedentes organizativos, así como sus principales acciones. Después, se esbozan las influencias teórico-prác-ticas desde las cuales JRA buscó desarrollar una apuesta de autonomía urbana. Y finalmente, se expone un balance crítico a partir de la problematización de algunas de sus dinámicas y prácticas colectivas en torno a la autonomía urbana y la horizontalidad.
Contando la experiencia
Los antecedentes organizativos al surgimiento de JRA se dieron en el contexto del alzamiento del EZLN en 1994 en el estado de Chiapas, en el sureste mexicano, y su llamado, a través de una serie de iniciativas, a la organización autónoma de la sociedad civil. Estos llamados tuvieron una resonancia en el sector estudiantil de las universidades, principalmente públicas. En Ciudad de México emergieron distintas organizaciones y colectivos universitarios, entre las que se encontraba UAMeros por la Paz en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), plantel Azcapotzal-co, y El Otro Colectivo en la UAM, plantel Xochimilco. Lxs integrantes de estas dos experiencias, serían quienes en su mayoría años después crearían JRA.
En términos generales, UAMeros por la Paz y El Otro Colectivo fueron desplegando su hacer en torno a los siguientes propósitos: i) generar y sostener una relación de interlocución y solidaridad con la comandancia y bases de apoyo zapatistas; ii) articular una relación con otros sectores de la sociedad civil para organizar la solidaridad hacia el zapatismo, tal fue el caso de los músicos y otros artistas soli-darios.6 Y en menor medida, iii) influir y participar en la realidad de sus contextos universitarios, así como en la emergencia de distintos movimientos estudiantiles en torno a la defensa de la educación pública y gratuita, como fue la emblemática Huelga de la UNAM de 1999.7
En el contexto del levantamiento zapatista, muy tempranamente se comenzaron a gestar esfuerzos de organización y articulación entre estudiantes universitarios y músicos. Las principales experiencias fueron Serpiente sobre Ruedas, la Bola, el Colectivo Paz Baile y Resistencia. Este último, en el 2000, impulsó la Campaña Nacional e Internacional "Echa una Mano por la Paz", la cual tenía por objetivo generar un proceso de organización con distintos sectores de la sociedad civil para pedir el alto al fuego en las comunidades zapatistas y el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés8. En términos generales, todos estos esfuerzos se realizaron entre músicos, artistas y estudiantes universitarios y se caracterizaron por la organización de conciertos para difundir la causa zapatista y generar recursos, tanto en especie como económicos, para ser entregados posteriormente a las comunidades indígenas en resistencia.
En 2001, los zapatistas anunciaron la Marcha del Color de la Tierra, recorrido por distintos estados del sureste mexicano para terminar en Ciudad de México. El objetivo era movilizar a amplios sectores de la sociedad mexicana para apoyar la aprobación de la iniciativa de reformas constitucionales sobre derechos y cultura indígenas elaborada por la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA), propuesta de menor calado a los Acuerdos de San Andrés, pero a pesar de ello, los neozapatistas la consideraron útil para avanzar en materia de derechos indígenas. No obstante, el Congreso aprobó una ley de mucho menor alcance, la cual fue desconocida por los rebeldes (Muñoz, 2003, pp. 177-213).
En el marco de ese recorrido decidimos organizar un concierto masivo, "Vibra Votán por las 3 señales"9, que diera la bienvenida a las y los zapatistas que estaban próximos a llegar a Ciudad de México. Este multitudinario concierto se organizó, como en otras ocasiones, con la confluencia de estudiantes de la UAM, UNAM y Universidad Iberoamericana, junto con los músicos participantes.
De aquellos intensos procesos de organización, los universitarios que integrábamos el Colectivo Paz Baile y Resistencia fuimos reflexionando en torno a los límites y potencias de nuestro hacer político. Por un lado, íbamos reconociendo los límites que presentaba la universidad como espacio para construir un proyecto político no electoral a largo plazo, fundamentalmente porque el paso de las y los estudiantes por la universidad era acotado en el tiempo, y eso generaba dificultades para consolidar un proceso colectivo de mayor arraigo. Por otro lado, íbamos reflexionando sobre la importancia de situar nuestro hacer o de "territorializar nuestra lucha" -como más tarde lo enunciaríamos- desde el reconocimiento de los problemas relacionados con nuestra vida en la ciudad.
Así, después del intenso proceso que conllevó la organización del Vibra Votán, decidimos abrir un tiempo de reflexión sobre los modos en los que queríamos continuar caminando. En sintonía con el momento político que se vivía, marcado por la traición a lxs zapatistas y la aprobación de la contrarreforma a la Ley Indígena, sentíamos que era necesario cerrar una etapa y procesar los aprendizajes de lo vivido para poder relanzar en otros términos nuestro proyecto. En toda esta reflexión, la noción de autonomía, tan usada por el EZLN, fue el eje político articulador desde el cual partiría Jóvenes en Resistencia Alternativa.
Autonomía indígena y JRA
Para nosotros, la autonomía no es fragmentación del país
o separatismo, sino el ejercicio del derecho a gobernar y gobernarnos, según lo
establece el artículo 39 de la Constitución política de los Estados Unidos.
"Chiapas: la treceava estela. Cuarta parte: Un plan",
Subcomandante Marcos (cursivas nuestras).
Desde 1994, las y los zapatistas han ido creando un aparato político-institucional que se ha basado en la democracia directa, a nivel comunitario, municipal y regional (Piñeyro, 2015). A todo este proceso, las comunidades indígenas en rebeldía les han denominado autonomía. Pero este proceso autonómico tiene una serie de características que no en todos lados se ha llevado a cabo de la misma forma. Carlos Montemayor (2005, pp. 105-106) y Gustavo Esteva (2011, pp.124-128) mencionan varias de ellas:
a) La lucha por la autonomía indígena busca que sus usos y sus costumbres sean reconocidos. Que se reconozca y respete "lo que ya tienen", en particular sus formas de gobierno.
b) No existe una delegación y ejercicio del poder que este alejado de las personas representadas; "las autoridades son revocables en todo momento".
c) No necesitan de los partidos políticos "para establecer un orden de alternancia en las autoridades comunitarias".
d) La administración de la justicia es de tipo alterno, es decir, "está fundada en la vitalidad de la costumbre cambiante y según normas no codificadas".
e) Existe un territorio geográfico en el cual se ejerce la autonomía. Sin embargo, el uso de la tierra "no es equivalente a propiedad; [su cosmovisión] impide concebir la posibilidad de apropiársela de modo excluyente".
f) Tienen, hasta cierto punto, una capacidad de autodefensa y de resistencia, "aún con armas, a las intromisiones del mercado o del Estado en la vida comunitaria".
g) Despliegan un "sistema de trabajo solidario no remunerado", conocido como tequio, con el cual las y los habitantes se apoyan mutuamente para resolver necesidades particulares (la edificación de una casa, por ejemplo), así como de tipo comunitarias (la construcción de un camino, una clínica, una escuela, etc.).
Como se puede ver, el planteamiento zapatista subvierte la lógica de la democracia liberal -delegativa, basada en el voto, los partidos políticos y la centralidad del aparato estatal, muchas veces muy alejado de las realidades comunitarias-. Además de ser un ejemplo de cómo llevar a cabo el principio del "mandar obedeciendo", las comunidades indígenas chiapanecas en resistencia llamaban a crear en todos lados maneras propias de autonomía y organización horizontal, democrática y "DIY" (doityourself, que se traduce como "hazlo tú mismo"). Invitaban a "prefigurar" (Ouviña, 2011) otras formas de acción colectiva y a crear otras subjetividades. Varixs de quienes veníamos participando en los procesos de solidaridad con el EZLN descritos anteriormente, nos tomamos muy en serio dicha invitación. De allí parte el proceso de pensar en una organización que trascendiera nuestro activismo universitario y el acompañamiento a las comunidades indígenas. Es desde esta perspectiva que se crea Jóvenes en Resistencia Alternativa. No obstante, y como se verá más adelante, las posibilidades y los retos de llevar a cabo un proceso similar al de los zapatistas en Ciudad de México resultó imposible.
Jóvenes en Resistencia Alternativa se gestó durante 2002 y salió a la luz en 2003. Como ya se mencionó, a través de este esfuerzo buscábamos continuar la solidaridad con el zapatismo, pero sobre todo, dar paso a la construcción de un proyecto político de autoorganización juvenil que excediera los tiempos volátiles de la vida estudiantil que constreñían nuestras apuestas colectivas y que, por el contrario, pudiera articular un proyecto de autonomía y autogestión en Ciudad de México (Navarro, 2023).
Esta apuesta por el trabajo fuera de la universidad, no implicó renunciar a él. Por el contrario, una línea de trabajo que se sostuvo con distintas intensidades a lo largo del tiempo fue el estudiantil. En 2003 y 2004 llevamos a cabo la Campaña "El mundo que tenemos, el mundo que queremos", en la que en las universidades donde estudiábamos realizamos diversos esfuerzos de presentación y discusión de ideas en torno a la autonomía, alternativas al sistema capitalista, así como de análisis de distintas perspectivas del altermundismo. En ambas campañas desarrollamos mesas y diálogos en la UAM, en la UNAM, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y en la Unión de Trabajo Autogestivo (UTA), espacio contracultural en el centro de la ciudad.
Contagiados por la ola altermundista en todo el mundo, desde JRA participamos y organizamos distintas actividades en torno a ella: participamos en el "Foro Social Mundial" de 2003 (en Porto Alegre, Brasil), así como en el "Foro Social Amé-ricas", en Quito (Ecuador), en 2004. La intención era reconocer otras experiencias juveniles, así como tejer redes de afinidad para estar en contacto y realizar actividades en conjunto. A su vez, fuimos parte de la organización estudiantil metropolitana en Ciudad de México para protestar contra la Reunión de la Organización Mundial de Comercio, que se realizó en 2003 en Cancún (México). En 2005, organizamos el "Primer Campamento de Jóvenes por la Autonomía" en la comunidad Sola de Vega en Oaxaca. En él confluyeron centenas de jóvenes de distintas procedencias para encontrarse bajo un formato autogestionado de actividades descentralizadas con el fin de intercambiar experiencias de organización y construcción de alternativas.
Además del trabajo estudiantil y de articulación con otrxs, durante los primeros años de JRA una iniciativa que a todxs nos ilusionaba era la posibilidad de construir un centro social autónomo urbano. Lo que en buena medida tenía que ver con la irradiación de las experiencias autónomas de España, Italia y Alemania de aquellos años, como fue el caso del movimiento okupa de viviendas vacías y de espacios urbanos en desuso, pero también de Centros Sociales Autogestionados en aras de ofrecer modos de vida alternativos a los propiciados por la imperante sociedad de consumo (Adell y Martínez, 2004, p. 21). También con las experiencias de autoorganización surgidas al calor de la crisis de 2001 en Argentina, como fue el caso de las asambleas barriales, la ocupación colectiva de espacios y fábricas para poner en marcha otras formas de organización y producción, así como los esfuerzos de autoorganización y gestión de la reproducción de la vida de los movimientos de trabajadores desocupados en sus barrios (Navarro, 2023, p. 310).
En los ires y venires de aquel tiempo, no dejamos de hacer conciertos masivos, los cuales fungían como vehículos de autoorganización y generación de solidaridad de miles de jóvenes que pagaban sus entradas y llevaban recursos en especie para el acopio de frijol, arroz y otros productos no perecederos, pero también muchos otrxs que se involucraban en la gestión de los eventos para garantizar las distintas tareas de seguridad, producción, logística, finanzas, alimentación. El último concierto masivo que organizamos fue el "Festival de las Resistencias" en las instalaciones del deportivo del Sindicato Mexicano de Electricistas, en 2011.10
Otra de las iniciativas que impulsamos en aquellos años fue "el otro seminario", espacio de formación y discusión política entre distintas luchas autónomas, urbanas e indígenas; nos encontrábamos dos o tres veces al año en los espacios que las propias organizaciones iban disponiendo y programando para este fin. En estos espacios tratamos de abrir un tiempo más allá de las urgencias para la reflexión de nuestras propias prácticas, así como comprender los desafíos y problemas que en cada territorio se volcaban sobre las luchas. En estas iniciativas participaron investigadores como Raquel Gutiérrez, Carlos Aguirre, John Holloway, Sergio Tischler, Ana Esther Ceceña, Raúl Zibechi y movimientos de otros países, como el Movimiento Estudiantil de los Pingüinos, voceros del Movimiento Mapuche de Chile, entre otros.
En paralelo, impulsamos la creación de la editorial "Bajo Tierra Ediciones", que fundamos en 2008 para la generación de materiales críticos que pudieran conectar la producción de sentidos disidentes de distintxs académicxs e investigador-xs independientes con las prácticas de insubordinación y organización autónoma en México y otras partes del mundo.11 Desde 2019 hasta la fecha, esta editorial se ha convertido en un proyecto productivo organizado y sostenido por mujeres. Y más recientemente, en 2021, impulsó la Librería Volcana Lugar Común, junto con las editoriales Traficantes de Sueños, de España, Tinta Limón, de Argentina, y el apoyo de Fundación Andrómeda.
Tanto "el otro seminario" como "Bajo Tierra Ediciones" fueron dos iniciativas que surgieron de la necesidad de dotarnos de espacios de pensamiento colectivo ante las urgencias y los tiempos acelerados del hacer, y producir nuestra propia teoría en relación con lo que nos pasaba y queríamos decir. Pero también se trataba de reconocer la potencia que tiene localizar nuestro pensamiento y la producción de sentidos disidentes desde el conflicto y comprometidos con el antagonismo y la lucha contra el Estado y el capital.
Más tarde, desde "el otro seminario" se fue tejiendo una relación con otras luchas y organizaciones que dieron pie a la búsqueda de otro tipo de articulaciones, como fue el caso de la Red de Resistencias Autónomas Anticapitalistas (RAAA), conformada por JRA; Radio Ñomndaá, en Guerrero; la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias, en Guerrero; el Consejo de Ejidos y Comunidades Opositores a la Presa la Parota (CECOP), en Guerrero; Un Salto de Vida, en Jalisco; Organización Popular Francisco Villa de Izquierda Independiente (OPPII), en Ciudad de México; el Consejo Autónomo Regional de la Zona Costa, en Chiapas. A través de la RAAA se buscaba construir un polo de organización autónomo que pudiera responder a los momentos de emergencia de cada lucha, pero también construir una voz colectiva y red organizativa con capacidad de intervención en el ámbito público.
Como parte de la RAAA, en 2012 se organizó el "Encuentro Nacional de Resistencias Autónomas Anticapitalistas" en el municipio autónomo de Cheran K'eri, en Michoacán (México). El objetivo de esta iniciativa fue generar un espacio de encuentro para fortalecer y construir en torno a autonomías anticapitalistas. Para ello, se realizaron distintas actividades temáticas en torno a salud, alimentación, educación, comunicación, comercio y consumo, seguridad, cultura, trabajo, ocio, solidaridad, represión y una diversidad de actividades culturales.
Más tarde, en 2016, se organizó la "Campaña Nacional en Defensa de la Madre Tierra y el Territorio", la cual aglutinó a 179 pueblos y organizaciones de 17 estados de México. El objetivo era visibilizar los procesos en defensa de la tierra y coadyuvar en la cancelación de los proyectos de desarrollo y despojo que estaban violando los derechos de los pueblos; así como detener la violencia, represión y criminalización de lxs defensores del territorio.
Si bien el trabajo era constante, desde 2014 se comenzó a pensar en la posibilidad de transitar hacia otra organización, que finalmente se nombró COMUNAL. Después de casi 15 años, se consideraba que la denominación Jóvenes en Resistencia Alternativa quedaba corta, tanto por cuestiones etarias como porque el planteamiento de la resistencia alternativa no sintonizaba con los actuales deseos e inquietudes que se empezaban a expresar. COMUNAL no duró mucho tiempo más, y ese fue el final de la participación de muchxs miembrxs provenientes de JRA en una misma organización.
Problemas y preguntas para tejer autonomía urbana en Ciudad de México
En todo el recorrido de JRA, una noción central para dar sentido a la experiencia colectiva fue la de autonomía urbana, en conexión con los esfuerzos de autodeterminación de los zapatistas y otros movimientos y comunidades indígenas de México y América Latina a lo largo de la década de los noventa y 2000. La clave de la autonomía urbana permitió nombrar los ejercicios prácticos de autoorganización y gestión de la vida colectiva en la ciudad, desde la afirmación y recuperación de una capacidad política que se ponía en tensión y buscaba desafiar las lógicas y formatos organizativos de la izquierda estadocéntrica. Además, nos permitió explorar las posibilidades de autonomía y vida colectiva y comunitaria en la ciudad y el reconocimiento de las condiciones singulares y complejas en las que nos movíamos para habilitar la producción de un común que anhelaba desplegarse en un sentido integral en los diversos ámbitos y dimensiones de nuestra vida (Navarro, 2023, p. 310).12
Como veremos en el siguiente apartado, la construcción de la autonomía urbana en JRA estuvo marcada por determinados alcances, pero también diversos procesos de contradicción e incongruencia, así como por una serie de retos y limitaciones propias de un proyecto de este tipo.
En este apartado, nos interesa ahondar en la potencia y en los límites de JRA, como proyecto político autónomo que, a lo largo de 15 años, organizó una serie de iniciativas con importantes alcances para algunos segmentos de la izquierda mexicana y sostuvo un proceso colectivo mixto con una amplia participación de mujeres y hombres jóvenes, predominantemente universitarios, para lograrlas. Con este punto de partida, mapeamos y repasamos algunos de los problemas y nudos que desde nuestro punto de vista fueron causa de las distintas crisis y desgarramientos que se vivieron en varios momentos y que terminaron por definir el término de esta experiencia.
En otras palabras, nos proponemos hacer un balance parcial de algunas dimensiones de lo andado, para abonar a la memoria política del autonomismo urbano, poniendo en relieve y en valor algunos aprendizajes y límites de esta construcción colectiva mixta. Los dos ejes de reflexión giran en torno a: i) la reproducción material de la vida en términos colectivos y el papel del territorio en la autonomía urbana y ii) la horizontalidad para la toma de decisiones y la gestión de las diferencias y aminoramiento de las jerarquías.
¿Autonomía en Ciudad de México?
La autonomía es un horizonte al cual aspiramos llegar y lo vamos
construyendo en la comunidad que es jra y en la comunidad que formamos
con otros, con los cuales tenemos afinidad y con los cuales
trabajamos, pero no está completamente acabada y falta mucho por
caminar en la ciudad en sí misma.
(Entrevista grupal a jra, en: Navarro, 2015).
En Jóvenes en Resistencia Alternativa había una concepción de la autonomía como puesta en marcha de un proyecto integral para la resolución colectiva de las necesidades básicas, materiales, físicas y emocionales para sacar la vida adelante. De ahí que se fuera visualizando desde los orígenes de la organización, a partir de la resonancia de otras luchas, como los Movimientos de Trabajadores Desocupados MTD's de Argentina, o el de los centros sociales y movimiento okupa en Europa, la búsqueda por territorializar la lucha. Esto es, vincular y arraigar el proceso organizativo a la ciudad, y en ese sentido, tratar de gestionar colectivamente las necesidades básicas, como era el caso de la vivienda y, a su vez, buscar insertarnos en un espacio concreto para poder desarrollar un proyecto comunitario de largo aliento.
Sabíamos que, a diferencia de las comunidades indígenas y campesinas que compartían un territorio y contaban con medios de existencia para reproducir sus vidas, en las ciudades, una condición que se compartía era la de no contar con una comunidad, un territorio para habitar y medios propios para sacar la vida adelante de forma más o menos colectiva:
En nuestro caso, el proyecto de autonomía que hemos construido tiene límites, si pensamos a la autonomía, hoy por hoy como una forma de reproducción material de la vida, porque mal que bien, todos estamos insertos en este sistema y tenemos que trabajar y hacer muchas cosas para poder seguir viviendo en este sistema y poder seguir haciendo esto. Esa es quizás una debilidad irresoluble por el momento, el tema de la base material de cada uno de nosotros, porque si tuviéramos resuelto todo, seguramente nuestro potencial sería más enorme, pero la vida que tenemos que llevar para reproducir nuestra propia vida nos quita energía, nos quita tiempo, tener que estar en esos otros espacios que necesitamos estar ahí porque si no, no funcionamos.
Eso sí me parece una debilidad, que no podamos resolver eso. (Entrevista grupal a jra, como se cita en Navarro, 2015).
Como hace referencia la cita, cada uno resolvía sus necesidades y su sustento diario de forma individualizada, a través de apoyos familiares, becas universitarias o del trabajo asalariado, generalmente precarizado. En la medida en la que el proceso colectivo avanzaba y dejábamos de ser estudiantes -y también jóvenes-, la pregunta por la posibilidad de reproducir materialmente la vida en términos colectivos aparecía con más fuerza. Si bien se valoraba el conjunto de capacidades políticas que se iban habilitando y diversificando con el paso de los años -en torno al saber hacer libros, organizar seminarios y otras instancias de conversación y deliberación, coordinar movilizaciones, acciones urgentes de respuesta y solidaridad, entre muchas otras-, el no contar con una base territorial compartida, se iba experimentando como un límite para la continuidad del proyecto en la construcción de autonomía.
La preocupación por encontrar formas colectivas para reproducir la vida se vinculaba principalmente con resolver la necesidad de vivienda. La mayoría de los integrantes rentaban y no contaban con vivienda propia. A esto se suma que los integrantes vivían y trabajaban en distintos y lejanos puntos entre sí, en Ciudad de México y Zona Metropolitana del Valle de México, lo que dificultaba, de forma creciente, el encuentro presencial de todxs; a pesar de ello, al menos una vez a la semana se participaba de las asambleas y las reuniones de comisiones.
En esa búsqueda, la Organización Popular Francisco Villa de Izquierda Independiente (OPFVII) de Ciudad de México13 representó un gran referente de autonomía urbana, en términos políticos y materiales, a partir de su experiencia de habitar en común un territorio urbano mediante sus proyectos de vivienda popular. En palabras de algunos integrantes de JRA:
Habitar en común [como lo hace la opfvii] significa resolver la conflictividad en común, significa la infraestructura en común, los espacios colectivos comunes, la educación en común, la salud en común, y todo lo que viene en relación. Por eso, el territorio no es la cosa solo tangible y material, la territorialidad es el proceso de construcción de lo colectivo, de cómo nos adecuamos al espacio geográfico, a esa tierra que está ahí. No son relaciones solo de proximidad, sino es ese construir en común. Cuando fuimos conociendo experiencias urbanas muy importantes, como la de los Panchos, dijimos: "¡Esto es autonomía en la ciudad!". (Entrevista grupal a jra, como se cita en Navarro, 2015).
A partir de la relación con la OPFVII y por invitación de ellos, durante algunos años, la sede del local de JRA se trasladó a uno de sus predios en Pantitlán, al oriente de Ciudad de México, con la idea de ir aterrizando un proyecto de intervención barrial y más adelante de vivienda.
No obstante, este proyecto, después de algunos años, no logró concretarse, por varias razones. La dinámica colectiva estaba muy concentrada en la realización de actividades "hacia afuera", fundamentalmente de solidaridad con otras luchas, y eso demandaba mucha energía. Había una comisión que se encargaba de las actividades barriales y de vínculo con la población, pero se sentía que no terminaba de fructificar lo que se proponía. Y finalmente, la OPFVII, le pidió a JRA hacer una pausa porque estaban por comenzar las obras del edificio que se había planeado en el predio en el que se ubicaba el local que se utilizaba para las reuniones. Finalmente, se decidió reubicar a una colonia más céntrica para la mayoría de las y los integrantes, la sede del colectivo en la que generalmente se había mantenido durante años su local. Lo anterior estaba identificado por algunos miembros de JRA en los siguientes términos:
El reto de nosotros es que hemos tratado de sostener los dos ámbitos, cuidar ese adentro, incluso empezar a ver el tema de la autonomía material, que pasa por los apoyos, pero también el rollo de la vivienda, que si la huerta, que si el comedor, pero todo eso no lo hemos podido sostener porque, en realidad, nos demanda mucho más todo el otro trabajo que hemos creído prioritario. Entonces, cómo se le hace para sostener y romper esa separación entre producción y reproducción, entre lo público y lo privado, que implicaría avanzar en este proyecto de territorialización y de subsistencia colectiva. Pero al mismo tiempo, a partir de esa política expansiva o viral, poder cubrir lo otro con más gente, y no en términos utilitarios, de "necesitamos más gente para que sostenga todo", sino como un proyecto político también expansivo, que no quiere solo sostenerlo con 20 personas, sino que también quiere crecer. (Entrevista a jra, como se cita en Valenzuela, 2015).
La dificultad para mantener el proyecto de intervención barrial y territoria-lización de la lucha, entre otras cosas, refleja la tensión entre las necesidades y horizontes de un proyecto político propio y las de la articulación política, en clave de solidaridad, con luchas que en otras territorialidades enfrentaban amenazas y afectaciones de mucha urgencia. Así como la tensión entre el esfuerzo por ahondar en la autonomía política, pero en desfase con la construcción de condiciones materiales para garantizar el sustento de modo colectivo (Navarro, 2023, p. 314).
La horizontalidad, ¿conjuro contra las jerarquías?
En la política autónoma urbana, la horizontalidad ha sido central en la búsqueda por construir relaciones sociales no jerárquicas, antiautoritarias y democráticas en la cooperación, deliberación y decisión en común. En contraposición con las formas políticas estatales y partidarias de las que se buscaba marcar distancia, la horizontalidad habilitó un camino para la experimentación de relaciones que se decantaban por formas y dinámicas organizativas menos rígidas y atentas a la no concentración del poder.
En palabras de Marina Sitrin (2005)14, algunas cuestiones sobre los contenidos y orígenes de la horizontalidad:
[se trata de] una relación social que implica, como su nombre lo sugiere, una superficie plana sobre la cual comunicarse. La horizontalidad necesariamente supone la aplicación de la democracia directa y el esfuerzo por alcanzar consensos, procesos en los que se intenta que todo mundo sea escuchado [...]. Es una relación social dinámica. No es una ideología o un programa político que deba ser cumplido para crear una nueva idea o sociedad. Es una ruptura con esa clase de maneras verticales de organizarse y relacionarse, y es una ruptura que es una apertura [...].
Más aún, "la práctica [de la horizontalidad] consistía en que la gente se reunía, mirándose unos a otros, sin que nadie estuviera a cargo o ejerciera poder sobre otro, para empezar a encontrar maneras de solucionar colectivamente sus problemas" (Sitrin, 2005). En ese sentido, se concebía esta práctica como una política democrática autogestiva: "'Vamos a hacer las cosas bien y nosotros mismos'; 'vamos a decidir directamente que acá todos somos iguales, no hay jefes, no queremos jefes, nadie manda, mandamos nosotros, mandamos todos, decidimos entre todos'" (Sitrin, 2005, p. 28).
Un primer elemento para problematizar es que, si bien se buscaba romper con las dinámicas de verticalidad y separación, propias de las formas políticas estatales y liberales, y la mayoría de las partidarias y sindicales en México, la propuesta de la horizontalidad no resolvía en sí mismo el problema de la organización colectiva del poder y la gestión de las distintas diferencias entre sus participantes. En ese sentido, se partía de que, en principio, todas y todos nos movíamos en un piso parejo o en aquella superficie plana de la que habla Sitrin y que podíamos participar y tomar decisiones por igual.
Lo cierto es que no éramos iguales, y en ese sentido, el discurso de la horizontalidad corría el riesgo de asumir un principio falaz de igualdad que oscurecía y, por tanto, dificultaba el reconocimiento de las diferencias de quienes participábamos. Diferencias por edad, género, orientación sexual, condiciones de salud y padecimientos de enfermedades, rasgos de personalidad, clase y posición socioeconómica, origen étnico, trayectoria y experiencia política, responsabilidades de cuidados familiares, de personas enfermas o de parentesco, entre otras.
Aunque eran muchísimas las diferencias que nos constituían, estábamos lejos de reconocer que ellas nos colocaban en posiciones y lugares distintos y desiguales en una trama amplia y compleja de poder en el interior del colectivo. El elemento aglutinador que parecía ser suficiente y que desvanecía aquellas disimilitudes era nuestra condición de ser jóvenes universitarios con ganas de cambiar el mundo desde una lógica no estatal ni electoral.
Hernán Ouviña habla del peligro de pensar la horizontalidad como método -fetiche, es decir, como remedio de todos los males.
Partimos de considerar que no existe horizontalidad en"estado puro", sino, más bien, variados y fluctuantes grados de acercamiento a ella, entendida como un horizonte al cual nunca se llega plenamente. En general, lo que se constata en los movimientos y colectivos autónomos son momentos o actos de horizontalidad, y especialmente relaciones y formas-proceso que la prefiguran sin llegar jamás a plasmarla de manera integral. (Ouviña, 2011, p. 277)
En esa misma sintonía, Raquel Gutiérrez sugiere ir más allá de la horizontalidad entendida como decreto. Y más bien, concebirla como una producción constante orientada en horizontalizar las relaciones, haciéndose cargo de las asime trías existentes a través una gestión política y colectiva de las diferencias (Navarro, 2016, p. 154). Y es que, como lo señala Silvia Federici, "las diferencias no son el problema, el problema es la jerarquía. La jerarquía hace que las diferencias se vuelvan una fuente de discriminación, de devaluación y de subordinación" (Ros, 2012).
En una entrevista grupal a JRA se planteaba la importancia de reconocer este tipo de situaciones:
[...] aunque sabemos que [las jerarquías] no las vamos a llegar a destruir en los hechos por completo, pero hay que intentar aminorarlas, no naturalizarlas. No es que sepamos exactamente qué hacer [pero estamos buscando formas para hacerlo]. Esa también es nuestra capacidad. (Entrevista grupal a jra, como se cita en Navarro, 2015)
El camino para aminorar tales jerarquías se centraba en la experimentación y generación de dinámicas de formación política y herramientas para discutir, deliberar, construir consensos o analizar coyunturas bajo formatos horizontales y asamblearios en los que se buscaba estimular la circulación y el uso plural de la palabra. Sin embargo, y como veremos más adelante, estas no fueron suficientes ni, en muchas ocasiones, realmente fueron espacios horizontales desde los cuales las opiniones y necesidades de las y los diferentes fueran tomadas en cuenta.
Así, si bien estas dinámicas horizontalizadoras hacían una diferencia con otros formatos políticos tendientes a la verticalidad y al autoritarismo, resultaba complicado abordar el conjunto de desigualdades entre los procesos de participación marcados por las condiciones personales -subjetivas y materiales- de sus integrantes. Por ejemplo, quienes contaban con más tiempo para participar en las actividades colectivas, iban accediendo a más información, lo que iba generando una tendencia de especialización, que se profundizaba, además, en aquellxs que contaban con una experiencia política previa. El resultado era una tendencia de concentración y conformación de un núcleo reducido de personas con más tiempo para participar, más información, más conocimiento y experiencia y, por lo tanto, mayor poder para decidir. Lo que, en suma, les iba diferenciando e, incluso, separando de quienes -por distintos motivos- no participaban tanto o lo hacían de manera intermitente.
Ante tal situación, se iba reconociendo que las dinámicas de separación entre los que "más participaban" y los que no "participaban tanto" se relacionaban con un problema más complejo, más allá de una simple desobligación o falta de compromiso. Esto es, había personas que querían participar, pero no tenían tiempo ni condiciones para hacerlo, porque necesitaban resolver su subsistencia.
Más allá de la voluntad, la diferencia de clase y nivel socioeconómico aparecían como una variable para considerar. De ahí que se comenzaran a buscar formas de autogestión, a través de la organización de fiestas, el establecimiento de cuotas voluntarias según las posibilidades de cada quien y también de la búsqueda de fi-nanciamientos externos, en particular de ONG, para en conjunto garantizar uno o dos apoyos económicos para coadyuvar parcialmente en el sustento de aquellas personas que querían participar y su situación económica no se los permitía.
Cabe mencionar que hubo largas discusiones en torno a los criterios para decidir qué tipo de financiadoras y financiamientos no comprometían nuestro posicio-namiento político. Un primer criterio era no recibir recursos estatales. La influencia del neozapatismo y su posicionamiento antiestatal fue crucial en esa discusión. En México, a diferencia de otros países de América Latina, se construyó una dicotomía entre lo estadocéntrico y lo antiestatal, sin punto intermedio, que se instaló como principio orientador en JRA y muchas otras organizaciones influenciadas por la política autónoma. Otro criterio era saber, en lo posible, el destino de los fondos y si había algún tipo de condicionamiento que pusiera en riesgo la autonomía para decidir el destino de los recursos.
Otro elemento para problematizar la construcción de horizontalidad era la presencia de liderazgos unipersonales en las organizaciones. JRA, en particular, se caracterizó por el liderazgo de una persona con una gran capacidad de influir y condicionar las decisiones colectivas. Lo cierto es que estábamos lejos de problematizar la dimensión negativa del ejercicio de poder de esta clase de liderazgos de forma abierta. En voz de una de las entrevistadas:
Desde el principio sentía que era casi imposible que una decisión con la que él no estuviera de acuerdo pasara en asamblea, considerando que jra oficialmente tenía una estructura horizontal. (Entrevista a exintegrante de JRA, 2024)
De hecho, una de las razones de muchos de los rompimientos y salidas de integrantes en distintos momentos fue la crítica a este liderazgo y la falta de capacidades colectivas para reconocerlo, problematizarlo, regularlo y limitarlo. Y estas críticas se realizaron casi desde el principio de JRA. En el caso del autor de este trabajo:
Mi salida de jra, en 2006, se debió a que este liderazgo y sus compañeros más cercanos no respetaron el único mecanismo democrático establecido para deliberar y tomar decisiones grupales: la asamblea general. En muchas ocasiones, este lideraz-go y quienes lo apoyaban se saltaron la deliberación colectiva para así lograr lo que buscaban conseguir. Una manera de hacer esto fue buscar a ciertos miembros/as del colectivo, días antes de alguna reunión, para tratar de disuadirlos/as hacia dónde sus opiniones tendrían que orientarse y, en última instancia, apoyar lo que esta persona buscaba. Este tipo de prácticas estaban expresamente prohibidas (se habló abiertamente de ello), dada la ventaja que suponía para quienes realizaban dichas acciones ante quienes nos ceñíamos a los acuerdos mencionados. Cuando denuncié este tipo de prácticas, el resultado fue que casi la mitad de quienes participábamos nos saliéramos de JRA por lo ya mencionado, y/o porque dieron de baja a algunos miembros/as por tener una relación familiar o de amistad conmigo.
La reacción de quienes se quedaron en JRA después de esta salida fue diversa. Desde la mirada de la otra autora de este trabajo:
No recuerdo que quienes nos quedamos, después del señalamiento de quienes finalmente se fueron del colectivo, nos diéramos el tiempo para hablar seriamente de eso. Yo tenía sentimientos encontrados porque, por un lado, sentía que tenían razón en lo que decían, es decir, la forma de operar por debajo de las asambleas era opaca y no era una práctica abierta y acordada en asamblea, pero, al mismo tiempo, había una especie de normalización de eso. En mi caso, no recuerdo tener las palabras necesarias para sostener una problematización y la segura confrontación que eso implicaría. En el fondo, creo que, para la mayoría, pesó la valoración positiva de la experiencia y la apuesta por la construcción colectiva, con todo y sus "contradicciones".
Lo anterior muestra las dificultades de, en los hechos y no solo discursivamente, romper con las prácticas corporativas y antidemocráticas de la "vieja política" mexicana, esa que tanto criticábamos. Y parte del problema para transitar hacia formas transparentes y democráticas de participación tenía que ver con la supuesta impermeabilidad que las organizaciones autónomas tienen a las formas de la "vieja izquierda", jerárquica, dogmática y patriarcal, por el simple hecho de decir que no se comulga con ella.
Desde la reflexividad que nos deja esta experiencia, sostenemos que se requieren de mecanismos claros de rendición de cuentas de quienes lideran este tipo de proyectos, así como de una postura ética que rechace aquellos posicionamientos vanguardistas que imponen una Verdad sobre cómo hacer las cosas, no importando si con ello, se inhibe el proceso de prueba y error y de aprendizaje colectivo. De seguir por ese camino, la horizontalidad será, en el mejor de los casos, solo de forma, pero no de fondo.
En relación con la gestión de las diferencias y la búsqueda por aminorar las jerarquías entre lxs integrantes, ciertamente hubo un reconocimiento parcial de la importancia de estos asuntos, por ejemplo, a partir de la construcción minuciosa de herramientas para tomar decisiones por consenso, o bien, la generación de apoyos económicos para quienes querían participar y no podían. Sin embargo, sostenemos que se requería de un entendimiento más amplio de las relaciones de poder y las desigualdades constitutivas de quienes participábamos. Esta incapacidad colectiva fue uno de los motivos de las distintas rupturas y salidas de distintos integrantes en distintos momentos.
Cabe señalar que, si bien en aquellos años las luchas feministas no tenían la importancia y trascendencia que tienen ahora, a la luz de lo que hemos aprendido con ellas, podemos ver que no se indagó en otros factores o fuentes posibles de generación de diferencias y desigualdades al interior de la organización. Por ejemplo, más allá de la clase, difícilmente nos preguntamos ¿cómo los distintos aspectos que nos diferenciaban unxs a otrxs estaban vinculados con el sistema de género?, es decir, ¿por qué algunos tenían más tiempo disponible para participar?, ¿de qué modo su condición sexo-genérica influía?, ¿había integrantes que tenían a su cargo el cuidado de hijxs, infancias, adultos mayores o personas enfermas y, si era el caso, cómo esto dificultaba o no su participación en el grupo?, ¿qué hacíamos al respecto para generar dinámicas más inclusivas?
Sin duda, estas preguntas abren un campo de interrogación sobre el tratamiento de las desigualdades de género y el peso del orden patriarcal en la subjetividad y estructuración de las relaciones sociales, incluida la vida de las organizaciones autónomas mixtas, como fue el caso de JRA.
Conclusiones
A lo largo de este texto presentamos un recuento de la experiencia colectiva mixta de Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) de Ciudad de México, trazando sus antecedentes, el contexto de su emergencia y los referentes que influenciaron sus prácticas y horizontes políticos. Sobre esta base, se presentó un análisis crítico para abonar a una discusión más amplia y vigente sobre los alcances de la autonomía y en particular la urbana. Algunos puntos para destacar de este balance y de los hallazgos encontrados son:
JRA fue una expresión de las búsquedas que algunos colectivos estudiantiles emprendieron cuando se preguntaron por los límites de su hacer en contextos universitarios y la necesidad de proyectar horizontes a largo plazo. En este caso, la autonomía urbana fue ese horizonte, al calor de la emergencia del neozapatismo y de diversos movimientos en América Latina que cuestionaron la apuesta de transformación estadocéntrica y las formas de hacer política tradicional. En medio de la novedad de esta propuesta no estatal y no electoral, fuera de las organizaciones anarquistas, el caso de JRA permite analizar los claroscuros de esta experiencia para reconocer ciertos aprendizajes. Consideramos que mucho de lo que aquí se narra son problemas recurrentes en los procesos colectivos, sean autonomistas o no, por lo que esperamos que estas pautas sirvan para abonar a un aprendizaje colectivo.
Como mencionamos al inicio de este texto, el balance hecho se nutrió de tres tipos de fuentes: 1) entrevistas que realizamos a integrantes; 2) otras investigaciones que hemos realizado y que otros investigadores han emprendido sobre alguna dimensión de JRA, y 3) autoetnografías de quienes escribimos el texto. Desde estas fuentes nos acercamos y revisitamos lo vivido, pudiendo producir y sistematizar con ello un conocimiento experiencial y situado. A contracorriente de aquellas visiones que consideran que tomar en cuenta la experiencia de quien produce conocimiento es perniciosa y hasta un obstáculo para la rigurosidad y objetividad, sostenemos -en diálogo con las epistemologías feministas- que detrás de las pretensiones de neutralidad y objetividad de la ciencia dominante, en realidad hay puntos de vista (Harding, 2012). De ahí que nuestra apuesta en este texto sea por una objetividad encarnada, crítica, localizable y parcial, capaz de crear conexiones entre conocimientos situados, y en no desatender lo general (Haraway, 2011, pp. 324 y 329). Así, esta investigación se ha basado en un proceso de reflexividad, fruto de varios años de diálogo entre les autores y otrxs exintegrantes de JRA, que no pretende construir una versión única y universal de la interpretación de la experiencia en cuestión.
De este modo, en el marco de este balance, extraemos una serie de aprendizajes: uno de ellos, gira en torno a la necesidad de reconocer lo naturalizado de las "viejas" prácticas políticas en nuestras formas de relación en los procesos colectivos, por más que se desee o diga lo contrario. En ese sentido, resulta importante hacer visibles estas dinámicas, de manera abierta y colectiva para transitar a ese otro mundo que queremos. Y de modo particular, alentar cambios en términos tridimensionales: a nivel interno e individual, colectivo y externo.
Otro aprendizaje, aunado a lo anterior, es que la falta de reconocimiento de estos aspectos está relacionada con una indisposición a llevar a cabo revisiones críticas de nosotrxs mismxs. Pero, también a la falta de mecanismos para reconocer abiertamente las diferencias y desigualdades de clase, de capital cultural, de género, de raza, entre muchas otras.
Ciertamente, la horizontalidad encubrió las jerarquías y desigualdades del hacer colectivo. Solo algunas de ellas se pudieron problematizar, pero no se pudo ir más allá y avanzar en la elaboración de una lectura crítica más amplia de las relaciones de poder, necesaria en JRA y otros espacios autónomos. En particular, se hace necesario asumir el peso de los liderazgos en la toma de decisiones y cómo esto genera inequidades políticas, aun cuando se ponen en juego métodos para tomar decisiones por consenso.
En este sentido, cobra importancia pensar qué tanto el consenso garantiza en sí mismo una decisión democrática. Como plantea Leondar-Wrigth (2014, pp. 132-135), es indispensable problematizar cómo impactan las diferencias a la hora de tomar decisiones en organizaciones con claras diferencias de clase, de experiencia política, de niveles educativo, cultural y económico. De igual forma, es importante analizar cómo la deliberación perpetua para llegar a un acuerdo "consensuado" suele beneficiar a quienes mejor hablan y pueden formular de manera más clara sus posiciones y defenderlas. Estas personas suelen gozar de más reconocimiento dentro de sus organizaciones que quienes, por muchas circunstancias, no sienten la posibilidad de hacer que su voz sea escuchada de la misma manera.
Lo anterior no es una postura para desechar la búsqueda de consenso en espacios mixtos y socialmente diversos. Al contrario, apelamos a reconocer que, para que un acuerdo sea realmente consensuado, todas las voces involucradas deberían tener garantizadas las mismas condiciones para poder expresar su palabra. Y si estas no existen, no solo tendría que reconocerse abiertamente, sino buscar maneras, de fondo y no solo de forma, que posibiliten equilibrar los términos de la participación en el contexto organizativo para considerar todas las opiniones por igual.
En suma, esperamos que esta lectura ayude a pensar críticamente problemas que comúnmente se encaran en organizaciones autónomas mixtas y contar con recursos para evitar que se presenten reiteradamente y pongan en riesgo la continuidad de estos esfuerzos. Lo que aquí se ha compartido busca coadyuvar en el fortalecimiento de las capacidades de las organizaciones autónomas, y alentar ejercicios de autoreflexividad para poder materializar, en términos profundos y reales, "el mundo que queremos".
1 Si bien este ha sido el principal tono discursivo del ezln, han existido momentos en los cuales también llamó a participar en los procesos electorales. Uno fue cuando apoyó la candidatura independiente de Amado Avendaño para la gubernatura de Chiapas, en 1994. Otra ocasión fue en 2018, cuando, junto con el Congreso Nacional Indígena, impulsó a "Marichuy", mujer indígena que buscó obtener su registro como candidata independiente a la presidencia de la república. Si bien esto no se logró porque, argumentó el Instituto Federal Electoral, no se consiguieron las firmas ciudadanas suficientes para ello. Sin embargo, en casi toda la historia pública del ezln, su posición ha sido criticar el sistema político mexicano, incluidos los partidos políticos dentro del mismo. Esta crítica arreció en 2006, cuando el grupo insurgente descalificó al candidato presidencial de la izquierda electoral Andrés Manuel López Obrador. Lo mismo hizo en 2012 y en 2018, cuando este candidato finalmente ganó la presidencia de la república. Para muchos seguidores de López Obrador, esta postura fue calificada de conservadora, de hacerle el juego a la derecha e, incluso, de promover un sectarismo a ultranza. Ello, sumado al desgaste natural de una lucha como la del zapatismo, afectó de manera muy profunda la simpatía social del ezln en México.
2 Hablamos de neozapatismo para marcar una diferencia y, a la vez, una actualización del zapatismo como movimiento agrario en el contexto de la Revolución mexicana a principios del siglo xx. El zapatismo se originó y desarrolló principalmente en el estado de Morelos, con Emiliano Zapata a la cabeza, dentro del contexto revolucionario de 1910-1920, en contra de Porfirio Díaz. El zapatismo, junto con Pancho Villa y sus seguidores, tuvieron la oportunidad de gobernar el país, al tomar Ciudad de México en 1914, pero decidieron retirarse a sus respectivas regiones. El neozapatismo, por otro lado, retoma elementos del zapatismo, en particular la noción de "Tierra y Libertad", y "la tierra es de quien la trabaja", pero se desarrolla en el estado de Chiapas e irrumpe en escena en 1994, cuando entra en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En este contexto, los neozapatistas se alzaron en armas contra el gobierno, pero casi de manera inmediata iniciaron negociaciones con el mismo para lograr sus demandas. A su vez, los neozapatistas fueron construyendo sus procesos de gobiernos autónomos, los cuales han pasado por diferentes etapas (los Municipios Autónomos Revolucionarios, Las Juntas de Buen Gobierno y los Caracoles) y, a su vez, las reivindicaciones de los pueblos indígenas, tanto en lo cultural como en lo político y social, tienen un mayor peso. Estas dos son unas de las principales diferencias con el zapatismo, que no elaboró, en la práctica, un modelo de gobierno independiente en sus comunidades (aunque con la Revolución obtuvieron tierras ejidales y lo que se llamó corporaciones civiles, pero no desarrollaron un gobierno regional como tal). Para más información sobre el zapatismo, ver: Womack Jr. (1969/2010, pp. 366-384). Para una historia del neozapatismo, ver: Muñoz (2003), y para una explicación de las formas de gobierno neozapatista, ver: Piñeyro (2015).
3 Para dar solo unos datos económicos que den cuenta de lo anterior: "El salario real promedio para 1960 era 6 % menor que en 1940 y el salario mínimo agrícola de 1960-1961 disminuyó en un 45 % con respecto de 1938-1939; en cambio, la productividad aumentó en un 120 % en ese mismo periodo; y la productividad agrícola aumentó en un 100 %" (González Casanova, 1967/2008: 165). Hoy en día, la distribución del valor agregado por empresas en México se distribuye en 35 % para el pago de salarios y el 66 % se va a los dueños. En el mundo, en promedio, el 51 % del valor agregado va al pago de los trabajadores (Ríos, 2021 84). Más aún, de 1983 a 1994 el salario mínimo "cayó de 243 pesos al día a 11 pesos" (Ibíd: 89). Y, como apuntala esta misma investigadora, en México el Estado Benefactor ha dejado mucho qué desear en términos del gasto corriente para servicios sociales como educación y salud (Ibíd: 161-170).
4 En el intento de escribir con un lenguaje inclusivo y no heteronormativo, haremos uso de la "x".
5 Uno terminó su participación en 2006 y tuvo un breve regreso durante 2014. La otra participó desde 2002 y dejó la organización en 2015, pero siguió vinculada a Bajo Tierra Ediciones, proyecto nacido dentro de jra pero que en 2019 se independizó y se convirtió en un proyecto productivo de mujeres.
6 Entre los que resaltan: Santa Sabina, Maldita Vecindad, Panteón Rococó, Los de Abajo, Guillotina, Juguete Rabioso, Nana Pancha, Mescalito, Sekta Core, Rastrillos, Antidoping, Los Yerberos, Julieta Venegas, Café Tacuba, Salario Mínimo, Julieta Egurrola, Ana Colchero, Daniel Jiménez Cacho, Bruno Bichir, Damián Alcázar, Ofelia Medina, entre muchos otros.
7 La Huelga de la unam fue un movimiento sostenido de 1999 al 2000 y organizado por las y los estudiantes de los distintos planteles universitarios para democratizar la vida interna de la universidad y garantizar su carácter público y gratuito ante el intento de reforma del Reglamento General de Pagos para aumentar el costo de las cuotas de inscripción. Para mayor información ver: Gutiérrez (2023).
8 Los Acuerdos de San Andrés (as) fueron una serie de compromisos firmados, en febrero de 1996, entre los rebeldes y la administración federal de Ernesto Zedillo. En ellos se establecieron una serie de medidas para tomar en consideración para avanzar en la formulación de leyes en materia de cultura y derechos indígenas, para ser incluidas dentro de la Constitución mexicana. En particular, se proponía reconocer espacios autonómicos para las comunidades indígenas. Durante la presidencia de Zedillo, los as se quedaron en papel. A la llegada de Vicente Fox a la presidencia de la república en 2000, este dice apoyar la iniciativa de ley formulada años antes por la Comisión de Concordia y Pacificación del Congreso de la Unión, que recogía partes importantes de los AS. Esta propuesta fue aceptada por el ezln como forma de avanzar en la solución pacífica del conflicto. Dicha propuesta fue rechazada en el Congreso mexicano. Ello llevó a que el ezln suspendiera indefinidamente la interlocución con el gobierno federal de Fox y los subsecuentes. Para revisar dichos acuerdos, así como un análisis de los mismos, ver: Hernández Navarro y Vera Herrera (2000).
9 Las tres señales eran: liberación de los presos zapatistas en los estados de Tabasco, Chiapas y Querétaro, aprobar la iniciativa de ley de la cocopa y el retiro de siete posiciones militares en el territorio del ezln.
10 Este concierto fue significativo porque la dificultad de organizar conciertos autónomos crecía en un contexto de cierre del uso de espacios públicos por parte del Gobierno de Ciudad de México, pero también porque el festival sirvió para visibilizar y apoyar a un amplio tejido de luchas autónomas y no visibles para la mayoría de la sociedad, que a nivel nacional estaban resistiendo ante distintos embates y a la vez construyendo alternativas de vida.
11 Para más información del proyecto, visitar: https://bajotierraediciones.com/
12 Muchas de estas inquietudes se pueden encontrar en el texto "Especificidades y desafíos de la autonomía urbana desde una perspectiva prefigurativa" de Hernán Ouviña (2011), en el que rescata muchos de los debates de ese momento.
13Organización de izquierda dedicada a mejorar la calidad de vida de todos y todas les que están dispuestes a luchar por ella, o como nosotres decimos por una Vida Digna. (Fragmento extraído de su página web: https://opfvii.org/)
14 Son testimonios recuperados por Marina Sitrin al calor de los procesos de autoorganización colectiva en Argentina en el contexto de la crisis de 2001.
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