https://dx.doi.org/10.14482/memor.5 7.025.417
RESEÑA
Andrea Morales Méndez (coordinadora)
De la Escuela Normal a la Universidad Nacional:
memorias del movimiento estudiantil
Isaac Carrasco
Gastrónomo por El Claustro. Latmoamericanista por la Universidad Nacional Autónoma de México. https://orcid.org/0009-0009-8753-2782
El 15 de febrero de 2023 se cumplieron 50 años de la creación de la Universidad Nacional de Costa Rica. Poner atención sobre ello significa rememorar el trabajo estudiantil que se ha realizado, para así obtener, entre muchas gestas, la autonomía universitaria, la especialización académica y el libre ejercicio de la opinión pública en relación con el trabajo colaborativo entre estudiantes, sociedad civil y el Estado.
Este suceso se enmarca en retomar, desde la historia oral, las particularidades y puntos de vista de quienes estuvieron al frente del Movimiento Estudiantil -tal cual se denominó-, pero también describir el proceso por el cual la educación costarricense tuviera que modificar sus estatutos, aumentar la matriculación, generar más espacios de educación superior y, sobre todo, especializar al universitario en otras área de conocimiento para poder entrar de lleno a la modernidad mundial.
A grandes rasgos, este libro, dividido en tres secciones, comprende un recorrido histórico sobre la transformación educativa a lo largo del siglo xx en Costa Rica, poniendo énfasis en los actores y sus experiencias entre convulsas discusiones en cuanto a modificar y romper con el viejo orden, pero también en la manera en que el movimiento estudiantil, a pesar de haber conquistado importantes luchas, también tuvo momentos de tensión y rompimientos entre sí.
Del mismo modo, posibilita entender la manera en que el ámbito universitario influyó en protestas sociales y consiguió gestar una comunicación horizontal con aquella sociedad para hacer de sus problemáticas interés común, ya que, pensando la educación como un factor que podía mejorar las condiciones económicas, políticas y culturales de la nación, no podía estar ajena a las desigualdades estructurales costarricenses.
Al respecto, en la Sección I, Andrea Morales Méndez describe el proceso por el que la una se constituyó legalmente, realzando, a su vez, el valor social que tuvieron las Normales Rurales como centros educativos en las provincias del país. A inicios del siglo xx, en 1915 específicamente, la educación era vista como un proceso de ascendencia social a través de la cual las clases humildes podían especializarse en la enseñanza, pero con un aspecto particular: el hombre era quien podía acceder a la Escuela de Derecho y conseguir el mayor status académico de la época.
La creación de otros centros educativos, mediados por el Ministerio de Educación Pública (mep), como la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, la Escuela de Ciencias Agrarias, la Escuela de Planificación y Promoción Social, entre otras, estuvieron enmarcadas por un paternalismo ligado a moralizar al estudiantado a partir de la prohibición. En ese sentido, el mep y las nr trataron de evitar cualquier despertar de conciencia durante sus primeros años de convergencia, pero la historia mostró que el sentido político y la participación en las protestas ambientales, económicas y culturales posibilitaron crear una consciencia sobre los deberes y derechos adquiridos por la educación universitaria.
A partir de la Sección ii se describe el proceso de politización estudiantil en el que la Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional (feuna) durante tres momentos gesta una agenda política en la cual, con influencia de la Reforma Universitaria de 1918 en Córdoba (Argentina), se busca la participación orgánica en el gobierno universitario, la discusión horizontal de las problemáticas internas y externas que afectaban el ambiente universitario, la modificación de los estatutos de becas, ingresos y horarios, además de enfatizar que la convivencia de esta Federación estuvo atravesada por una diversidad de actores con diferentes ideales y posiciones políticas que permiten afirmar que dicho proceso no fue lineal y positivo, sino que también existieron disputas, retrocesos y problemáticas que posibilitan dimensionar en su totalidad el movimiento.
Debe tomarse en cuenta que las reflexiones de este apartado constituyen un importante aporte para estudiar los movimientos estudiantiles en su contexto. Permite desestimar los reduccionismos a los cuales se inserta el estudio de estos y posibilita entrever que en cada etapa histórica particular, los ideales tuvieron una sólida imbricación con lo que acontecía dentro de la universidad, dialogando paralelamente con la situación que atravesaba la sociedad en su momento. Así, los testimonios de cada personaje al frente de la organización estudiantil son una ventana abierta para observar las dinámicas, lógicas y confrontaciones, con el fin de otorgar una visión distinta a la idea armónica y horizontal de los movimientos estudiantiles, para así posibilitar su comprensión como espacios de negociación y resignificación constante.
Quince Duncan Moodie, por su parte, describe las discusiones que, como preámbulo a la creación de la una, se establecían en el ámbito político, en el que dos visiones -una moderna y modificadora contra una que promovía el régimen conservador educativo que surgió con la Normal- creaban una representación sobre el estudiante costarricense. Por un lado, la policía les estigmatizaba como "comunistas" y el gobierno universitario, sin dejar su legado conservador, "permitía" la congregación estudiantil para protestar. Este hecho ocasionó que un sector estudiantil se radicalizara ante la falta de autonomía y en 1975 se consolidara la feuna, consiguiendo así mismo participar en el 25 % de los órganos universitarios y formar parte del presupuesto económico.
El corto período de 1983 a 1984, en el que Olman Segura Bonilla estuvo al frente de la feuna, es uno de los momentos más politizados de los estudiantes universitarios de Costa Rica. El contexto fuera de la universidad era complejo: la crisis afectaba, la deuda aumentaba y el desempleo abundaba. El descontento social se traducía en marchas en las que los grupos estudiantiles participaban sin dejar de pensar en el futuro: la estabilidad económica propiciaba mayor apertura del espacio universitario para las diversas clases sociales, pero también una búsqueda por repartir el presupuesto universitario de manera adecuada, considerando el contexto y experiencias particulares del estudiantado.
Finalmente, del apartado de recuperación testimonial, el período más significativo es en el que la agrupación Acción u, a cargo de María José Acuña González, primera mujer presidenta de la feuna, que rompió con la mirada masculinizada del movimiento estudiantil, y Jorge Piedra Morales, giró radicalmente hacia el verdadero involucramiento del estudiante en la construcción de una universidad crítica y autocrítica con su contexto. La participación de grupos de disidencia sexual, de personas con alguna discapacidad y la integración regional, a partir de la comunicación horizontal, posibilitaron el acercamiento con las realidades costarricenses que demandaban una verdadera inclusión, además de permitir que la historiografía pusiera énfasis en la diversidad estudiantil y no solo en actores particulares.
En síntesis, estas autobiografías y las experiencias personales de los participantes del movimiento son testimonios que enriquecen el análisis de las gestas históricas en las que estudiantes buscaron democratizar la universidad, ligado, a su vez, al futuro que la educación superior debía tener en Costa Rica.
Sobre la Sección iii se hace una recapitulación general sobre este libro. Sin duda alguna, el aporte académico que De la Escuela Normal a la Universidad Nacional: memorias del movimiento estudiantil da a la historiografía de los movimientos estudiantiles latinoamericanos en general y de movimientos centroamericanos en particular, permite entender las múltiples interpretaciones que se dieron, en un primer momento, a la Reforma cordobesa del 18, así como la creación de diversas demandas, que no atendían solo al interés académico estudiantil, sino que se dirigían también a modificar el statu quo de la sociedad.
De este manera, este libro, que se enmarca en el 50 aniversario de la fundación de la Universidad Nacional de Costa Rica, abre la discusión para analizar los procesos pasados y los actores participantes por los cuales se consiguieron importantes demandas estudiantiles, como la eliminación de horas colaborativas que condicionaban las entregas de becas, la apertura de plazas y ampliación de matrículas, a la par de construir una sólida comunicación entre las diversas provincias de la región, así como cohesionar a las y los estudiantes a pesar de las diferencias ideológicas, políticas y culturales.
Ello ocasiona también la evaluación de los cambios que esas demandas generaron y edificaron la universidad que se conoce hoy, poniendo énfasis en realizar una crítica sobre los avances y retrocesos que existieron, al igual que una autocrítica de lo que pudo mejorarse, de las áreas de oportunidad que debieron atender y aquello que no pudo conseguirse.
La compilación de Andrea Morales Méndez no atiende a una remembranza, ni mucho menos a una añoranza del movimiento estudiantil costarricense y la gesta histórica que realizó, sino que es un balance testimonial de las etapas que tuvo la feuna como ente democrático y portavoz estudiantil a partir de sus dificultades organizacionales, infiltración en su estructura política y la complejidad ideológica; de su legado actual, sin caer en erigir un estandarte simbólico sobre lo que ya no existe y que no tiene nada que ver con las problemáticas universitarias actuales, ya que el contexto nacional e internacional es otro y, finalmente, que ello sirva de referente para el actuar de las futuras generaciones de esta y demás universidades. E incluso, si confiamos en que el tiempo venidero será próspero, que el legado del movimiento estudiantil centroamericano otorgue de otras significaciones los casos particulares del Caribe y la América Latina.