Ensayo

Essay

http://dx.doi.org/l0.14482/zp.33.371.58

Algunas similitudes entre la dinámica social: la horda primitiva y el matoneo escolar

Some Similarities between Social Dynamic: Primitive Horde and Bullying

María Eugenia Reátiga Hernández

Universidad del Norte, Colombia

Orcid: (0000-0001-9083-8736-Email: mreatiga@uninorte.edu.co


RESUMEN

En la horda primitiva descrita por Freud, la más elemental y violenta forma de organización social humana, el padre y jefe de la horda, fuerte, déspota y tirano, era dueño absoluto de todos los poderes. Como rebeldía, los hijos lo asesinan, sienten culpa y, con ello, el padre ejerce más dominio sobre ellos: lo veneran y odian secretamente en la figura del tótem, sustituto paterno. A pesar del desarrollo humano ocurrido desde entonces, se pretende mostrar que las características de la horda aún perviven en la llamada sociedad civilizada de nuestros días y en el problema del matoneo o bullying. Estas características incluyen a) la desaparición de la voluntad individual; b) el líder violento, poderoso e idealizado; c) un grupo homogéneo, obediente y sumiso; d) la ilusión de "igualdad"; y e) el predominio del miedo sobre la razón. La característica de fondo en los tres contextos es la organización de acuerdo con una rígida jerarquía de poder en la que se requiere homogeneidad, un enemigo a quien odiar y personas inmaduras. Madurez significa autoconoci-miento y autonomía, asumir lo inconfesable de nosotros mismos, sin recurrir a la identificación proyectiva, mecanismo por medio del cual se ataca en los demás lo rechazado en nosotros mismos. Como conclusión, se sugiere la educación centrada en la solidaridad.

Palabras clave: rechazo, intimidación escolar, bullying; madurez, psicología colectiva, identificación proyectiva.


ABSTRACT

In the primitive human horde described by Freud, the simplest form of social formation, the father and chief; strong; despot, tyrant and absolute owner of power. As an act of rebelliousness his descendants murder him, felt guilt and through guilt, the father earns control over them. Worshiped and secretly hated, through the figure of Totem: a paternal substitute. Despite of human development since then, it is mean to portray that some features of the primitive horde, continue to exist in present day society, specially through the rising phenomenon of bullying. These features include: 1) Disappearance of the individual will; 2) the idea of a violent, powerful and idealized leader; 3) A homogeneous, obedient and submissive group and 4) the illusion of "equality"; 5) predominance of fear over reason. The underlying feature in all three contexts is the organization according to a rigid hierarchy of power in which homogeneity is required; an enemy to hate and immature people. Maturity means self-knowledge and autonomy, assuming that which is unbearable of ourselves, without referring to projective identification. Projective identification is the tendency to portray in other, what we hate of ourselves. In conclusion, building a strong education based on solidarity is needed.

Keywords: Rejected, Scholar intimidation, bullying, maturity, collective psychology, Projective Identification.

Como citar este artículo:

Reátiga Hernández, M. (2020). Algunas similitudes entre la dinámica social: la horda primitiva y el matoneo escolar. Zona Próxima, 33, 166-185.

Recibido: 15 de enero de 2019
Aprobado: 5 de noviembre de 2019


Introducción

El desconcierto que suscita la pregunta por el porqué cuando se empieza a tomar conciencia de la realidad y violencia del bullying y de la literatura acerca de este fue la motivación de esta reflexión. Por qué necesita un grupo de compañeros ensañarse y maltratar a otro de manera gratuita y la dinámica de fondo que sustenta esta acción de violencia.

Como un aporte a la reflexión sobre la complejidad de la respuesta suscitada por el planteamiento anterior, se presenta este ensayo, con el cual se intenta mostrar coincidencias en las dinámicas de tres grupos de referencia: a) la horda primitiva descrita por Freud (1912), b) la sociedad y c) la dinámica grupal en la que ocurre el matoneo. Con ello se puede sostener que, contrario a la creencia generalizada de civilización que nos atribuimos, perviven aún en nuestro tiempo formas de convivencia muy cercanas a la horda primitiva descrita por Freud (1912), la forma de organización social más rudimentaria y violenta en la historia de la humanidad. La dinámica grupal del bullying es un caso.

El bullying, la intimidación escolar, es la versión actual del circo romano, recuerda también la historia de "El patito feo" de Andersen (1843), pero con un triste final. Se sostiene en esta reflexión que el bullying réplica en la vida escolar y las organizaciones las dinámicas y lógicas que dominan la sociedad y, a su vez, esta recuerda la horda primitiva descrita por Freud (1912). Vale recordar que en la horda el padre y jefe de esta, fuerte, déspota y tirano, era dueño absoluto de todos los poderes. Así, podía acceder sexualmente a todas las mujeres de aquella. El hijo que protestaba era castrado o exiliado. Como rebeldía, los hijos lo asesinan, pero entonces sienten cariño y culpa por el padre muerto, y gracias a esto el padre ejerce más dominio sobre ellos: lo veneran y odian secretamente en la figura del tótem, sustituto paterno. Así nace la religión.

Para hacer comprensible la idea central de este ensayo, referido a que el bullying replica las dinámicas y lógicas de la vida social, y que a su vez esta recuerda la horda primitiva, se presenta el estado actual del bullying, punto de partida para mostrar posteriormente las similitudes en los tres grupos de referencia: a) la horda, b) la sociedad actual y c) el bullying.

El matoneo o bullying: un caso de violencia escolar

Junto con el rechazo y la soledad o no tener amigos, el bullying constituye una de las tres principales causas de sufrimiento y malestar en niños, adolescentes y adultos en el ámbito de las relaciones interpersonales (Bond, Carlin, Thomas, Rubin & Patton, 2001; Hugh-Jones &Smith, 1999; Salmivalli & Isaacs, 2005).

Matonear o hacer bullying significa que un individuo o grupo de individuos repetidamente ataca, humilla o excluye a otro con menos poder (Salmivalli, 2010, p. 113). Craig & Pepler (2003), haciendo hincapié en la afirmación del poder, el dominio y el estatus por medios hostiles, señalan que muy frecuentemente el victimario emplea el bullying como forma de dominio y de mantener estatus.

Se ha concebido el matoneo o la victimización como un proceso complejo que debe ser entendido en sus diferentes momentos e interdependencia. Como fenómeno complejo, depende del interjuego de características individuales y de las condiciones ecológicas o del clima del grupo (Mishna, Pepler & Wiener, 2006). Desde esta postura, el énfasis está puesto en la cultura o en la ecología grupal, las normas del grupo, las relaciones entre pares y las funciones o los roles de los distintos actores en el proceso, el papel pasivo o activo de los participantes (Peets, Põyhõnen, Juvonen & Salmivalli, 2015; Salmivalli, 2010; Salmivalli, Lagerspetz, Bjõrkqvist, õsterman & Kau-kiainen, 1996; Sutton, Smith & Swettenham, 1999; Scháfer et al., 2004). Conviene, entonces, una mirada al contexto en el que ocurre la victimización.

Una mirada al grupo

Características del grupo y bullying: estatus en el grupo y normas de grupo

La posición en el grupo: rechazo, aceptación y popularidad

El grupo modera la conducta individual. Bajo su influencia, el individuo actúa como nunca habría actuado a solas. La posición que se tiene en el grupo - sea la de ser rechazado, aceptado y la de popularidad particularmente - guardan estrecha relación con el riesgo de involucrarse en conductas de acoso, como víctima o como victimario, y la posición depende tanto del individuo como del grupo (Wright, Giammarino & Parad, 1986).

Quien es distinto y no encaja en un grupo probablemente sea rechazado. La similitud promueve la aceptación y atracción (Wright et al., 1986). Rechazo y aceptación no son opuestos, sino que el rechazo es más profundo y congrega más (Schuster, 1999). No encajar en un grupo dependerá de las características de este. Si la violencia predomina, los tímidos y callados son rechazados. Si no, lo son los violentos (Rodkin, Farmer, Pearl & Van Acker, 2000). Los rechazados suelen terminar siendo víctimas (Schuster, 1999; Saarento & Salmivalli, 2015; Sentse, Veenstra, Kiuru & Salmivalli, 2015; Veenstra, Lindenberg, Muniksma y Djkistra, 2010), quienes generan más rechazo aún, en especial por las niñas (Sentse et al., 2015).

Ser rechazado y ser víctima son las dos variables que muestran las relaciones más estrechas y estables a lo largo del tiempo (Saarento & Salmivalli, 2015; Sentse et al., 2015). En los hombres, la víctima se convierte en victimario (Saarento & Salmivalli, 2015). Siempre habrán rechazados (Schuster, 1999), lo cual sugiere que, quizá, estén funcionando como "chivos expiatorios" (Schuster, 2001), el escape a la destructividad. La aceptación se relaciona con la similitud. Los que se sienten similares entre sí se afilian (Rigby, 2003).

La popularidad se basa en la visibilidad y ser centro en la dinámica grupal depende de la naturaleza del grupo (Rodkin et al., 2000; Rodkin, Farmer, Pearl y van Acker, 2006). Son los populares quienes moldean al grupo. La popularidad se relacionaba con ser amable, participativo, sensible, académicamente exitoso (Schuster, 1999; Wright, Giammarino & Parad, 1986), salvo en grupos disfuncionales (Saarento & Salmivalli, 2015). En contraste, desde la cultura actual de los jóvenes, la popularidad se relaciona con la expresión de ser "cool" o "chacho", expresiones cargadas de fuerte simbolismo, asociadas a la admiración y el reconocimiento de poder, por dominio y visibilidad, particularmente por las mujeres en los inicios de la adolescencia (Gilmartin, 1987; Rodkin et al., 2000; Rodkin et al., 2006). Este tipo de popularidad se basa más bien en la rudeza y hostilidad, y representa un 25 % aproximadamente de todos los populares (Rodkin et al., 2006; Smokowski & Kopasz, 2005). Haber sido víctima, la popularidad por poder y no ser aceptado predisponen a convertirse en victimario (Sentse et al., 2015).

Las normas del grupo: la voluntad individual que se pierde

El clima escolar determina la prevalencia del bullying. Las buenas relaciones entre profesor y estudiante tienen un efecto positivo sobre las relaciones de los estudiantes entre sí, sobre el bajo nivel de indiferencia moral o frialdad entre ellos y sobre los bajos niveles de victimización o bullying (Thornberg, Wánstrõm, Pozzoli & Gini, 2017). Las normas del grupo (Peets, Põyhõnen, Juvonen & Salmivalli, 2015) determinan la prevalencia de la violencia del acoso en el grupo (Sentse et al., 2015). La manifestación de las convicciones personales, en contra o en favor del acoso, dependerá de las normas de grupo. En grupos violentos, el estudiante pacífico no se manifestará (Salmivalli, 2010; Sentse et al., 2015), así como el de riesgo de convertirse en victimario no se mostrará en un grupo pacífico. Los "cool" o "chachos" no funcionan en grupos pacíficos. En grupos disfuncionales, con relaciones marcadas por extrema jerarquía, en que la agresión es la norma, el líder victimario es favorecido (Saarento & Salmivalli, 2015).

Los roles en el bullying

El rol del victimario

El agresor es la encarnación del miembro que es popular por poder, no por preferencia social (Vai-llancourt & Hymel, 2006; Sentse et al., 2015). Su conducta violenta tiene un sentido: el poder y la popularidad. Ni carece de habilidades sociales, ni es emocionalmente perturbado (Salmivalli, 2010; Witvliet, Olthof, Hoeksma, Goossens, Smits & Koot, 2009). Su necesidad de poder y dominio del grupo es fuerte y la valorización de la fuerza y la violencia como medios para lograrlo expresa la imagen de sí mismo y el ideal de ser dominante (Salmivalli, 2001).

Como busca popularidad, es hábil en buscar la presa, apuntando solo a aquellos compañeros con los cuales no va a correr el riesgo de perderla: los rechazados por los compañeros del mismo género de la víctima, esos por los cuales nadie pelearía (Sutton, Smith & Sweettenhan, 1999; Veenstra et al., 2010). La atractiva apariencia por la figura atlética, el uso de ropa de estilo y la riqueza económica son características atribuidas también al victimario por poder (Rodkin et al., 2006; Vaillancourt, Hymel & McDougall, 2003). En síntesis: es temido, popular, aunque poco atractivo socialmente, excepto por los de su grupo (Vaillancourt et al., 2003; Sentse et al., 2015). Así, el cuadro del victimario se parece al del joven "cool" dentro de la cultura juvenil: reconocido, popular, temido, poco atractivo socialmente (es difícil que alguien confíe en ellos); pero es seguido y admirado (Vaillancourt et al., 2003; Sentse et al., 2015).

A nivel personal, los victimarios manifiestan seguridad y afán de ser centro de atención, y se muestran incapaces de reconocer errores y aceptar críticas. La autoestima del victimario depende del éxito social, la popularidad y de su aspecto físico. Poco les importa la conducta moralmente deseable. Las víctimas no tienen éxito social (lógico), pero se sienten aceptados y acogidos por sus familias y satisfechos con la propia conducta (Salmivalli, 2001).

Respecto de los vínculos, se muestran extrovertidos, poco agradables grupalmente, incapaces de pensar o tener un interés y preocupación por otros, además de mostrarse emocionalmente inestables, de tener vínculos pese a ello (Tani, Greenman, Schneider & Fregoso, 2003), de saber hacer amigos (Smokowski & Kopasz, 2005; Veenstra, Lindenberg, Oldehinkel, De Winter, Verhulst & Ormel, 2005), de pensar en las consecuencias negativas de sus decisiones (Warden & Mackinnon, 2003) y de habilidad para comprender situaciones sociales y manipular la voluntad de los otros (Sutton et al., 1999). En efecto (junto con el grupo de defensores), marcan altos puntajes en escalas sobre teoría de la mente o capacidad de comprender el mundo interior del otro. Con marcada tendencia al narcisismo, esta comprensión se emplea más para alimentar el propio ego que para cuidar al otro (Smith, 2017).

Desde el punto de vista del desarrollo moral, pueden entender la naturaleza de la conducta moral y sus implicaciones, pero carecen de la sensibilidad para actuar conforme a ello (Gini, Pozzoli y Hauser, 2011; Von Grundherr, Geisler, Stoiber & Scháfer, 2017; Scháfer, Starch, Stoiber & Letsch, 2017). A largo plazo, los victimarios y los llamados victimarios víctimas (los que han tenido los dos roles) muestran el mayor riesgo o tendencia a ser consumidores de tabaco, alcohol y cannabis (Gaete et al., 2017).

En síntesis, si bien los victimarios gozan de poder (Sentse et al., 2015; Smokowski & Kopasz, 2005), son rechazados por un sector del grupo (Sentse, Kretschmer & Salmivalli, 2015; Sentse et al., 2015). ¿Cómo explicar el silencio de los que lo rechazan? Por un fenómeno que se ha dado en llamar la ignorancia colectiva (Sentse, et al., 2015; Peets et al., 2015), desde el cual se asume que los demás están de acuerdo con la violencia, por lo cual se calla, o por una suerte de contagio colectivo (Salmi-valli, 2001). Están también quienes lo disfrutan, por supuesto, los de su grupo y seguidores.

El rol de víctima

Las víctimas suelen ser rechazadas previamente (Schuster, 1999). Usualmente son los aislados y marginados del grupo (Veenstra et al., 2005). Es raro encontrar una víctima que goce de aceptación o popularidad en el grupo y un grupo en el que no haya víctimas (Schuster, 1999). La personalidad ansiosa, la debilidad física, la introversión, la falta de habilidades sociales y asertividad, la inseguridad, tener pocos amigos (Olweus, 1978; Rigby, 1999), la excepcionalidad (Pepler & Craig, 2000), la carencia de habilidades sociales, los problemas clínicos de depresión y retraimiento (Fox & Boulton, 2005) y el aislamiento (Kochenderfer & Wardrop, 2001) son características relacionadas con el rol de víctima, sobre todo, en niños.

Víctimas y victimarios muestran altos índices de inestabilidad emocional, carencia de habilidades relacionales y poco sentido de las reglas, el orden y el deber (Tani et al., 2003). No obstante, al comparar todos los roles entre sí, las víctimas manifiestan puntajes casi tan altos como los pro-sociales respecto de empatía y capacidad de reaccionar a los problemas de manera constructiva (Warden & Mackinnon, 2003). Gilmartin (1987) acuñó la expresión "timidez en el amor" o dificultad en los contactos heterosexuales en los hombres víctimas. Quizá, porque, entre mujeres jóvenes no resulta atractivo un joven rechazado por sus propios compañeros ( Olweus, 1978; Salmivalli, 2010).

Por su parte, delincuencia y conducta criminal se han encontrado tanto en víctimas como en victimarios (Sentse et al., 2015).

El rol de testigo

Al desempeñar un papel decisivo en la dinámica de la intimidación, mantienen, estimulan o intervienen a favor de la víctima, e inhiben la violencia en el grupo ( Pepler & Craig, 2000; Sal-mavalli, 2010; Saarento & Salmivalli, 2015).

Tipos de testigos

Los que asisten, apoyan y colaboran activamente con el victimario se denominan reforzadores (Salmivalli, 2001). Se han caracterizado por ser muy inestables emocionalmente y poco empáti-cos hacia los demás. La prevalencia de matoneo depende en gran medida de este grupo, dado que son quienes nutren el bullying (Von Grundherr et al., 2017; Thornberg & Wánstrõm, 2018).

El rol de defensor

Un joven se atreverá a defender a la víctima si en el grupo la violencia no es aceptada (Peets et al., 2015; Sentse et al., 2015). Suelen ser niñas, quienes se caracterizan por la empatía, autoeficacia, popularidad por atractivo social y aceptación (Peets et al., 2015). En la personalidad, por la estabilidad emocional, altruismo y empatía (Tani et al., 2003). En el 11 % de los casos de violencia, los pares intervienen a favor de la víctima y solo la mitad tiene éxito. El riesgo para los compañeros que se alinean a la víctima es que ellos pueden ser la próxima víctima (Pepler & Craig, 2000; Thornberg & Wánstrõm, 2018).

El rol de observador

Son aquellos que solo observan. Este rol se relaciona con rasgos de indiferencia o frialdad, rigidez, alto sentido del deber y poca extraversión (Tani et al., 2003).

Algunas similitudes entre la dinámica social, la horda primitiva y el matoneo escolar

La desaparición de la voluntad individual

En la horda primitiva, en la sociedad –en cuanto más funcione como "masa", tal como en los gobiernos populistas de estos tiempos– y en las dinámicas de los grupos escolares, desaparece el yo individual y la independencia mental en favor del alma colectiva. A partir de Gustave Le Bon, Freud (1920) señala que en la masa la inteligencia y la razón, las adquisiciones individuales y la personalidad quedan destruidas, "apareciendo desnuda la uniforme base inconsciente común a todos" (p. 2565).

El clima del grupo y sus normas representan el factor decisivo en la prevalencia de la violencia en el contexto escolar (Sentse et al., 2015); las convicciones personales en contra del acoso y la violencia no se manifestarán si la cultura del grupo es la intimidación y la violencia, y viceversa (Salmivalli & Voeten, 2004; Sentse et al., 2015). Del mismo modo, en el contexto social caracterizado por el populismo y el autoritarismo, se impone la homogeneidad y la conformidad a la norma, y se requiere un grupo a quien rechazar.

El victimario típico no tiene cabida en grupos en los que la norma de vida sea la dignidad, la inclusión y la diversidad: grupos caracterizados por relaciones de fraternidad e inclusión, de igualdad, democráticos, antítesis de los grupos disfuncionales en los que la intimidación es la norma, carentes de auténticos lazos de simpatía (Saarento & Salmivalli, 2015). En la sociedad, los grupos populistas no aparecerán si la democracia fuera sólida y real, si no hubiera exclusión o malestar acumulado.

La reflexión inevitable es la importancia de los contextos, de la sociedad, de la cultura en los comportamientos individuales: la cultura de la igualdad y de la vida. "¡Siembra vientos y recogerás tempestades!", reza un proverbio popular, la injusticia a nivel escolar –la victimización– y a nivel social generará más violencia. Muchas víctimas de bullying terminan siendo victimarios (Saarento & Salmivalli, 2015). Muchos de los grupos excluidos, marginados de reconocimiento, terminan defendiéndose por medios violentos. No sorprendería encontrar en las historias de muchos de los autores de las masacres escolares por ataques con armas de fuego, usuales en los Estados Unidos, que sufrieron victimización. En los llamados grupos terroristas del mundo actual, no es raro encontrar una historia de exclusión y no reconocimiento: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Hamás e, incluso, el surgimiento de Estado Islámico que hasta hace unos pocos años sacudió al mundo, se nutrieron de la exclusión sufrida por los sunitas en la funesta invasión de Irak de 2003. Se cierra este punto con un llamado a la importancia de contextos democráticos en los que se promueva la dignidad humana, la igualdad y la solidaridad, como la única forma posible de promover la salud y la vida.

La presencia de un líder violento: un "macho poderoso"

En la horda primitiva, en la sociedad –en cuanto más funcione como "masa"– y en las dinámicas de los grupos escolares predomina el líder por poder, no por atractivo social. Los tres recurren a la fuerza, a la violencia y al miedo como medio de popularidad, control y dominación. El padre déspota y tirano de la horda y el victimario escolar muestran tal y cual las características de muchos, de nuestros dirigentes actuales, a nivel nacional y mundial. Amigos de la fuerza, de la guerra, de la intolerancia, de la violencia en sus múltiples formas y variaciones; no obstante, amados fanaticamente no por pocos.

Estos líderes, poderosos y populares en la dinámica social, más preocupados por afirmar su poder, su dominio y popularidad, su ego, con gran habilidad, saben cumplir con "la forma de la legalidad", saben ganarse la simpatía de esos que podrían reaccionar en su contra. Se parecen, como ya se dijo, a los victimarios dentro de la dinámica del bullying.

Se sabe, desde a psicología del victimario popular, que este, aunque rechazado por un sector del grupo (léase sector de la sociedad), tienen la gran habilidad de ser crueles con el más vulnerable y desprotegido, con esos por los que nunca alguien va a protestar, sin perder popularidad (Sutton et al., 1999; Veenstra et al., 2010).

De modo similar en las sociedades que funcionan en gran medida como como masas, guiadas por un líder populista, se puede observar la importancia a nivel colectivo de tener a alguien a quien odiar y crear un enemigo. Pero para crearlo hay que generar miedo. En pocas palabras, el odio y el miedo desempeñan un papel crucial en la horda, en las sociedades más regresivas y en la lógica de los grupos escolares en que la violencia es la norma.

Ciertamente, la figura del victimario ha cambiado de acuerdo con los tiempos, desde aquel vándalo, con características psicopáticas descrito en los tiempos de Olweus (1978), como un personaje con marcadas tendencias violentas, incapaz de ser empático con los sentimientos de dolor que pudiera ocasionar, al victimario de hoy en día, que sí sabe hacer amigos, atrae, es reconocido por su popularidad, impacta y se destaca a nivel social. Llama mucho la atención en la literatura revisada que todos los jóvenes que hacen matoneo generan rechazo; no obstante, un porcentaje de ellos, alrededor del 25 %, son populares y saben hacer amigos. Todo parece indicar que tienen otras características, además de agresión, poder, tales como apariencia física agradable, liderazgo, riqueza económica, figura atlética, ropa de estatus y cierta capacidad para comprender situaciones sociales.

Como replicando la horda primitiva de la que habla Freud (1912), pareciera que todavía lo que más mueve a la humanidad es el poder, estar arriba. Cómo nos gusta esta clase de personajes, los líderes a emular hoy en día. ¡Es nuestra imagen de lo exitoso! En la sociedad del espectáculo, en la que vivimos, encarnan lo que se desea ver. Asimismo, coinciden con la una imagen de éxito de la comunicación de masas. Son atractivos y distraen tanto que, a pesar de la violencia de sus actos, hacen amigos.

Es sabido que los adolescentes tienen un código de convivencia implacable, todos para uno y uno para todos (Aberastury & Knobel, 1986), y hay que someterse a las normas del grupo si se quiere ser aceptado. En la adolescencia como en ninguna otra edad del periodo evolutivo, se funciona de acuerdo con la psicología de los grupos. Desde la psicología de las masas, se sabe que los grupos reviven la horda primitiva y su lógica tiránica y despótica. En el grupo, y más si es de adolescentes, el yo desaparece. No es forzado decir, entonces, que los adolescentes son más vulnerables a las lógicas del poder y la fuerza, a las lógicas del espectáculo (Freud, 1920-1921). También estarán incluidos aquí los adolescentes mentales, aquellos que, con palabras de Freud, no han pasado de la psicología colectiva a la individual. No son independientes, mentalmente hablando. y requieren aferrarse, como en las masas, a un gran líder al que siguen irreflexivamente. No sorprendería que en muchos de estos personajes destacados de los tiempos actuales por su autoritarismo y populismo hayan sido victimarios en el aula de clases y víctimas también (Whitney & Smith, 1993).

La presencia de un grupo homogéneo que obedece sumiso y dócil al líder incondicionalmente

En la horda primitiva, en la sociedad –en cuanto más funcione como "masa"– y en las dinámicas del bullying, predomina un grupo dócil que obedece y sigue al líder. En la literatura sobre el bullying, se lee que el silencio de los que no comparten la violencia del bullying se explica por "la ignorancia colectiva", creer que los demás guardan silencio porque están de acuerdo (Sentse et al., 2015; Peets et al., 2015), y por contagio colectivo (Salmivalli, 2001). Es decir, predomina la atmósfera del miedo en el primer caso, y de la obediencia a la norma del grupo en el segundo; en ningún caso la autonomía.

¿Qué sucederá con los que siguen –obedecen– al padre de la horda, a esta misma clase de fuerza encarnada en muchos de los personajes de la vida social actual y en los que siguen al victimario del aula de clases –más allá de la "ignorancia colectiva" y del contagio–? El padre de la horda era secreta y profundamente odiado, pero le obedecían. Los victimarios también son rechazados (Sentse, Kretschmer & Salmivalli, 2015; Sentse et al., 2015), pese a la admiración y el reconocimiento del poder que gozan (Sentse et al., 2015; Smokowski & Kopasz, 2005). Las razones aparentes que sostienen la admiración frente al líder caudillista se basan, ante todo, en la esperanza mágica de que el líder, él y solo él va a salvar al grupo de cualquier forma de desgracia y a devolver la grandeza.

No obstante, el padre de la horda, el líder populista de nuestros tiempos y el victimario puede decirse representan y encarnan para los miembros de la horda, la masa y los amigos del victimario, respectivamente, "el ideal del yo", o lo que todos en lo más profundo anhelan ser. Proceso al que se refiere Freud (1920-1921) en el que la masa encuentra en el líder todo lo que se anhela ser. Hablando de la afinidad de la horda con la masa, y de la correspondencia entre el caudillo o líder y el padre primitivo, Freud cita a Le Bon: "la masa tiene una inagotable sed de sometimiento. El padre primitivo es el ideal de la masa, y este ideal domina al individuo, sustituyéndolo a su ideal del yo". Si bien Freud no empleó el término explícitamente, el proceso descrito corresponde al mecanismo de "identificación proyectiva" acuñado por Melanie Klein (Grinberg, 1978).

Quizá, en ellos los miembros de la masa haya una gran motivación por el poder; la fuerza de la violencia y de la guerra, y con una incapacidad para pensar y cambiar (el vacío irreflexivo del que habla Arendt [1968], no hay en ellos la aptitud para sentir empatía por los más vulnerables, los excluidos, los que no tienen voz, las minorías y el líder encarna sus más profundos anhelos.

La ilusión de "igualdad" frente al "padre" o líder que enmascara por idealización el sentimiento de saberse perseguido por él y el consiguiente temor

Si hay algo que caracteriza las relaciones en la horda, la sociedad actual y los jóvenes en el aula escolar es que no todos son iguales; no todos gozan del mismo poder o riesgo a ser victimizados. Se puede reconocer un paralelismo entre los personajes o roles del matoneo o victimización y las distintas fuerzas de poder que regulan la sociedad contemporánea. A grandes rasgos, se pueden reconocer los distintos actores:

El padre de la horda: el líder político popular por "poder" y el victimario popular del aula de clases constituyen las figuras de máximo poder.

El chivo expiatorio: los excluidos de la sociedad y la víctima en el aula de clases representan el "patito feo", los más alejados del poder en cualquiera de los tres niveles de organización social. Socialmente, encarnados en el pobre, el afrodescendiente o negro, la mujer, el indígena, el musulmán, el palestino a nivel mundial, son los perdedores o los "sin voz" en la dinámica social y corresponden a la víctima del matoneo. Estos ciudadanos de tercera categoría, que además parecieran estar destinados a no salir nunca de su situación de estigma, desprestigio y exclusión, son "las estirpes condenadas a cien años de soledad" de las que habló Gabriel García Márquez en su discurso para recibir el Premio Nobel de Literatura. Corresponden a las víctimas de la intimidación.

En el mundo, en la sociedad, en los países, en las regiones, desde lo más macro a lo más micro, pareciera que siempre hay alguien, una persona, un grupo, a quien rechazar. Son los diferentes. Son los "perdedores" desde la lógica del poder y la fuerza dominante, porque la debilidad asusta. La "debilidad" que suelen encarnar las víctimas de hoy día a nivel escolar y a nivel social. Están también los que siguen frenéticamente al "líder popular" por astucia y poder, de algún modo ellos –el líder por poder– encarnan por proyección muchas de las disposiciones y potenciales que la masa anhela.

Los ciudadanos observadores: los que, a pesar de no simpatizar totalmente con los poderosos (en un porcentaje de los casos, prefieren seguir la tradición y según la norma, no se atreven a pensar por sí mismos), corresponden a los que en la vida escolar asumen que los que no denuncian el matoneo es porque están de acuerdo (ignorancia colectiva), o como los peces muertos que solo siguen la corriente, por "contagio colectivo" siguen la corriente que impone el del grupo, siguen la "masa", con palabras de Freud.

Finalmente, los empáticos y solidarios con los "perdedores", los que, como dijera Freire (1980), "por ellos sufren y por ellos viven", son los observadores de la intimidación en el mundo escolar, que se atreven a defender a la víctima o apoyarla de algún modo, a pesar del riesgo. Estos serían los auténticos demócratas actuales, esos que con una humanidad más sensible y solidaria se atreven a denunciar las lógicas y el lenguaje de dominación de los poderosos. Los que se identifican, quizá, con los caídos, los rechazados del matoneo o de la victimización, los excluidos sociales.

Por último, los periféricos del grupo –y de la sociedad– que creen que el asunto no es con ellos. Están aquellos también que en el fondo no simpatizan con la falta de sensibilidad de los poderosos, se abstienen por temor a no contar con el apoyo del grupo, por temor a la soledad. Esta misma dinámica de la desigualdad se manifiesta en las frecuentes "roscas" o alianzas, que caracterizan especialmente la vida de nuestra sociedad latina. Las roscas son clanes, son la réplica de la organización arbitraria, por simpatía, no por mérito, que se replican también en la vida académica y escolar. En la vida escolar y en la universitaria incluso, la víctima es defendida siempre que sea amigo, o amigo de mis amigos. Se está muy lejos de la universalidad del imperativo categórico de que lo que no quieres para ti no lo quieres para nadie (Hoyos de los Ríos, Llanos y Valega, 2012; Oldenburg, Van Dujin & Veenstra, 2018).

El predominio de la emoción –temor, sugestión, hechizo, euforia– sobre la razón

Cuanto más rígido, represivo y organizado según jerarquías inflexibles y lógicas del poder y la fuerza, más miedo, menos placer, menos crecimiento personal y posibilidad de diferenciarse, y más violencia habrá tanto en el grupo como en sus miembros; se hará necesario alguien en quien proyectar el odio y la destructividad, generada mediante la identificación proyectiva. Es decir, más necesidad de excluidos sociales, más chivos expiatorios, como las víctimas del matoneo. En este ambiente de grupo, si el participante no encaja en las normas, posiblemente sea rechazado y excluido, punto de partida del matoneo. Si además muestra características relacionadas con la debilidad, aumentará la probabilidad. Si valora por encima de todo la popularidad, el poder y el estatus, características que coinciden con las del matoneador popular por poder, los "cool", los "chachos" y "machos alfa", va a ser muy difícil que esta persona encuentre en este grupo un espacio para crecer, desarrollarse y florecer.

A diferencia de lo anterior, en la medida en que el grupo constituya un espacio confiable, grato, de apertura y expresión abierta y espontánea, en que la norma sea la inclusión, el reconocimiento y la valoración de la diferencia, el crecimiento y el bienestar de los miembros, se hará más fácil la libertad para el autoconocimiento, en que no prevalezca el miedo y el terror que engendra el padre déspota y tirano de la horda primitiva, el líder autoritario que demoniza al diferente para la sumisión y el victimario por poder.

Prácticamente no existen estos grupos en sus formas puras, sino distintos grados de ellos, desde los más disfuncionales en que prima la falsa cohesión y la ausencia de auténtica simpatía entre sus miembros, prevaleciendo aquí el malestar y la apariencia o falso self, hasta grupos que representan un espacio seguro y contenedor, en que predomina la simpatía, las relaciones igualitarias, el compromiso mutuo, el cuidado, el apoyo y la alegría entre sus miembros.

La respuesta, entonces, a las preguntas que motivaron esta reflexión sobre ¿qué motiva esta forma de violencia, tan cruel y dañina en las aulas de clases, llamadas a formar y preparar al estudiante?, ¿por qué siempre hay rechazado?, ¿por qué siempre hay víctimas? y ¿por qué hay siempre alguien a quien odiar? es porque nos odiamos en alguna medida, porque hemos crecido en una sociedad que promueve la violencia, la represión en favor de la fuerza y el poder, no de la benevolencia y la vida, lo cual nos obliga a proyectar la destructividad así generada y rechazar en los demás lo que no aceptamos de nosotros mismos. Vemos lo odiado en los demás. Vemos "la paja en el ojo ajeno". Actúa aquí un mecanismo de defensa descrito por Melanie Klein en el que la personalidad frente a los aspectos de sí mismo de los que no puede hacerse cargo, primero, los escinde y, luego, los proyecta o deposita dentro de otro objeto (persona) a fin de controlarlos y tomar posesión de ellos. La identificación proyectiva es intensa en las primeras etapas de la vida, predominan en la condición psicótica, en la neurosis también ocurren sin ser masivas y muestran una calidad más organizada, y en situaciones sociales y colectivas, como el fanatismo, y en fenómenos grupales, como los descritos en este ensayo.

En síntesis, en un nivel colectivo, posiblemente seguimos siendo regulados por la lógica de la biología, en la que el débil debe ser eliminado por el fuerte, para la supervivencia de la especie. Seguimos ciegamente los ideales del grupo, amamos la fuerza y detestamos la debilidad, aun cuando la máscara social nos obligue a parecer lo contrario. Con el peligro adicional, considerando la literatura expuesta, que ahora el victimario resulta simpático y atractivo, más peligroso, tiene piel de oveja. Tanto más cierto puede ser esto cuanto menos nos hayamos diferenciado de la psicología colectiva, tal como en los adolescentes. No se ha pasado de una identidad colectiva a una individual, por lo cual difícilmente florecerán en una sociedad extremadamente jerarquizada que no ha alcanzado la mayoría de edad, la cual tampoco la promueve en los individuos.

Como se mencionó, hay una relación bidireccional entre los distintos momentos del proceso, en varias formas y sentidos: ser víctima se relaciona con ser victimario en el futuro. Por otra parte, el victimario es tanto rechazado secretamente por algunos, pero admirado y seguido por otros. En esta dinámica, ni el rechazado ni el victimario tienen la posibilidad de disfrutar de relaciones de amistad sanas, enriquecedoras, de reconocimiento, reciprocidad y solidaridad. No obstante, la víctima lleva la peor parte, no solo por la experiencia en sí, profundamente dolorosa y perturbadora, sino porque, después de todo, su situación fue generada por el grupo (Sentse, Kretschmer & Salmivalli, 2015; Sentse et al., 2015).

La democracia requiere la educación para la "mayoría de edad". Los estudios muestran que los victimarios suelen mostrar competencia moral débil, lo cual es mucho más que razonamiento, que los llamados "reforzadores", verdaderos nutrientes del victimario, carecen del mismo mal y son más susceptibles a la presión grupal. En contraste, los chicos con mayor competencia moral no suelen involucrarse en actos de bullying y son más autónomos (Doehne, Von Grundherr & Scháfer, 2018). Para defender a la víctima, se requiere aún más que competencia moral. Se requiere ser autónomo, altruista, compasivo y seguro de sí mismo (Thornberg & Wásnstrõm, 2018). Es para esto para lo que hay que educar.


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