Memorias.Revista digital de historia y arqueologia desde el caribe colombiano

ISSN 1794-8886
N.° 19, enero - abril 2013


Tres miradas de Barranquílla en el siglo XIX


Los viajeros del siglo XVI y XVII se dedicaron, desde que arrancó el proceso de occidentalización, a hacer crónicas e historias narradas en las que los protagonistas eran ellos mismos o sus acompañantes. En estas se generalizaron aventuras, descubrimientos y méritos, entre otros. Muchas de el las fueron expendiciones marítimas y otras mostraban el proceso de conquista. Estos libros de viaje y descubrimiento conformaron una literatura europea que añadió a América al viejo mundo. Aunque en gran parte se trató de una narrativa científica que trataba de llenar los vacíos de conocimiento geográfico y natural, a partir del siglo XVIII la perspectiva cambió. El nuevo viajero recopi la datos, quiere conocer, muestra estadísticas, recorre zonas inhóspitas, atraviesa ríos y en general poco a poco empieza a completar el conocimiento del área geográfica tropical. Muchas de estas ya se enro laron en expediciones militares y científicas.

Fueron los vientos ilustrados que trajeron la Ciencia occidental a América, los que también abrieron la curiosidad del hombre europeo por conocer un mundo todavía desconocido e inexplorado. En el siglo XIX, una vez concluido el proceso emancipador y abierto el mercado mundo, un nutrido grupo de representantes de casas comerciales, industrias y gobiernos pasearon por toda América analizando las perspectivas económicas de un mundo lejano pero prometedor y aún por explotar. Barranquilla no fue un lugar al que se le prestó especial interés en estas crónicas y re latos puesto que generalmente era solo una puerta de entrada y un lugar de paso; sin embargo, muchos viajeros y explorados atravesaron estas tierras y plasmaron sus experiencias y vivencias en diversos textos llenos de detalles e historias poco conocidas.

El propósito de este espacio es crear una selección de los testimonios de viajeros políticos y científicos que en los siglos XIX y XX dejaron recogidos en varios textos sobre lo que era la vida en la ciudad y sus alrededores. Pretendemos, desde el equipo editorial de la Revista Memorias, rescatar y divulgar a lo largo de una serie de números, estos testimonios que en ocasiones sólo son conocidos por especialistas en esta área del conocimiento. Y todo como homenaje a la fiesta oficial del bicentenario de la ciudad.

A lo largo del siglo XIX, varios fueron los puntos de vista que se perciben. En la primera mitad del siglo, observaron cautelosos los primeros pasos que daban la nuevas sociedades republicanas e igualitarias. En la segunda mitad del siglo, en cambio, predominan las descripciones en las que domina lo científico y una representación cada vez más anecdótica y pintoresca del presente que se vivía.

1. El político criollo en la construcción de la nación. Juan José Nieto

El primer texto lo extraemos de la compi lación titu lada "Geografía histórica, estadística y local. De la provincia de Cartagena, República de la Nueva Granada, descrita en cantones" de Juan José Nieto. Juan José Nieto nació en Loma del Muerto, a un lado de Cibarco, en la vía a Tubará, el 24 de junio de 1804. Creció en Baranoa en el seno de una familia humilde de carácter mestizo. Su padre fue español y su madre una criol la mestiza mu lata. Fue de formación autodidáctica y desde muy joven participó en las luchas políticas entre bolivarianos y anti-bolivarianos. Nieto fue uno de los grandes protagonistas cartageneros del siglo XIX y testigo del enfrentamiento final entre el general Mariano Montil la y el General José Prudencio Padil la, 1888. Acogió con entusiasmo las ideas liberales y se alistó en el partido del General Santander, llegando a ser su jefe máximo en la región del caribe colombiano. Fue gobernador, creó la primera escue la pública oficial de la provincia y proc lamó la abolición de la esc lavitud el 21 de mayo de 1851. Gobernó al provincia de Cartagena a lo largo de una década y media.

Escribió varias nove las y en el año 1839 publicó su biografía histórica, estadística y local de la provincia de Cartagena, siendo la primera obra republicana que se escribió en territorio colombiano. La provincia de Cartagena, con sus nueve cantones comprendía en aquel entonces casi toda la región caribe colombiana, situada en la margen izquierda del Río Magdalena. Se incluía también en los nueve cantones a San Andrés y Providencia, territorio que fue incorporando en 1818. En su geografía describe detal ladamente los pueblos que integraba la provincia registrando datos sobre el número de habitantes, información histórica, comportamiento social y expresiones culturales de sus habitantes De este valiosísimo texto extraemos una de las primeras descripciones que existen de la ciudad de barranquil la (1839).

Segundo cantón. Barranquilla

Según el censo de 1835,
tiene 11,212 habitantes:
Electores principales: 13
Suplentes: 11
Diputados a la cámara de provincia 1
Consejeros municipales: 5

Barranquilla, al nordeste de Cartagena, con 5,3591 habitantes vil la cabecera jefatura política, consejo municipal y jueces de primera instancia. Fundada en 1629 erigida en vil la y corregimiento en el año de 1775 y situada a la margen occidental del Magdalena sobre una espaciosa ciénaga que comunica a este río. Barranquilla es el lugar más importante después de Cartagena, pues es donde se da dirección a los cargamentos de exportación y a las mercancías que llegan allí para el consumo. Siendo puramente comercial, el la es donde se establecen todos los grandes comerciantes que se dedican al tráfico en aquellos pueblos, como que es el punto donde se compra y da salida a todos los frutos de los tres cantones. Hoy está muy ade lantada en oficios, tiene muchos de material y las casa de paja son hermosas y cómodas. Su puerto es un astillero perpetuo en la construcción de buques para la navegación del Magdalena en la cual se emplea una cantidad de pob lación. Actualmente hay una máquina de vapor para cerrar maderas, y otras de limpiar algodón, muchos se dedican también a la pesca, que es muy abundante en el río, participando también en la del mar, que está a una distancia proporcionada. Se hace cal, teja y ladrillo- en fin, el comercio de Barranquilla por su actividad está casi rivalizando el de la capital.

El año de 1815 fue tomada y saqueada por los realistas, quienes la abandonaron a la aproximación de las tropas republicanas. En sus habitantes se encuentra alguna cultura y el despejo que se adquiere en los puertos con el frecuente contacto de los extranjeros y el ejercicio del comercio. Barranquilla es notable por su antiguo patriotismo y es uno de los lugares distinguidos en la historia de la independencia desde el principio de la revolución.

2. El botánico del norte de América. Isaac F. Holton

El segundo texto lo tomamos de la obra de Isaac F. Holton "A Nueva Granada: veinte meses en Los Andes", publicada en 1857 y que re lata los varios meses en los que Holton se adentró en territorio colombiano en 1852 inicialmente motivado a estudiar a flora tropical. Holton era un misionero presbiteriano, botánico, periodista y viajero nacido en Vermont, Estados Unidos, que se desempeñaba como profesor de química e historia natural en Nueva York e Illinois. Este aventurero, deseoso y curioso por conocer el país, recorrió el camino entre la costa atlántica y Bogotá, pasando por el Valle del Cauca y registrando sus observaciones sobre temas culturales, históricos, religiosos, urbanísticos, legales, fisiológicos y económicos de las sociedades que visitaba. Vivió veinte meses en Los Andes, lo que le facilitó escribir con detalle sus crónicas y razón por la cual estas tienen un gran valor sociológico para aquellos interesados en conocer la vida en Colombia a mediados del siglo XIX.

capitulo III
barranquil la

Cabalgando a Barranquilla - Primer contacto con el trópico - Lagartos -Un cartero- Un pueblito - El gobierno de la Nueva Granada- La cárcel y la iglesia de Barranquilla -Navegando en bongo - Noche de bogas y de zancudos - El Caño de la Pina - El puerto de Sabanil la.

Como debía viajar a Barranquilla al día siguiente, madrugue para evitar el calor. Antes de salir, en la casa donde me ofrecieron el caballo, tome el mejor café que he probado en mi vida. Lástima que en todas mis andanzas posteriores por el país nunca me dieron otro igual; tenía una fragancia que quisiera volver a encontrar.

Aquel viaje marco una época en mi vida. El botánico que se dedica a estudiar y a c lasificar p lantas del trópico siente deseos inmensos de visitar estas tierras llenas de sol, pero generalmente las dificultades y los obstáculos creen a la par con sus anhelos, en tal forma que obstáculos y ambiciones alcanzan el equilibrio de dos fuerzas iguales, las centripetas y las centrifugas. En mi caso, las primeras resultaron ser demasiado débiles y finalmente me encontré en las tierras que tanto había anhe lado conocer.

El paisaje tenía el aspecto de un invernadero sin límites. Esparcidas por el suelo había cantidades de semillitas de Abrus precatorius, bien conocidas en el Norte por su belleza: son de un rojo bril lante y tienen una mancha redonda y negra. Me sorprendió no encontrar más p lantas aroideas; solo vi una que trepa por los troncos de los árboles y apenas una estaba florecida. También cogí para botar la luego una bellísima pasionaria, aparentemente la Passiflora quadrangu laris. Total, el día fue tan maravilloso que yo me sentía pleno de felicidad.

Dicen que el viajero conserva toda su vida un afecto especial por el lugar donde sus pies hol laron por primera vez el trópico. Y en verdad, recuerdo con nostalgia esas escenas felices del bajo Magdalena, aunque admita que es una región seca, estéril y deso lada, cuyos escasos habitantes están dispersos y pertenecen al tipo más tosco de granadino. Pero es una región que quiero hoy y quiere siempre, y que en mis afectos ocupa un lugar privilegiado al lado de la pequeña granja rocosa que fue mi primer hogar. Sin embargo, la diferencia entre los dos sitios es enorme: la granja de Westminster en Vermont tiene innumerables rocas, ventiscas que agolpan la nieve en cúmulos altísimos y las truchas más diminutas del mundo, mientras que la tierra de mis nuevos afectos tiene la aridez del trópico, el sol reverbera en las p layas ardientes y es un verdadero paraíso de los lagartos.

Hay muchísimos lagartos en la costa pero son más bien pequeños y no se los ha estudiado bien, porque existe la idea de que algunos son venenosos. Hasta el doctor Minor B. Halstead, de Panamá, cree que fue la mordedura de un lagarto lo que mato a un hombre que encontró con una herida envenenada. En Bogotá cuentan extrañas historias sobre una especie de lagarto que l laman sa lamanqueja. Dicen, por ejemplo, que todo un pelotón de soldados murió después de haber bebido el contenido de una jarra, y que luego, al examinar esta, encontraron en el fondo una sa lamanqueja. Por mi parte creo que todos los lagartos son inofensivos. Son animales difíciles de atrapar, a pesar de que la co la larguísima parece que, como el mango de un sartén, no sirviera más que para agarrarlos. Exactamente el mismo papel que quizá lleguen a desempeñar un día Panamá y Cuba frente a la Republica Modelo.

En todo un día de a caballo no vi más casas que las chozas pobrísimas de un pueblito l lamado La P laya, situadas alrededor de la plaza que casi nunca falta en los pueblos hispánicos. Sabanil la, en cambio no tiene plaza.

En la Nueva Granada las autoridades trazan el p lano de las ciudades y rara vez el diseño es irregu lar o disperso. A veces las plazas están empedradas y generalmente son el centro del mercado semanal que se hace casi siempre los domingos, con lo cual se asegura mayor asistencia a la misa.

Poco después de salir de La P laya me encontré con un cartero en una mu la, la montura era parecida a una cabril la de carpintero y me pareció cómoda para colgar cosas de los cuatro palos. El jinete llevaba en uno de ellos los zapatos más modestos del mundo, las albarcas, como los l laman aquí, que consisten en sue las de cuero sin curtir, con una correa curva para meter el dedo gordo y tiras de cuero para amarrar las al pie. La hamaca dob lada le servía de gualdrapa y a un lado colgaba la espada. Semanalmente lleva el correo de Barranquilla a la aduana de Sabanilla.

Por todo el camino no vi el rio ni una so la vez y apenas una siembra de maíz. La primera señal de que estábamos llegando a Barranquilla fue que el cartero se apeó para arreg larse a la vera del camino. Luego vi las copas de unas palmeras, las primeras que encontraba, pues hasta entonces únicamente había visto unas especies enanas. Estas eran cocoteros cultivados en los jardines de Barranquilla. La señora que conocí en Sabanil la me había enseñado a enrol lar el saco envolviéndolo en el pañuelo, dob lado diagonalmente, y amarrado a la cintura por las dos puntas que quedan sueltas. Ahora, siguiendo el ejemplo de mi compañero, me detuve para ponerme el saco y acica larme antes de entrar a la ciudad.

Barranquilla tiene mucho mejor aspecto que Sabanil la porque por ley todas las casas están b lanqueadas y algunas son de dos pisos. En un principio no capte el valor que aquí se adjudica a las casas techadas con teja, la mejor de las casas con cubierta de paja se considera inferior a la más humilde de aquel las. En Barranquilla utilizan espadaña, typhia, para los techos, pero rio arriba emplean las hojas de iraca, las mismas con que se fabrican los sombreros de Panamá, la Carludovica palmata. Sin embargo, a todas las variedades se las conoce con el nombre de paja.

El objetivo principal de mi visita a Barranquilla era entregar unas cartas de presentación escritas por el embajador granadino en los Estados Unidos al gobernador de la provincia y a uno de los principales comerciantes de la región, el señor José María Pino. A este último lo encontré en el almacén, donde me recibió muy amablemente y me ofreció una copa de vino, pero preferí aceptar una limonada. Me insistió que debía pasar la noche en la ciudad y puso a mi disposición un guía para que me condujera a la casa de la señora Creighton, el único hospedaje aceptable que hay en Barranquilla y que me costó ochenta centavos diarios. El señor Pino tuvo la atención de visitarme esa noche.

En Barranquilla hay dos escue las para varones, una pública y otra privada; para niñas no hay ningún establecimiento que merezca ese nombre. Sin embargo, según el informe del gobernador, cualquier casa donde dos niñas reciban c lases es una escue la, ya que afirma que en la provincia hay cinco para unas veinte o veinticinco alumnas. Se supone que toda la instrucción pública se basa en el sistema lancasteriano, y cuando hay cambios en él, estos no significan avance sino deterioro de la educación. En la escue la que visite había una rueda enorme, pesada e inútil, de cinco pies de diámetro, con el alfabeto pintado alrededor; en cambio, el maestro, hombre joven, poseía alguna cultura y, entre otras cosas, sabía leer un poco de inglés.

La Nueva Granada está dividida en un estado, veintidós provincias y tres territorios, los cuales en 1851 constaban de ciento treinta cantones, subdivididos en ochocientos diez y seis distritos y setenta aldeas. En estas últimas el gobierno local tiene menos funcionarios que en los distritos.

Si se quiere comprender el país es necesario conocer la nueva división política, sus funcionarios, etc., y como en algunos casos tienen nombres intraducibles al inglés, intentare, de una vez por todas, explicarlos al lector. A nivel nacional, en el Gobierno, el presidente representa el Poder Ejecutivo, y el Congreso el Poder Legis lativo. El gobierno provincial se l lama Gobernación; el jefe del Ejecutivo, gobernador, y el Cuerpo Legis lativo, Cámara Provincial. El Cantón no tiene legis latura y su ejecutivo es el jefe político; mientras que en los distritos es el alcalde, y el Cabildo corresponde al Poder Legis lativo. Anteriormente el distrito se denominaba Distrito Parroquial o Parroquia. La vice-parroquia era una parroquia que dependía de otra, la cual ocasionalmente le enviaba un cura o párroco para prestar servicios religiosos. El párroco, hasta septiembre de 1853, era también funcionario del Distrito, tal como lo es el alcalde, pero hoy en día ya no existen parroquias ni vice-parroquias.

El siguiente cuadro resume la explicación anterior:

Tabla 1

La aldea esta menos organizada que el distrito, el territorio menos organizado que la provincia y ambos tienen poca pob lación. El Gobierno central ha concedido al Estado de Panamá más autonomía que a las provincias.

Barranquilla es sede de la Gobernación de la provincia de Sabanil la. Como traía una carta de presentación del gobernador anterior, fui a visitar al actual, el señor Julián Ponce, con el que tuve una conversaci6n interesantísima, pero no acepte su invitación a comer porque me dio pena incomodarlo. La Gobernación aquí está en el primer piso de l a casa a del gobernador.

En la Gobernaci6n siempre hay uno o dos funcionarios además del gobernador. Antiguamente este era nombrado por el presidente, y el gobernador a su vez nombraba al jefe político de cada Cantón, quien a su turno elegía a los alcaldes de cada distrito. Tengo la sensaci6n de que quizá a la Nueva Granada le sobran empleados administrativos.

Esta era la organización hasta hace poco, pero la nueva constitución introdujo muchos cambios. Los cantones ya no existen legalmente ni tienen funcionarios. Muchos de estos que antes se nombraban, ahora se eligen. Este sistema tiene el inconveniente de que puede resultar elegido un enemigo personal del presidente, situación difícil, por ejemplo, en el caso de los gobernadores, quienes se supone deben ser sus agentes y que tienen derecho a intervenir en cualquier asunto de carácter nacional, tales como la distribución del correo, y en decisiones de asuntos militares. Por eso dudo que el sistema dure.

También visite la cárcel de la provincia que es un salón con dos cuartos a cada lado. El guardián o alcaide es zapatero y estaba ocupado en su oficio. Era el primer hombre que veía trabajar desde mi llegada a la Nueva Granada, fuera de otros dos, que vi aserrando unas tab las, para lo cual utilizaban un tosco artefacto que les permita elevar uno de los extremos de la troza, en tal forma que uno de los hombres casi podía pararse debajo.

La prisión no estaba ni muy llena ni muy limpia, pero lo peor era que las ventanas de los dos cuartos daban a la calle. Todas las cárceles aquí están construidas con materiales poco seguros, tierra apisonada o ladrillos sin cocer, y c laro está, la estada del prisionero en semejante pocilga, depende en gran parte de su buena voluntad. Las leyes de las distintas provincias difieren respecto al costo de la alimentación de los presos; en algunas corre por cuenta de el las; en otras no, pero en todas partes los reclusos, siempre que tienen la oportunidad, piden comida, por la ventana, a los transeúntes.

El único otro punto de interés que visite fue la iglesia. Primero me llevaron donde un viejo sacerdote que tiene una especie de estudio en el piso alto de la iglesia. Me aseguro que aquí todo anda mal desde que el Rey de España dejo de gobernar estas tierras. Es la única persona que ha tenido la franqueza o la imprudencia de confesarme esta opinión. Como el gobierno cubano es el único ejemplo que queda de dominación españo la en el Nuevo Mundo, es difícil apreciar exactamente cuánto perdió la Nueva Granada con el derrocamiento del poder español.

Bajamos a la iglesia y antes de cruzar el umbral me quite respetuosamente el sombrero. La iglesia es un inmenso cascaron de pi so de tierra y sin asientos. Al fondo está el altar principal y a los lados los altares secundarios donde rara vez celebran misa. A pesar de que la iglesia no se llena nunca, ni siquiera en ocasiones especiales, el cura nos aseguró que la ciudad necesitaba urgentemente otra más grande y mejor.

Lo que más me l lamo la atención fue el órgano, de tamaño de salón, pero con dos fuelles externos enormes que requieren dos hombres para hacerlos funcionar. El trabajo de madera es bastante burdo y los cañones forman una fi la que se proyecta horizontalmente desde ade lante. Los de la fi la del frente tienen pintados rostros largos y estrechos, como caras reflejadas en el dorso de una cuchara. El cura tiene su ayudante.

A mi regreso a Sabanil la tuve una discusión con el capitán sobre si debía o no pagar por el uso del caballo. Yo, que más que nada quería mostrarle lo equivocado que estaba en odiar tanto la raza españo la, espere pacientemente el resultado, hasta que al final me informaron que debía pagar 80 centavos por ese jamelgo, precisamente lo que el capitán había pagado por un guía, un caballo y por los gastos de mantenimiento.

Volví otra vez a Barranquilla porque tenía interés en conocer el Caño de la Pina, que conecta el puerto de Sabanil la con el Magdalena. El dueño o capitán de un bongo, canoa gigantesca, convino en llevarme por $ 1,20. Cargaron la embarcación con mercancías que sacaron de la aduana, destinadas a un comerciante de Barranquilla, y como solo en la popa había una pequeña cubierta, para proteger las de las inclemencias del tiempo las cubrieron con unos cueros. La tripu lación consistía en el dueño, un negro enorme, otro todavía más negro pero más bajito, y un mu lato. Además iba con nosotros un negrito desnudo, hijo del patrón, y los simples remeros, que se l laman bogas.

Desatracamos del embarcadero de la aduana. La única manera de mover el bongo es con el canalete del patrón, con las pa lancas de los bogas que terminan en horquetas de diferentes maderas y con varas más cortas con un gancho en la punta. El boga apoya la horqueta de la pa lanca en el fondo fangoso del rio y el otro extremo contra el pecho, cerca del hombro, y camina hacia la popa haciendo mover la embarcación aproximadamente a tres mil las por hora. Pronto llegamos a Sabanil la, pero mientras que en la aduana el bongo, completamente cargado y ca lando tres pies de agua, pudo arrimar al embarcadero, aquí quedamos a unos ocho pies de la oril la.

Anduve por el pueblo en busca de un plátano maduro para mejorar la cena, pero fue en vano porque no había uno solo en toda la pob lación; entonces regrese al bongo, y para abordarlo tuve que escoger entre chapotear entre el agua, conseguir una canoa, o pasar sobre los hombros de un carguero. Me decidí por la última alternativa, pero de todas maneras llegue al bongo con los pies mojados. Los bogas todavía no habían aparecido, hasta que por fin vino uno y me aseguro que con cinco centavos podría comprarme unos plátanos; se los di, pero cuando regreso, me dijo que se había equivocado, que valían más, pero que había resuelto comprar un trago con los cinco centavos.

Por fin salimos, navegando hacia el este, a veces hacia el noreste, unas veces por canales estrechísimos, otras por amplias extensiones de agua y sin tener que luchar contra la corriente. Por todo el camino, a la izquierda, oíamos el rugir de las o las; es frecuente que más ade lante de Sabanil la el viento arrastre y haga perder las embarcaciones en el mar.

Alrededor de las diez y media de la noche, estando en medio de un amplio remanso, tiraron el anc la que se hundió de un golpe y nos fuimos a acosta. A mí me prestaron la ve la del bongo para que me sirviera de cama y me dieron almohada, colcha, toldillo y techo, que muy bien me sirvieron. Los bogas, a quienes les molestan menos los zancudos que a un rinoceronte, desenrol laron las esteras y durmieron sobre el las sin cubrirse con nada. Las esteras son iguales a las que se utilizan en el piso de las casas y para los bogas era incomprensible que yo no hubiera traído la mía.

Todavía era de noche cuando me desperté y ya estábamos navegando, primero por entre un canal umbrío, casi cubierto por las ramas entre lazadas de los árboles, y al amanecer dejamos atrás una mancha flotante de malezas altísimas con flores esplendidas y bulbosas. Ade lante el fondo era más firme, pero el nivel del agua más bajo y encontramos una embarcación encal lada. Detrás venia otra y los bogas de las tres que tenían alguna ropa encima se la quitaron y todos se tiraron al agua y las empujaron hasta desatracar las. Luego siguieron impulsando los bongos media mil la más. Mientras tanto yo pensaba que la situación que estábamos viviendo era uno de los principales obstáculos en la arteria vital del comercio granadino. El Caño de la Piña atraviesa tierras aluviales y b landas y termina seis mil las antes del mar. Por solo $ 100.000 se podría habilitarlo para la navegación de barcos de vapor.

Por fin abandonamos el estrecho canal y llegamos al Magdalena, ancho, turbio y correntoso como el Misisipi en San Luis, a pesar de que un poco más arriba parte de las aguas del rio se pierden filtrándose por entre las resquebraduras del terraplén y corriendo al océano. El terraplén se prolonga por el norte y lleva por muchas mil las las aguas del Magdalena a lo largo de la costa, en la misma forma como el canal de un molino conduce el agua a lo largo de la margen del rio.

Pero al dejar el caño comenzaron las dificultades porque las pa lancas no llegaban al fondo y la oril la era una ciénaga en la que solo había troncos flotantes. La única solución era navegar muy cerca de la ribera y empujar el bongo contra la corriente con las pa lancas, los ganchos y el canalete del capitán. Especialmente difícil era rebasar los troncos que sobresalían en la superficie del agua, y así perdimos horas enteras avanzando unas mil las, que en un barco de vapor hubiéramos recorrido en minutos. Finalmente entramos a otro canal estrecho y dos horas más tarde vimos un barco a una mil la de Barranquilla. Abandone el bongo en ese sitio y camine hasta la ciudad.

Dos días después presencie la partida del primer vapor que había salido del puerto en un mes. No tenía hora fija de marcha; anunciaron simplemente que zarparía "cuando todos los pasajeros estén a bordo". Y, en efecto, desde temprano empezaron a llegar baúles y paquetes sobre las cabezas y hombros de cargueros y, lo que más me sorprendió en cuatro o cinco carretil las, cuando yo creía que en toda la ciudad no había más de un par de vehículos de ruedas. Por fin subieron todos los pasajeros y a las ocho quitaron la pasare la, recogieron varias brazas de cadena y alzaron el anc la. Pero la maniobra siguiente, volver la nave en un canal que apenas es un poco más amplia que la longitud del barco, tomo muchísimo tiempo. Sin embargo, llego la hora de agitar los pañuelos cuando el vapor empezó a navegar rio abajo hacia la is la que está frente de Barranquilla y solo al crepúsculo se colocó en el punto desde donde debería partir a alta mar.

La única dificultad de una ciudad situada en Sabanil la seria la falta de agua; pero este problema tendría menos gravedad que en Cartagena y podría solucionarse con bombas de vapor o con molinos de viento. Me parece que el clima es saludable y si se fomentara la agricultura, no faltaría comida.

El puerto de Sabanil la está situado en la punta occidental de uno de los esteros del Magdalena. Lo mismo que el Misisipi, el Magdalena arrastra gran cantidad de sedimento que va formando un banco en la desembocadura. Los vientos alisios y una corriente del oriente hacen que el sedimento se deposite no en el Angulo recto al rio y parale lamente a la costa sino en la dirección que determinan la acción combinada del rio, del viento y de las corrientes marinas. El puerto está expuesto a los vientos del norte y no es lo suficientemente profundo para recibir vapores grandes; tampoco le llega agua dulce, o por lo menos muy poca. En importancia ocupa un lugar intermedio entre los puertos de Santa Marta y Cartagena, pero podría superar a ambos si se abriera el Caño de la Piña, lo cual tomara todavía mucho tiempo.

3. La mirada del francés desde el romanticismo. Henri Candellier

Por último, presentamos un extracto de la obra "Riohacha y los indios guajiros" del viajero francés Henri Candelier. Su objetivo principal era llegar hasta la zona de Riohacha para estudiar a los indios guajiros y registrar sus costumbres, prácticas, ceremonias, creencias y formas de vida, como también la geografía e historia del territorio que habitaban. Los re latos de Candelier, en especial aquellos que corresponden a sus largas jordanas de viaje para llegar hasta su destino final, nos muestran, desde las perspectiva del hombre europeo, las características de la vida en Barranquilla y sus alrededores, las dificultades en el transporte, las sorpresas gastronómicas, la burocracia de las autoridades aduaneras, el trato de los locales a los extranjeros, entre otros. Sin duda alguna, Candelier nos ofrece una descripción muy detal lada y crítica de los lugares que visitó y percances que experimentó en sus viajes, enriqueciendo así la memoria de la ciudad y sus gentes.

Capítulo II
La travesía - Llegada a Savanil la - Barranquilla - Viajes de Barranquilla hasta Riohacha por la Ciénaga y Santa Marte

Diré poco sobre la travesía, siempre es lo mismo, generalmente poco divertida. Invariablemente los primeros días, con algunas excepciones, el barco parecía un hospital.

¡Cuántas figuras acostadas se ven! El comedor está vacío, el puente desierto, cada uno paga más o menos su tributo al mar. Pero pronto el estómago más delicado se acostumbra al movimiento del barco, las jaquecas desaparecen y todo cambia de aspecto; las mesas se llenan como por encanto. Vuelve el apetito, las cucharas, tenedores hacen oír sobre los p latos el alegre ruido y muy particu lar, se recobra el tiempo perdido.

Sobre el puente se forman los grupos, las conversaciones se inician; se pasea, se fuma, se extiende sobre su sil la larga, sea para leer, soñar o dormitar y mientras que en la sa la, los aficionados tocan el piano y en el fumadero algunos juegos se establecen.

Por la noche, se toca música y todo el repertorio de las canciones conocidas. Se organizan pequeños bailes familiares, si se tiene suerte de viajar en compañía de algunas jóvenes damas. No es de sorprenderse ver hasta coquetear. El mar tiene de esas virtudes que vuelven a los señores muy amables.

Cada viaje trae casi siempre algún esbozo de romance, que se vuelve la distracción de todas las personas de abordo. Se siguen las diversas peripecias con un interés en el cual se percibe, a la verdad, cierta punta de envidia. Los chismes agridulces circu lan y son siempre muy divertidos, uno se cree trasportado a una pequeña ciudad, en lo más recóndito de una provincia.

Las esca las que se producen durante el viaje, son muy conocidas hoy; todo el mundo sabe por los innumerables re latos de los viajeros, lo que son nuestras bel las is las de las Antil las, la Guadalupe y Martinica.

¿Quién no ha oído hab lar de Ponte-a Pitre y de Basse-Terre, de Saint-Pierre y especialmente de Fort -de-France? Todo esto es casi del dominio público. Debo por escrúpulo hab lar de esas negras, las cuales, en el último puerto traen sobre los vapores, la provisión de carbón. Es esto uno de los episodios salientes, uno de los recuerdos de la travesía. Mucho tiempo antes de llegar a la Martinica, cada pasajero está advertido del espectáculo que le espera allí, se le promete como una gran curiosidad, una "great attraction", con frecuencia con bastante exageración, lo reconozco.

En realidad, el vistazo es pintoresco. Nada más curioso que el efecto de ver todas estas negras, llevando un vestido corto, la piel y el vestido enteramente negros, pasando y volviendo a pasar en fi la, en número de cincuenta por lo menos, con una canasta en la cabeza. Caminando, el las se ba lancean y cantan un estribillo criollo, monótono. De repente, cuando su canasta se vacía, interrumpen un instante su trabajo para bai lar una ronda del país, con poses y contoneos extraños. Un negro, sentado, golpea con las manos sobre un tambor que tiene entre las piernas y acompaña sus retozos.

Cuando ese trabajo se hace de noche, y la luz eléctrica ilumina la escena con sus reflejos y tonos crudos, todas estas mujeres con cara gesticu ladora, con sus ojos ardientes y su amplia hilera de dientes b lancos, producen una singu lar sensación.

Involuntariamente hacen pensar en las brujas de Macbeth, ejecutando algún baile macabro.

El tipo indígena es muy feo, por lo general en hombres y mujeres. Aquel las conservaron las modas imperio, del tiempo de su compatriota la Emperatriz Josefina: llevan faldas con cintura corta y las te las ligeras con grandes dibujos. Lo que les cubre la cabeza consiste en un madrás enrol lado alrededor del cabello terminado en dos puntas. El domingo, cuando todo el mundo se reúne en la iglesia, usted no puede imaginarse el aspecto imprevisto que presenta esa mezco lanza de colores de los vestidos. A veces se encuentran una o dos jóvenes bastante bonitas.

En los alrededores de Fort-de-France hay tres paseos encantadores que hacer: la fuente Didier, la fuente de Absalón y el campo de Ba lata. Aquel, que tuve el honor de visitar, está situado sobre una meseta rodeada de montañas; abajo y lejos, la vista no abarca sino selvas que parecen impenetrables. En esa época había dos baterías de artillería. Los edificios amplios y espaciosos, el sitio magnifico y muy sano, jardines bien cultivados por algunos hombres, daban casi todos las legumbres que se encuentran en Europa.

Las dos esca las siguientes, en Venezue la, la Guaira y Puerto Cabello, la primera con sus casas construidas sobre el f lanco de la Cordillera de los Andes, la segunda con sus pequeñas casitas pintadas de rojo, azul, amarillo, marrón, no ofrecen sino un interés mediocre. Si fuera el caso presentar un re lato humorístico habría cosas muy curiosas que anotar. Forzosamente en el curso del viaje, uno se encuentra con personas que son lo que convenimos en l lamar, unos "tipos". Desde el agente de vinos y líquidos que siempre sabe todo, y dice agudezas como para adormecer varias generaciones; el comerciante en diamantes y joyas, judío por lo general, quien, en eso fiel a su raza, se extiende en todas partes como una mancha de aceite, acaparando los buenos puestos, los mejores bocados; se encuentra toda una colección de seres humanos bastante variada, original; viejas parejas "prudhomescas" que hubiesen hecho la felicidad de "Gavario de Cham" Rastacueros, Horizontales en quebrantamiento de confinamiento, etc. etc ...

Esto, desgraciadamente no entra en mi programa, no hablo de ellos sino de memoria. Tanto como lo puedo hacer, quiero evitar el reeditar aunque bajo forma diferente, cosas ya publicadas y tengo afán por llegar lo más pronto posible al término de mi viaje: Riohacha, puerta de entrada a la Guajra.

Sin embargo para que mi re lato sea completo necesitaré decir algunas pa labras sobre los sitios que tuve que atravesar antes de llegar al lugar de destino final, y dar mis impresiones sobre los colombianos de la costa norte y sus costumbres. Ellos son los amos, los gobernantes de mis salvajes guajiros y como tales, me pertenecen.

El primer puerto en Colombia donde hacen esca la los vapores de la Compañía Trasatlántica es siempre, según la guía oficial de esa Compañía, Savanil la; en realidad, desde hace tres años es Puerto-colombiano, como anteriormente era Salgar. Savanil la es des de hace muchos años, enarenada por los acarreos del gran río Magdalena.

Pero fue en Puerto Colombia donde desembarqué un día, a las 9 a.m.; el barco francés ancló a una mil la de la oril la. Un pequeño remolcador vino a buscamos a bordo y nos dejó en el muelle construido por contratistas de los ferrocarriles de Barranquilla.

Apenas bajé a tierra me di cuenta que estaba en un país autócrata y atrasado. Tenía en la mano una maleta sencil la, que con tenia los objetos de tocador indispensables y algunas ropas; un empleado me la quitó diciendo que no podía llevar nada conmigo, que todo debía pasar por la aduana. A pesar de mis protestas no quiso entender nada y puso mi pequeño maletín con las maletas de los viajeros en una gran sa la reservada. No es todo: lo más fuerte fue saber que no me la entregarían sino al día siguiente después del tren de medio día o del de las 5 p.m. en Barranquilla.

La aduana es evidentemente, basta nueva orden en todas las naciones, un mal obligatorio, que los pasajeros deben sufrir. No trataré de no constatar la absoluta necesidad en Colombia, puesto que no existen otras alternativas. Hay sin embargo diversas maneras para aplicar reg lamentos. Cada pueblo, me parece, debía esforzarse lo más posible para aminorar los inconvenientes y atenuar los rigores. Ante todo es necesario evitar hacer perder el tiempo a los interesados. En Europa a veces, en algunas fronteras, gritamos por hacernos esperar veinte minutos o media hora, la entrega de nuestro equipaje; ¡qué podríamos decir aquí, gran Dios! donde esa formalidad no se lleva a cabo sino al día siguiente por la noche.

Es, realmente hacer poco caso y no considerar al extranjero. Es por otra parte, entre los colombianos no tener ninguna consideración para con él. Desde el desembarco me di cuenta de eso: lo supe más aún en el departamento del Magdalena. No quisiera ser desagradable con ellos, puesto que tengo dentro de ellos algunas buenas gentes amigas, pero en conciencia creo prestarles un servicio en Iugar de criticar sus defectos. Les diré pues, muy francamente, que están equivocados al recibir a los extranjeros con pesar, mirarlos con malos ojos, tener celos de ellos, como lo hacen.

No es útil pero si contrario a sus intereses. Parecen creer que el extranjero viene para despojarlos, para coger sus bienes, y sin embargo ¿no es con frecuencia lo contrario, lo que sucede? El desgraciado que conoce muy imperfectamente los recursos, las vías de trasporte del país, se arruina en empresas agríco las o mineras; y la p lata que gastó se quedó en Colombia; los habitantes se benefician de el la. Y, suponiendo que el extranjero en su labor pertinaz se enriquezca, ¿no es también un bien para toda la región? ¿No es trabajo asegurado para obreros, y la ciencia de Europeo o del americano del Norte, puesta al alcance de todos, divulgada y propagada? ¿Por qué los colombianos no pueden, tomando como modelo ese trabajo, crearse ellos mismos una posición análoga y conquistar la fortuna? Entonces, ¿por qué ese odio que nada justifica? Esa aberración es, en mi humilde opinión, un error grosero, una falta capital. Que ellos vuelvan a leer la historia y verán que trayendo a su país extranjeros, utilizando sus luces, su dinero, sus progresos, numerosas naciones hoy poderosas, adquirieron su prosperidad, su situación preponderante en el mundo.

Colombia tiene un suelo virgen muy rico, muy fértil que necesita colonos y gentes de iniciativa, ¿por qué hacer todo lo humanamente posible para alejarlos? Actualmente para el extranjero todo se vuelve obstáculo, dificultad, molestia; y no hablo de las privaciones y sacrificios de toda c lase que debe imponerse en la vida material.

Lo que falta en esa república, son verdaderos hombres de Estado, de visión amplia, con conceptos razonables y prácticos, que abran de par en par las puertas a la inmigración, y atraigan por todos los medios posibles gentes de Europa y los Estados Unidos, facilitándoles en una pa labra todas las empresas cualesquiera que el las sean.

Soy amigo de ese país pintoresco y bello, con ese título me permito formu lar ese voto. Ojalá que un día pueda realizarse, pues su porvenir depende de ello. Bajo la impresión de estas reflexiones y de una irritación bien comprensible, me dirigí hacia una casa que me indicaron, donde podía encontrar algo de comer. La comida me sosegaría tal vez, pensé en mí mismo, no hay nada como la mesa para distraer el espíritu.

Entré. Encontré un fogón infecto, apenas unas ma las sil las, para sentarse y una acogida que en nada recordaba la cortesía castel lana.

Una mujer con mirada dura, de un aspecto general sucio, me contestó con un tono muy seco que se almorzaba a las 11 y media en la mesa redonda y no antes. Esperé cuarenta minutos más o menos. Sin embargo, frente a estas dos primeras recepciones, pensé involuntariamente, en el hombre fuerte del cual nos hab la Horacio "oes triplex et robur", y como él pensé que debía protegerme con la triple coraza de energía y sangre fría. Esto no será en vano. A las once y media trajeron el almuerzo.

Pensaba bien que no iban a rega larme con una langosta a la manera americana ni unos perdigones trufados, ni un paté de hígado, pero suponía sin embargo que a las puertas de una ciudad de 35.000 almas, como Barranquilla, era más fácil conseguir una alimentación variada y comible.

Nos sirvieron "un sancocho", que es el p lato principal indígena, base de la alimentación. El caldo era un poco de agua caliente, amaril la, sin sabor, y la carne de res, partida en pequeños trocitos compuesta de hueso en su mayor parte, estaba acompañada por legumbres, bananas, yuca, que veía por primera vez.

Después fueron los huevos fritos bañados en grasa, la carne deshi lacliada con los dedos, un p lato enorme de arroz. Y lo que pomposamente bautizaban con el nombre de "bistec" no era más que lame las de carne desecada, delgada como una pieza de cien centavos. No crea que soy goloso: durante casi seis meses viví en la montaña únicamente con el producto de mi cacería. No tenía opción para mis comidas, le aseguro, y me contentaba muy bien, sin quejarme jamás, con huevos de tortuga, pecarís, micos, aves de rapiña a falta de otras cosas. Pero ese día, el estómago que tiene sus caprichos, a la vista de estos guisados tan exóticos como poco apetitosos con sólo mirarlos, y olerlos no pude comer nada fuera de un pedazo de pan y una taza de café. El apetito exige ante todo la limpieza, y sobre ese punto, cocina así como cocinera no me inspiraban ninguna confianza.

El tren para Barranquilla salía a las cuatro. El tiempo me pareció interminable, y que calor hacía, chorreaba. Sentí un gran alivio cuando al fin pude subir al vagón. EI ferrocarril construido por un Americana, M.C... une esa ciudad al puerto colombiano; se extiende a lo largo del mar hasta Salgar.

A partir de ese punto pasa a través de sabanas, praderas y p lantaciones de algodón, hasta llegar al desembarcadero. La distancia que se debe recorrer es de 35 kilómetros más o menos, el trayecto se hace en hora y media. El terreno es enteramente p lano, entrecortado por pequeñas ciénagas; los pastos son vivaces y propios para la cría de ganado y cabal lar. A las cinco y tres cuartos, bajamos del tren con 15 minutos de retraso. No tenía nada en las manos que pudiera molestarme y dificultar mis movimientos merced a las atenciones de los señores aduaneros que me "desvalijaron" en la mañana, entonces resolví caminar hasta el hotel. Así se aprecia mejor la belleza como también los defectos de una ciudad.

La primera impresión no fue buena. En un recorrido de trescientos metros, tuve que chapotear sobre una arena b landa, como si fuera cieno; me hundía hasta más arriba del tobillo, fue un verdadero trabajo. Además las largas calles alrededor de la estación, bordeadas con casas bajas, cubiertas con hojas de palma, hacen que Barranquilla parezca un gran villorrio en una de nuestras viejas provincias.

Al llegar cerca a la Gran P laza y de las calles adyacentes, se ven habitaciones parecidas a las europeas, especialmente en la dirección del mercado. L laman ese barrio, el barrio europeo. El único monumento público es la catedral que con sus dos torres, no ofrece nada de particu lar. Una cosa, por ejemplo, me sorprendió el primer día y me pasmó más allá de cualquier expresión; fue la libertad de los señores cerdos. Circu laban tranqui lamente por las calles, como verdaderos dueños; uno de ellos, en una esquina se botó contra mis piernas y por poco me hace caer.

Desde entonces, un decreto del alcalde prohibió ese abuso; aunque un poco tardío, la medida era necesaria. Me hice llevar al principal hotel y pedí una habitación. Me introdujeron en un pequeño dormitorio con cuatro camas de las cuales tres estaban ya ocupadas por viajeros; me ofrecieron la última. Aquel nuevo disgusto imprevisto, tan opuesto a nuestras costumbres me hizo vaci lar. Al fin acepté pensando que en otra parte estaría en las mismas condiciones. La pieza, bastante espaciosa era de una sencillez primitiva- Las paredes b lanqueadas con cal; por muebles, cuatro asientos y cuatro minúsculos ve ladores de hierro como lavabo. Las literas eran sencil lamente catres con dos almohadas y una so la sabana, todo cubierto con un mosquitero. Ese mosquitero no me indicaba nada que valga la pena.

La cena fue casi buena y abundante, me desquite de mi almuerzo. Tenía un hambre desordenada.

Después di un paseo por diversos lados, para hacer la digestión y conocer mejor la ciudad. En todas partes oí tocar piano, valses principalmente, "Indiana", "Ia vague" "Faust" etc.; para mi gran sorpresa oi hasta el aire "En revenant d' la revue" (AI regresar de la revista). ¡Cuántos pianos, por Dios, cuantos pianos!

Poca gente fuera al atardecer; nadie sale; por consiguiente ninguna animación, todo queda me lancólico y triste. Dentro de unos rincones desérticos, aquí y allá sombras de mujeres ...Regresé al hotel y no tarde en dormirme con un sueño pesado. Desgraciadamente fue de corta duración. Pronto me desperté con el zumbido continuo alrededor de las orejas y comezón en las manos, los brazos y la cara. Eran los mosquitos, que encontraron el medio de pasar por el velo de gasa, y me fastidiaban por todas partes. Daba vueltas y vueltas sin poder escapar de ellos y sin poder entonces cerrar los ojos. Con el alba se retiraron y logré al fin adormecerme.

Barranquilla es la ciudad más comercial y pob lada de costa norte, cuenta con 35.000 almas, hemos dicho. Situada en la desembocadura del Magdalena, alcanzó especialmente en el curso de los diez últimos años un desarrollo re lativamente considerable. El río le trae desde el interior, cacao, café, algodón, varios remedios y otros productos, los cuales hacen parte de una gran exportación hacia Europa.

En el la me quedé tres días, para conocer la bien; después de ese lapso de tiempo la impresión del principio no había cambiado.

El mercado únicamente es interesante con el ir y venir permanente de compradores, su variedad de frutos exóticos tropicales y vendedores, hombres y mujeres. Pero en él reinaban los malos olores, intolerables, debido a la gran cantidad de pescado seco y a la vecindad de un canal infecto, lleno de detritus. En medio de toda esa gente, de todas estas vendedoras, hubiera querido descubrir, aunque fuera unos bellos ojos, o al menos una fisonomía agradable; los busque en vano.

Decididamente la raza no era bel la. Después fui a saludar a las hermanas francesas de la Caridad, las cuales dirigen el hospital con tanta abnegación y afecto. Pobres mujeres que se ponen tan felices al ver a uno de sus conciudadanos y le reciben con alegría. En el extranjero se ama doblemente a la patria, por una gran cantidad de razones, igualmente se ama más a las personas queridas de las cuales se está separado. Efecto de la ausencia.

En el intervalo hice preparar el itinerario más corte para llegar lo más pronto posible a Riohacha. Debía en primer Iugar llegar a "La Ciénaga" en canoa o bongo "a través de ciénagas desiertas, infestadas de cocodrilos, después a "Santa Marta" y desde alii en goleta, llegar al final de mi viaje. Al finalizar el tercer día hice un trato con el patrón de uno de estos "bongos" y nos pusimos en camino. Había tenido la prudencia de escoger un patrón cuyo aspecto y actitud, así como la de sus remeros me dieran toda garantía de seguridad; otros me parecieron sospechosos.

jVaya! estar veinticuatro horas en compañía de gentes completamente desconocidas, dentro de una soledad total, no era para descuidarse, había que tomar precauciones.

Estaba, naturalmente listo a arriesgar la vida, si fuera necesario, en la realización de mi misión donde los indios, pero no para dejarme asesinar estúpidamente desde el principio sin defensa alguna. Llevaba dinero conmigo y ellos debían saberlo o adivinarlo. Era peligroso ser atacado durante la noche por estos compañeros y que me botasen fuera de borda para robarme y hacer aparecer después este hecho como un accidente. Hubiese sido inútil gritar para pedir ayuda, nadie habría oído mis gritos. Todos estos pensamientos vinieron a mi mente; por lo tanto me puse en guardia, y dormí a la manera de los gendarmes. A la salida nuestro bongo entró en un canal estrecho que nos llevó al Magdalena. Cruzamos el más grande río de Colombia en todo su ancho, en media de troncos de árboles y de islotes flotantes llevados por la corriente, lo que es bastante peligroso, y sucesivamente entramos después en el "Rio Viejo" y en la ciénaga de "Latas Cosas". En ese momento la noche sucedió al día casi repentinamente. Usted sabe que cerca del Ecuador, no hay por decirlo así, crepúsculo; eran las seis. Llegó la hora de comer; absorbí de prisa dos huevos cocinados con un pedazo de pan, seguidos de una taza de café frio, y no pudiendo distinguir nada a través de la espesa oscuridad de la noche, extendí mi cobertura en el fondo de la barca a manera de colchón y sobre el la me a coste. Aunque bien decidido a quedarme despierto, había infaliblemente sucumbido a la fatiga, si los sempiternos mosquitos no se hubieran encargado de tocarme la genera la.

iFue peor que en Barranquilla! una nube me envolvió de pronto, hizo tal alboroto que me sobreexcitó de tal manera que me volví positivamente rabioso. Tuve que envolver mi cabeza en un pañuelo y las manos en una servilleta para tener algo de reposo. No disimu laré que esa primera noche, en tales condiciones y en previsión del porvenir enfrió mi coraje y apaciguó mi ardor.

Cuando aparecieron las primeras luces del ía estaba totalmente reventado de fatiga, tenía los miembros doloridos y el cerebro vacío. Interrogue a mis gentes para saber dónde nos encontrábamos; ¡hicimos más de la mitad del viaje, me contestaron! Ya se percibía nítidamente a lo lejos el inmenso macizo de la Sierra Nevada contrastando como un fondo obscuro sobre el cielo c laro. Esto me reanimó.

De repente, cuando pasábamos por otro canal pequeño, l lamado "Caño Sucio" si mi memoria me es fiel, mis remeros o "bogas" me gritaron: "jCaimanes! jCaimanes!" mostrándome con el dedo un bosquecillo de mangles. Una decena de cocodrilos, en efecto, que se podían ver entre las raíces de estos árboles se calentaban a los primeros rayos del sol naciente. Se quedaban totalmente inmóviles, como entumecidos a unos veinte pasos de nosotros. Mire al más grande, me parecía más al alcance y al mismo tiempo más al descubierto: media más de tres metros.

Según las recomendaciones que recibí, le apunte al ojo, en Iugar de ajustarlo en el codillo que las ramas me tapaban. Por desgracia, sorpresa, emoción de p lacer instintivo, unidos al leve movimiento de la canoa fueron causas que errase ese primer tiro. Mi ba la acarició su vieja caparazón sin hacerle aparentemente ninguna herida. Se precipitó al agua y no lo volví a ver; los otros lo imitaron.

Leí, en no recuerdo cual libro, que los caimanes del Magdalena son arriscados y muy feroces, que frecuentemente atacan las pequeñas embarcaciones; esa aseveración me sorprende, pero no la puedo contradecir. Todo lo que puedo asegurar sin miedo a ser desmentido, es que no es así en estas ciénagas. La única razón es que los cocodrilos de la ciénaga tienen a su disposición una cantidad tal de peces de todos géneros que el hambre no los obliga jamás a buscar otras alimentación.

Sin embargo no se debe tener la veleidad, la fantasía de bañarse ahí, sin tener a pesar de todo, la certidumbre de ser devorado en poco tiempo. Lo que es peligroso en estos canales, son los vampiros que pulu lan de noche. Si usted no toma las precauciones habituales, es decir protegerse con una sábana, toal la, u otro objeto parecido, no sería raro que fuera mordido durante su sueño, especialmente en la cabeza.

En el momento no se siente nada, ningún dolor; pero al despertar tienen los cabellos llenos de sangre, y la cicatriz dura mucho tiempo en cerrarse.

Un cuarto de hora más tarde, mis "bogas" atrajeron nuevamente mi atención. Había otro caimán en la oril la, el hocico abierto, mostraba su enorme mandíbu la armada con una doble fi la de dientes agudos y cruzados.

Qué espantoso torno y ¿cómo escapar de él una vez cogido? ¡Estaba a diez pases a lo sumo y el b lanco era perfecto! Puse en mi carabina un cartucho con ba la explosiva, apunté esta vez con mucha sangre fría. Fue el más bonito disparo que hice y haré en mi vida: que Santo Humberto me bendiga, le engurgité la ba la como si fuera una píldora y una píldora que produjo inmediatamente sus efectos fulgurantes. Tuvo un movimiento hacia ade lante, un esfuerzo supremo para precipitarse el agua. Pero sus fuerzas le traicionaron y volvió a caer con las patas abiertas: había terminado su noble carrera y no derramaría más lágrimas.

Usted no me creerá sino quiere, pero estaba orgulloso de mi presa. La alzamos a bordo no sin dificultades pues era de una gran dimensión. No les molestaré hab lando del resto del viaje. A las dos horas p.m. después de un almuerzo muy frugal, compuesto de pequeñas bananas, pescado sa lado y pan de maíz, desembarcamos sin incidentes en "Pueblo Viejo", junto a la Ciénaga. Salté a tierra con felicidad. Las veintidós horas consecutivas pasadas en el bongo, sin poder moverme, ni caminar, habían sido para mí un verdadero suplicio.

Pueblo Viejo es so lamente una aldea de pescadores, establecida sobre una lengua de tierra arenosa reservada entre el mar y las amplias lagunas de las cuales hab lamos. Sus chozas son de madera en su mayoría. Ni el menor árbol, ni sombra; el sol al media día es terrible. Me dirigí inmediatamente hacia la Ciénaga en una pequeña carreta enganchada a un asno, que llevaba mi equipaje. Llegué en 25 minutos.

Esa ciudad de 5 a ó.000 habitantes, situada al sur de la Sierra Nevada, debe su nombre a los marjales inmensos que la rodean, y que acababa de recorrer desde Barranquilla. En español "ciénaga" quiere decir marjal.

Su conjunto de casas b lancas, bajas, de una construcción liviana, en la mitad de un l lano enteramente desnudo y pantanoso, sobre el cual caen desde la mañana basta la tarde sus rayos tropicales, sugiere la idea de una hoguera, de ciudad malsana, sometida a las enfermedades endémicas.

En realidad no hay nada de eso y según lo que se me aseguró, la ciudad, a pesar de su temperatura elevada, goza al contrario de un clima muy sano y siempre parejo. La fiebre amaril la es totalmente desconocida y las fiebres intermitentes no hacen más víctimas allí que en otras partes. Durante las tres cuartas partes del año, los vientos sop lan del Noreste, es decir de la montaña.

Tuve tiempo para ir a visitar a uno de los principales habitantes, el señor Francisco Durand, para quien tenía una carta de recomendación. Este perfecto gentil-hombre, me recibió con mucha cortesía y se puso a mi disposición, me informó sobre lo que deseaba saber- Me dijo que toda la región, basta "Rio Frío" estaba sembrada con p lantaciones de cacao, plátano, tabaco, etc. me cito entre otras las de los señores González hermanos, y un inglés Sir Karr. Entre tanto llego la hora del tren: me despedí de mi amable colombiano. El pequeño ferrocarril de vía angosta entre Santa Marta y la Ciénaga, creado hace una decena de años por el señor Manuel Julien de Mier, rico propietario de Santa Marta y de Paparés, hoy propiedad de una Compañía inglesa, la cual se prolongó hasta Rio Frío.

Desgraciadamente los recursos de la región no permiten cubrir los gastos del tráfico, y a esto sin duda, se debe la ma la organización del servicio y el mal estado del material. Las locomotoras son antiguas, demasiado débiles y las calderas no consumen sino madera.

Salimos a las cuatro precisas y llegamos a las nueve y media de la noche, y sin embargo la distancia no es sino de ocho leguas. Pero he aquí la explicación de ese viaje interminable. Una violenta tempestad estalló en el momento de entrar en el vagón, y fue imposible para la máquina, después de la primera estación de Paparés volver a caminar. Los rieles mojados le impedían andar, las ruedas resba laban sobre ellos. El mecánico usó inútilmente todos los medios conocidos, chorros de vapor, de arena, movimiento hacia atrás; después de veinte minutos de un verdadero trabajo logró impulsar la de nuevo.

El la se parecía a estos pobres caballos épicos, enganchados a una carga demasiado pesada, y que a pesar de los gritos y fuetazos del conductor, no puede andar, más cuando se les para para darles un instante de tregua y de descanso. La fuerza de la presión era insuficiente. Aquel la ceremonia volvió a repetirse seis o siete veces en el curso del trayecto, en cada parada que hacíamos, sea para tomar agua, sea madera o para recoger viajeros.

A veces había que esperar que la caldera estuviera en ebullición para producir el vapor necesario para el impulso. Les dejo pensar en qué condiciones terribles se efectuó el trayecto. Cinco horas y media para una carrera de 8 leguas.

Por fin llegamos a Santa Marta, capital de la provincia del Magdalena, en la cual reside el Gobernador. El la, con Barranquilla y Cartagena son las ciudades más civilizadas del litoral norte. Se encuentran algunas buenas familia y una sociedad bastante agradable.

Inmediatamente me fui para un hotel; estaba muerto de hambre. Nada que comer; las tiendas estaban cerradas, al cabo de muchas dificultades obtuve unos huevos y un pedazo de pan. Puse al mal tiempo buena cara y sin más tardanza me instalé en la pieza que me habían reservado.

El mismo confort de siempre: cuatro paredes b lanqueadas con cal....hace una decena de años, un catre sin mosquitero (a Dios gracias) una sil la, una pequeña mesita con un p latón encima. Dormí bien sin embargo, y era ya muy tarde cuando me levanté. ¿Cuándo saldrá una goleta para Riohacha? fue mi primera pregunta a la hotelera. Una salió anteayer, me contestó. Naturalmente no podía ser diferente. ¿No es esto la historia eterna de la vida? ¿Y dentro de cuantos días habrá otra?- Cuatro o cinco, señor. -Gracias.

En realidad esto me daba la posibilidad de hacer algunas excursiones: por eso no me sentí enfadado. Para reponerme de las fatigas y emociones del día anterior, resolví bañarme en el rio "El Manzanares" el cual corre a un kilómetro de la ciudad. Me indicaron el camino.

Ya otros bañistas, de ambos sexos se me habían ade lantado. Lo que me sorprendió fue ver que se desconocía en la principal ciudad de la costa norte de Colombia el uso del vestido de baño, los hombres y las mujeres se bañaban en grupos a pequeña distancia los unos de los otros, escondidos por bosquecillos que crecen en la oril la. Se trataba para mí de no irme a equivocar de lado. Un rincón del cuadro que entreví no me dejó ninguna duda. La costumbre de bañarse desnudo se explica muy bien. Proviene del pudor exterior, excesivo, exagerado, que es la reg la del buen gusto, en sociedad. Jamás en efecto, nadie se permitiría unas miradas indiscretas, inmediatamente sería uno considerado como un grosero personaje. Esa educación social, esa convención protege mejor las costumbres que la ley. No crean sin embargo que por esto cada individuo sea digno del premia Montyon.

Esto me hace recordar una anécdota personal que me aconteció algunos meses más tarde en Treinta, en los alrededores de Riohacha. No puedo resistir el contárse la. Una mañana yendo hasta el río para bañarme, unas lavanderas estaban lavando ropa, las piernas dentro del agua, y las enaguas recogidas arriba de las rodil las, me había puesto como de costumbre mi vulgar vestido de baño y respiraba el aire fresco antes de botarme al agua, cuando oí carcajadas femeninas, joviales exc lamaciones. Se retorcían de risa, perdonen la expresión trivial. Me voltee; eran mis lavanderas quienes, poco acostumbradas a ver un hombre bajo ese corto y púdico vestido de baño, tuvieron ese acceso de loca hi laridad. Ese vestido de baño les parecía tan extraordinario que seguramente pensaron que estaba lisiado.

Al regresar a Santa Marta, fui al mercado como acostumbraba hacerlo en cada ciudad nueva a la cual llegaba. Además del atractivo de lo nuevo y la curiosidad de la vista es allá, donde mejor se puede estudiar la fisonomía y el carácter de una localidad. Y, si el conjunto del país es bello, forzosamente se debe encontrar en el también algunas muestras. Mi esperanza fue decepcionada, las mujeres del pueblo son idénticas a las de Barranquilla.

La ciudad por sí misma no es bonita, con sus antiguas casas españo las descuidadas, sin pisos la mayoría, pero su situación en el centro de una media-circunferencia de montañas que la dominan y protegen es realmente magnifica.

Las autoridades locales quisieron darle el sel la de ciudad principal, de capital de departamento del Magdalena. Para eso, la gran plaza posee una pi la pública sobre la cual domina una pequeña estatua de mujer, un pequeño jardín dos veces más grande que la mano publico también, pero de nombre so lamente pues siempre está cerrado, y un amplio andén de por lo menos tres metros con cincuenta, a lo largo de ese pequeño jardín. Es el bulevar del sitio. Y allí es donde los días de música, pues hay música el jueves y el domingo a las ocho de la noche, si mis recuerdos no me engañan, en ese sitio, digo, los personajes importantes sedan un baño de popu laridad en compañía de sus familias. Todo el mundo parece coincidir en que es divertido. Tengo la misma opinión, es divertido.para los que miran. El puerto es notable y seguro, bien abrigado de todos los vientos. Sus aguas profundas desde la oril la, proporcionan a los barcos de alto tone laje la facultad de atracar cerca al pequeño muelle establecido por la Compañía del Ferrocarril. La entrada es soberbia con su alto morro saliendo de las aguas, tal como un centine la avanzado, y su mural la de montañas que la encierran por la derecha y la izquierda. Sobre el morro un faro bril la hasta ocho mil las, dentro del mar.

También había leído en no recuerdo que libro que Santa Marta conserva descendientes de españoles, en los cuales se encuentra la pura belleza andaluza, con los grandes ojos negros aterciope lados, con largas pestañas, con la mirada lánguida, espesa cabellera, y formas opulentas arqueadas. Aquel la variedad totalmente desaparecida y que probablemente no existió sino en la imaginación de jóvenes entusiasmados o de artistas enamorados. Las jóvenes de Santa Marta o las samarias son ciertamente muy amables y seductoras, pero no se parecen en nada a nuestras mujeres de Europa. De constitución delicada, por lo general, lo que hace su encanto, es su suavidad y su aire bondadoso.

Dos días después de mi llegada, fui invitado a un baile privado organizado para festejar el "cumpleaños" de la señorita X... en sus 18 años. A pesar de su cordial amabilidad vacilé en aceptar la invitación, pues mis conocimientos de la lengua castel lana eran mínimos. Pero la invitación me fue reiterada con tanta gracia que mandé una carta de agradecimiento y aceptación a la señorita X. No vi al entrar en su casa sino una fi la de faldas b lancas. Después de haber presentado mis respetos a la dueña de casa y saludado en redondo a toda esa juventud bulliciosa, me situé en un rincón para mirar con comodidad esa pequeña reunión. Mi calidad de extranjero, de francés me valió a ratos algunas miradas a escondidas, pero siempre de manera discreta y muy reservada. No veía sino dos grandes ojos negros, bonitos, medio escondidos detrás de un abanico. Nos pusimos a bai lar. La orquesta estaba compuesta de dos violines, dos mandolinas, una o dos f lautas. La contradanza es casi desconocida; únicamente la polka y el valse alternaron en la ve lada. Las jóvenes samarias son muy graciosas bai lando. Sus aires de danza tienen una melodía particu lar, alguna cosa de ternura y me lancolía, alguna cosa de lágrimas y caricias, un ritmo suave y Iento, un acento turbador en una palabra.

A media noche, me retiré, satisfecho por las atenciones recibidas, por parte de todo el mundo; la acogida fue de las más simpáticas. Al día siguiente alquilé un caballo para ir sucesivamente a "Mamatoco", "Bonda", "Masinca" todas aldeas actualmente sin importancia, situadas en la Sierra Nevada y sobre las cuales no hay nada que seña lar. La única cosa curiosa que vi en mi ruta fue la propiedad de "San Pedro" donde el general Bolívar, el héroe de la Independencia, pasó los últimos años de su existencia y donde murió. Me mostraron su habitación y un grueso árbol del jardín, bajo la sombra del cual iba con frecuencia a leer y descansar. A mi regreso, la hotelera me informó que en mi ausencia una goleta de Riohacha había anc lado y que, dentro de dos días, debía salir. Aquel la noticia fue para mí muy agradable. No me aburrí en Santa Marta, pero no olvidaba mi objetivo, mis famosos indios Guajiros. La salida se fijó para el sábado por la noche a las 8 p.m. Fue de una escrupulosa exactitud: a las 7 1/2 p.m. para tener la seguridad de no perder la, estaba ya a bordo. La goleta era un pequeño buque de comercio costero de 40 tone ladas más o menos, de dos mástiles y muy bajo sobre el agua. Por camarote me ofrecieron una pequeña cabina móvil situada en la popa del buque, cerca al timón; era una especie de caja larga de unos 0,80 cmts. de altura, pudiendo servir indistintamente como gallinero o jau la para conejos, según la elección. Ancha, a lo sumo de 0,60 cmts. era demasiado corta para mí, por lo menos en un pie. Me era imposible moverme y debía además tener las piernas plegadas en dos. jUsted puede imaginar mi martirio! A falta de colchón seguía extendiendo mi cobertor. Hacia las 8 1/2 oí el ruido significativo de cadenas; salíamos. Mire al cielo, era estrel lado. Esto me pareció un buen augurio; tendremos una buena travesía -¿Cuándo podremos estar en Riohacha? pregunté al capitán.

Pasado mañana, por la noche, lunes o martes por la mañana, según todas las probabilidades. Riohacha está a 90 mil las más o menos de Santa Marta, y tendremos que permanecer tal vez tres días en el mar... Había que tomar el mal con paciencia, ¿qué más hacer? Fui a encarce larme en mi camarote, debería decir, "a mi jau la", a esperar el sueño. Durante una hora, o dos, no se con precisión, me meció el movimiento bastante regu lar del barco sin experimentar ningún malestar. Hasta Iogre principiar a dormir, cuando de repente, me sentí proyectado contra la pared izquierda, después sobre la derecha, sacudido como en una cesta para escurrir ensa lada. Nuestra pequeña goleta se ba lanceaba horrorosamente, el mar estaba agitado, debíamos encontrarnos alrededor de la "Punta Aguja". Me habían avisado.

Convencido de que ahora me sería imposible cerrar los ojos, y sintiendo ya muy bien que mi estómago no se acostumbraría nunca a esa gimnasia imprevista, resolví salir fuera de mi jau la, con la secreta esperanza de que el frio aire de la tarde podría vigorizarme. Al momento preciso de abrir la puerta, tal como Noé en su arca, para apreciar el estado de las aguas, una o la enorme saltando por encima del empalletado, cayó sobre el puente, limpiando todo, rociándome, bañándome como si estuviera en la ducha. No podía vaci lar, tenía a la fuerza que levantarme y sacudirme. Pero a pesar de agarrarme a los cabos, no podía quedarme parado, las o las siempre más fuertes barrían todo.

Regrese a mi "hotel" era lo más razonable. Al día siguiente, domingo, por la tarde, el mar se calmó, teníamos buen viento e íbamos ligeros. Saqué otra vez la nariz fuera, tenía todo el cuerpo dolorido y las piernas casi paralizadas. El lunes pasó sin incidentes. El martes por la mañana, un marino trepado al mástil de lantero gritó: "Riohacha", había visto la torre de la iglesia. No es sino un puntito, después ese punto crece, se vuelve preciso, otras casas aparecen, la ciudad entera, al fin se dibuja. Nos acercamos, ya no quedan sino algunas mil las, y los vientos nos empujan siempre bien. No tengo sino el tiempo necesario para arreg lar mis cosas, ¡uf! llegamos, el buque atraca. Riohacha, se extendía a 500 metros frente a nosotros, con su fi la de casas con la fachada hacia la orilla.

Figura 1

Figura 2


1 Este es uno de los lugares que tiene mayor número de población que la expresada en el censo.


Memorias
Revista Digital de Historia y Arqueología desde el Caribe Colombiano
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Universidad del Norte
Barranquilla (Colombia)
2013
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